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Somos Uno - Sylvia Day - Cap.1

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1
Nueva York era la ciudad que jamás
dormía. Ni siquiera le entraba sueño
nunca. Mi edificio de apartamentos del
Upper West Side tenía el nivel de
insonorización que se esperaba en la
casa de un multimillonario pero, aun así,
el zumbido de la ciudad se filtraba en el
interior: el acompasado ruido sordo de
las ruedas sobre las trilladas calles, las
protestas de los agotados frenos
neumáticos y los incesantes bocinazos
de los taxis.
Cuando salí del café de la esquina
al siempre concurrido Broadway, el
ajetreo de la ciudad me asaltó. ¿Cómo
había vivido alguna vez sin el ruido de
Manhattan?
¿Cómo había vivido sin él?
Gideon Cross.
Llevé las manos a su mentón y sentí
cómo las acariciaba con su rostro. Esa
muestra de vulnerabilidad y afecto me
atravesó. Apenas unas horas antes, había
creído que Gideon nunca cambiaría, que
yo tendría que ceder demasiado si
quería compartir mi vida con él. Ahora
podía ver de frente su coraje y dudaba
del mío.
¿Le había exigido más a él que a mí
misma? Me avergonzaba la posibilidad
de que lo hubiese obligado a cambiar
mientras yo me había empeñado en
seguir siendo la misma.
Se encontraba delante de mí, tan
alto y tan fuerte. Vestido con vaqueros y
camiseta y con una gorra que le tapaba
la frente, era imposible reconocer al
magnate mundial, pero su naturaleza
irresistible no pasaba desapercibida a
nadie que se cruzara con él. Por el
rabillo del ojo pude ver cómo la gente
de alrededor lo miraba una y, después,
otra vez.
Aunque Gideon estuviese vestido
con ropa informal o con su traje de tres
piezas preferido, el poder de su cuerpo
esbelto y musculoso era inconfundible.
Su porte, la autoridad que desprendía
con su impecable control, hacía
imposible que se confundiera con el
entorno.
La ciudad de Nueva York engullía
todo lo que se adentraba en ella, pero
Gideon la tenía bajo su control.
Y era mío. Pese a llevar mi anillo
en el dedo, todavía había veces en las
que me costaba creerlo.
Nunca sería un hombre sin más. Era
la fiereza envuelta en elegancia, la
perfección con trazos de desperfectos.
Era el punto de conexión de mi mundo,
un punto de conexión del mundo entero.
Sin embargo, acababa de demostrar
que se doblegaría y cedería hasta lo
imposible por estar conmigo, lo cual me
proporcionaba de nuevo la seguridad de
que yo era digna del dolor al que lo
había obligado a enfrentarse.
A nuestro alrededor, las persianas
de las tiendas de Broadway volvían a
abrirse. El fluir del tráfico de la calle
empezaba a volverse más denso a
medida que los coches negros y los taxis
amarillos pasaban a toda velocidad por
la superficie irregular. Los vecinos iban
llenando las aceras para sacar a sus
perros a pasear o ir a correr a Central
Park a primera hora de la mañana,
aprovechando todo el tiempo que
pudieran antes de que la jornada de
trabajo se vengara de ellos. El
Mercedes se detuvo junto al bordillo
justo cuando nos acercamos. Al volante,
la enorme silueta sombría de Raúl.
Angus acercó el Bentley para colocarse
detrás. Mi trayecto y el de Gideon nos
llevaban a casas separadas. ¿Qué clase
de matrimonio era ése?
Lo cierto es que el nuestro era así,
aunque ninguno de los dos quería que
fuese de ese modo. Tuve que trazar una
línea divisoria cuando Gideon se llevó a
mi jefe de la agencia de publicidad para
la que yo trabajaba.
Comprendía el deseo de mi marido
de que empezara a trabajar para Cross
Industries, pero que intentara obligarme
a ello a mis espaldas... No podía
permitirlo, no con alguien como Gideon.
O estábamos juntos y juntos tomábamos
también las decisiones, o estábamos
demasiado alejados como para que
nuestra relación pudiese funcionar.
Eché la cabeza atrás y levanté los
ojos hacia su deslumbrante rostro. En él
vi arrepentimiento y alivio. Y amor.
Mucho amor.
Era de una belleza pasmosa. Sus
ojos tenían el azul del mar Caribe, su
pelo espeso y su lustrosa melena negra
le acariciaban el cuello. Una mano
fervorosa había esculpido cada plano y
cada ángulo de su cara con tal
perfección que te hipnotizaba y te
dificultaba poder pensar con claridad.
Me había cautivado su aspecto desde la
primera vez que lo vi y, a veces, aún
había momentos en que las neuronas se
me freían. Gideon me deslumbraba.
No obstante, era el interior de ese
hombre, su incesante energía y su poder,
su aguda inteligencia y su carácter
implacable, unidos a un corazón que
podía ser muy tierno...
—Gracias. —Mis dedos
acariciaron el oscuro surco de su frente
y sentí un hormigueo como siempre que
tocaba su piel—. Por llamarme. Por
contarme lo de tu sueño. Por venir aquí
a verme.
—Iría a donde fuera con tal de
verte. —Esas palabras eran una promesa
que pronunciaba con fervor y
vehemencia.
Todos tenemos nuestros demonios.
Los de Gideon estaban ocultos tras su
férrea determinación cuando estaba
despierto. Cuando dormía, lo
atormentaban con violentas y atroces
pesadillas que se había resistido a
compartir conmigo. Teníamos muchas
cosas en común, pero los abusos que
sufrimos durante nuestra infancia eran un
trauma compartido que nos unía tanto
como nos separaba. Eso hacía que
tuviera que luchar más por Gideon y por
lo que teníamos. Nuestros violadores ya
nos habían arrebatado demasiadas
cosas.—
Eva... Tú eres la única fuerza de
este mundo que puede obligarme a
mantenerme alejado.
—Gracias también por eso —
murmuré con el corazón encogido.
Nuestra reciente separación había sido
devastadora para ambos—. Sé que no te
ha resultado fácil darme espacio, pero
lo necesitábamos. Y sé que he sido dura
contigo.
—Muy dura.
Sonreí al notar cierto tono de
frialdad en sus palabras. Gideon no
estaba acostumbrado a que le dijeran
«no» cuando quería algo.
—Lo sé. Y has permitido que lo
sea porque me amas.
Pero por más que él había odiado
no poder verme, ahora estábamos juntos,
porque esa privación lo enloquecía.
—Es más que amor. —Sus manos
agarraron mis muñecas, apretándolas de
la forma autoritaria que hacía que todo
mi interior se rindiera.
Asentí. Ya no me daba miedo
admitir que nos necesitábamos el uno al
otro de una forma que muchos
considerarían poco sana. Nosotros
éramos así. Eso era lo que teníamos. Y
era precioso.
—Iremos juntos a ver al doctor
Petersen. —Dijo esas palabras con una
firmeza inconfundible, pero sus ojos
buscaban los míos como si lo estuviese
preguntando.
—Eres muy mandón —me burlé
con el deseo de que nos separáramos
con una buena sensación. Esperanzados.
Apenas quedaban unas horas para
nuestra terapia semanal con el doctor
Lyle Petersen, y no podía ser más
oportuna. Habíamos avanzado.
Podíamos servirnos de un poco de ayuda
para decidir cuáles deberían ser
nuestros siguientes pasos a partir de ese
momento.
Sus manos me rodearon la cintura.
—Y eso te encanta —replicó.
Extendí los brazos hacia el bajo de
su camiseta y agarré el suave tejido.
—Me encantas tú.
—Eva. —Soltó su aliento
tembloroso sobre mi cuello. Manhattan
nos rodeaba, pero no podía interponerse
entre nosotros. Cuando estábamos
juntos, no había nada más.
De mí salió un leve sonido de
deseo. Lo añoraba y lo ansiaba, y me
estremecía de placer por volver a
tenerlo apretándose contra mí. Lo olí
con inhalaciones profundas mientras mis
dedos se clavaban en los rígidos
músculos de su espalda. Me invadió una
sensación embriagadora. Sí, era adicta a
él, a su corazón, a su alma y a su cuerpo,
y llevaba varios días sin mi dosis,
haciendo que me sintiera débil y
desconcertada, incapaz de funcionar
como era debido.
Él me envolvió, su cuerpo era
mucho más grande y fuerte. Me sentía
segura entre sus brazos, querida y
protegida. Nada podía tocarme ni
hacerme daño cuando me abrazaba.
Quería que él tuviera la misma
sensación de seguridad conmigo.
Necesitaba que supiera que podía bajar
la guardia, darse un respiro, y que yo
podría protegernos a los dos.
Yo tenía que ser más fuerte. Más
inteligente. Más medrosa. Teníamos
enemigos y Gideon se estaba
enfrentando a ellos a solas. Era
protector por naturaleza. Ésa era una de
las cualidades que más admiraba en él.
Pero yo tenía que empezar a demostrar a
los demás que podía ser una adversaria
tan buena como mi marido.
Y lo que era más importante: tenía
que demostrárselo a Gideon.
Me incliné sobre él y absorbí su
calor. Su amor.
—Te veo a las cinco, campeón.
—Ni un minuto después —
respondió con brusquedad.
No pude evitar reírme, enamorada
de su tono severo.
—¿O qué?
Se apartó y me lanzó una mirada
que hizo que se me encogieran los dedos
de los pies.
—O iré a buscarte yo mismo.
Debería haber entrado sigilosamente
al ático de mi padrastro pues, a esa
hora, las seis de la mañana pasadas, era
probable que pudiera sorprenderme
volviendo. En lugar de ello, entré con
paso firme, con la mente ocupada en los
cambios que necesitaba realizar.
Tenía tiempo para darme una ducha
rápida, pero decidí no hacerlo. Había
pasado mucho tiempo sin que Gideon me
tocara, demasiado tiempo sin que sus
manos me acariciaran, sin que su cuerpo
estuviera dentro del mío. No quería que
desapareciera el recuerdo de su tacto.
Sólo eso ya me daría la fuerza precisa
para hacer lo que debía.
Se encendió una lámpara.
—Eva.
—Dios mío —respondí
sobresaltada.
Me volví y vi a mi madre sentada
en uno de los sofás de la sala de estar.
—¡Me has asustado! —protesté
mientras me colocaba una mano sobre el
corazón acelerado.
Se puso de pie. Su bata de satén,
que le llegaba hasta los pies,
resplandecía alrededor de sus piernas
atléticas y levemente bronceadas. Yo
era su única hija, pero parecíamos
hermanas. Monica Tramell Barker
Mitchell Stanton estaba obsesionada con
mantenerse en forma. Era una esposa
florero de profesión, su belleza juvenil
era su mayor virtud.
—Antes de que digas nada, sí,
tenemos que hablar de la boda —
empecé a decir—. Pero lo cierto es que
debo irme a trabajar y ponerme a
empaquetar mis cosas para irme a casa
esta noche...
—¿Estás teniendo una aventura?
Su brusca pregunta me sorprendió
más que su emboscada.
—¿Qué? ¡No!
Suspiró aliviada y la tensión
desapareció de sus hombros de forma
visible.
—Gracias a Dios. ¿Me vas a contar
qué narices está pasando? ¿Tan grave ha
sido tu discusión con Gideon?
Grave. Por un momento, me había
preocupado que lo nuestro hubiese
terminado por las decisiones que él
había tomado.
—Lo estamos arreglando. Sólo
hemos pasado por un bache.
—¿Un bache por el que llevas días
evitándolo? Así no se arreglan los
problemas, Eva.
—Es una larga historia...
Se cruzó de brazos.
—No tengo ninguna prisa.
—Pero yo sí. Tengo que
prepararme para irme a trabajar.
En su rostro apareció una expresión
de dolor y, casi al instante, sentí
remordimientos.
Durante un tiempo, yo había
querido convertirme en una mujer como
mi madre. Había pasado horas
vistiéndome con su ropa, tropezándome
con sus tacones, untándome la cara con
sus cremas y sus maquillajes caros.
Había tratado de imitar su voz
susurrante y sus gestos sensuales,
convencida de que ella era la mujer más
hermosa y perfecta del mundo. Y su
forma de tratar a los hombres, el modo
en que la miraban y la atendían..., en fin,
quería para mí ese toque mágico que
ella tenía.
Al final, me había transformado en
su viva imagen, a excepción de nuestro
corte de pelo y el color de mis ojos.
Pero eso era sólo el exterior. Como
mujeres, no podíamos ser más distintas
y, por desgracia, yo había llegado a
sentirme orgullosa de ello. Había dejado
de acudir a ella en busca de consejo,
salvo en lo referente a ropa y
decoración.
Eso iba a cambiar. En ese mismo
momento.
Había probado con muchas y
diferentes estrategias para dirigir mi
relación con Gideon, pero no le había
pedido ayuda a la única persona que
tenía cerca y que sabía lo que era estar
casada con un hombre importante y
poderoso.
—Necesito tu consejo, mamá.
Mis palabras quedaron flotando en
el aire y, a continuación, vi cómo la
comprensión agrandaba los ojos de mi
madre con asombro. Un momento
después, se volvía a sentar en el sofá
como si las piernas no le respondieran.
Su sorpresa había sido un fuerte golpe y,
en ese instante, supe hasta qué punto la
había excluido de mi vida.
Estaba sufriendo por dentro cuando
me senté en el sofá que había enfrente
del suyo. Había aprendido a ser
cautelosa con las cosas que le contaba a
mi madre y había hecho todo lo posible
por ocultarle información que pudiera
dar lugar a discusiones que terminaran
volviéndome loca.
No siempre había sido así. Mi
hermanastro Nathan había acabado con
la cálida y fácil relación que yo
mantenía con mi madre, como también
había acabado con mi inocencia.
Después de que mi madre se enterara de
los abusos, había cambiado, y se había
vuelto sobreprotectora hasta el punto de
llegar a acosarme y asfixiarme. Ella
estaba absolutamente segura de todo en
la vida, excepto de mí. Conmigo se
mostraba preocupada y entrometida y, a
veces, casi rozaba la histeria. Con el
paso de los años, yo me había obligado
a eludir la verdad con demasiada
frecuencia, ocultando secretos a todos
los que quería sólo por mantener la
tranquilidad.
—No sé cómo ser el tipo de esposa
que Gideon necesita —confesé.
Echó los hombros hacia atrás y
toda su compostura pasó a convertirse
en indignación.
—¿Es que está teniendo una
aventura?
—¡No! —Se me escapó una
pequeña carcajada—. Nadie está
teniendo ninguna aventura. Nosotros no
nos haríamos algo así. No podríamos.
Deja de preocuparte por eso.
Tuve que preguntarme si la reciente
infidelidad de mi madre con mi padre
era la verdadera fuente de esa
preocupación. ¿Le remordía la
conciencia? ¿Se estaba cuestionando su
relación con Stanton? Yo no sabía qué
pensar al respecto. Quería mucho a mi
padre, pero también creía que mi
padrastro era perfecto para mi madre en
el sentido de lo que ella necesitaba de
un marido.
—Eva...
—Gideon y yo nos casamos hace
unas semanas a escondidas. —Dios, qué
bien me sentí al soltarlo así.
Me miró con los ojos entornados y
parpadeó una vez. Y dos.
—¿Qué?
—Aún no se lo he contado a papá
—continué—. Pero lo voy a llamar hoy.
Sus ojos brillaron al inundarse de
lágrimas.
—¿Cómo? Dios mío, Eva..., ¿cómo
hemos llegado a estar tan distanciadas?
—No llores.
Me levanté y me acerqué a ella
para sentarme a su lado. Extendí las
manos hacia las suyas pero, en lugar de
cogerlas, ella me abrazó con fuerza.
Yo aspiré aquel olor tan familiar y
sentí la paz que únicamente se encuentra
en los brazos de una madre. Aunque sólo
duró un momento.
—No lo planeamos, mamá. Nos
fuimos el fin de semana y Gideon me
preguntó si quería hacerlo y se encargó
de prepararlo todo... Fue espontáneo.
Impulsivo.
Se apartó y pude ver su rostro
surcado de lágrimas y sus ojos
encendidos.
—¿Se ha casado contigo sin un
acuerdo prenupcial?
Me reí. No pude evitarlo. Por
supuesto, mi madre tenía que dirigir su
atención a los asuntos económicos.
Durante mucho tiempo, el dinero había
sido la fuerza motora de su vida.
—Sí que existe un acuerdo
prenupcial.
—¡Eva Lauren! ¿Has pedido que te
lo revisen o también fue algo
espontáneo?
—Lo leí palabra por palabra.
—¡Tú no eres abogada! Por Dios,
Eva... ¡Te he educado para que seas más
inteligente!
—Cualquier niño de seis años
habría entendido el contenido —espeté,
molesta por el que era el verdadero
problema de mi matrimonio: en la
relación entre Gideon y yo se
entrometían demasiadas personas que
nos impedían sacar tiempo para
ocuparnos de los asuntos que de verdad
teníamos que arreglar—. No te
preocupes por el acuerdo.
—Deberías haberle pedido a
Richard que lo leyera. No entiendo por
qué no lo hiciste. Es una
irresponsabilidad. De verdad que no...
—Lo leí, Monica.
Las dos nos volvimos al oír la voz
de mi padrastro. Stanton entró en la
habitación preparado para empezar la
jornada, muy elegante con su traje azul
marino y su corbata amarilla. Imaginé
que Gideon se parecería mucho a él
cuando cumpliera su edad: buena forma
física, distinguido, como un buen macho
alfa.
—¿Sí? —pregunté sorprendida.
—Cross me lo envió hace unas
semanas. —Stanton se acercó a mi
madre para coger su mano entre las
suyas—. No podrían pedirse mejores
condiciones.
—¡Siempre existen mejores
condiciones, Richard! —respondió ella
en tono brusco.
—Hay gratificaciones por
acontecimientos como aniversarios y
nacimiento de hijos, y ningún tipo de
penalización para Eva, aparte de la
terapia de pareja. La disolución daría
lugar a una distribución más que
equitativa de los bienes. Estuve tentado
de preguntar si Cross les había pedido a
sus abogados que lo revisaran. Imagino
que se habrían opuesto enérgicamente.
Mi madre se quedó callada un
momento mientras asimilaba aquello. A
continuación, se puso en pie furiosa.
—Entonces ¿tú sabías que iban a
casarse en secreto? ¿Lo sabías y no me
dijiste nada?
—Por supuesto que no lo sabía. —
La atrajo entre sus brazos y le habló con
suavidad, como si fuese una niña—.
Supuse que estaba anticipándose. Ya
sabes que normalmente estos asuntos
requieren meses de negociación.
Aunque, en este caso, no había nada más
que se pudiera pedir.
Yo me puse de pie a mi vez. Tenía
que darme prisa si quería llegar a
tiempo al trabajo. Ese día, más que
ningún otro, no quería llegar tarde.
—¿Adónde vas? —preguntó mi
madre apartándose de Stanton—. Aún no
hemos acabado esta conversación. ¡No
puedes soltar una bomba como ésa y
después marcharte!
Me giré para mirarla mientras
caminaba de espaldas.
—De verdad que tengo que
prepararme. ¿Por qué no nos vemos para
comer y seguimos hablando?
—No puedes...
—Corinne Giroux —la interrumpí.
Mi madre me miró con unos ojos
como platos y, después, los entornó. Un
nombre. No tuve que decir nada más. La
ex de Gideon era un problema que no
necesitaba de mayor explicación.
Eran pocas las personas que
llegaban a Manhattan y no sentían una
familiaridad instantánea. El perfil del
horizonte de la ciudad había sido
inmortalizado en muchísimas películas,
dando lugar al amor que sentían por
Nueva York desde sus residentes hasta
gentes de todo el mundo.
Yo no era ninguna excepción.
Adoraba la elegancia de estilo art
déco del edificio Chrysler. Podía
localizar mi situación en la isla teniendo
en cuenta dónde estaba el Empire State.
Me asombraba la imponente altura de la
Torre de la Libertad, que ahora
dominaba la parte sur. Pero el edificio
Crossfire era único en su especie. Lo
pensé antes de enamorarme del hombre
cuya clarividencia había llevado a su
construcción.
Cuando Raúl acercó el coche a la
acera, me maravillé al ver el
inconfundible cristal azul zafiro que
albergaba la forma de obelisco del
Crossfire. Eché la cabeza atrás y mis
ojos ascendieron por la reluciente torre
hasta el punto más alto, el luminoso
espacio donde se encontraba Cross
Industries. Los peatones pasaban en
tropel por mi lado, la acera llena de
hombres y mujeres de negocios que se
dirigían a sus trabajos con maletines y
bolsos en una mano y sus vasos de café
humeante en la otra.
Sentí a Gideon antes de verlo.
Todo mi cuerpo vibró al verlo bajar del
Bentley que se había detenido detrás del
Mercedes. La atmósfera que me rodeaba
se cargó de electricidad, la energía
chisporroteante que siempre anunciaba
la llegada de una tormenta.
Yo era de las pocas personas que
sabían que era la inquietud del alma
atormentada de Gideon lo que
provocaba aquella tempestad.
Me giré hacia él y sonreí. No era
ninguna coincidencia que llegáramos a
la vez. Lo supe antes de ver la
confirmación en sus ojos.
Llevaba un traje gris oscuro con
una camisa blanca y una corbata de
sarga plateada. Su cabello oscuro le
rozaba la mandíbula y el cuello con la
elegante y sensual caída de sus
mechones negros. Seguía mirándome con
aquella ferocidad sexual y ardiente que
me había abrasado desde el principio,
pero ahora había una ternura en sus
brillantes ojos azules y una franqueza
que significaban para mí más que
cualquier otra cosa que pudiera darme.
Di un paso hacia él mientras se
acercaba.
—Buenos días, señor oscuro y
peligroso.
Sus labios se curvaron con ironía.
La sonrisa iluminó sus ojos aún más.
—Buenos días, esposa mía.
Extendí la mano hacia él y me sentí
cómoda cuando Gideon la buscó a
medio camino y la agarró con fuerza.
—Se lo he contado esta mañana a
mi madre..., lo de que nos hemos
casado.
Me miró con el ceño fruncido y, a
continuación, su sonrisa se llenó de un
placer victorioso.
—Qué bien.
Me reí de su clara actitud
dominante y le di un suave empujón en
el hombro. Gideon se movió con la
velocidad de un rayo y me acercó a él
para besarme en la comisura de mis
labios sonrientes.
Su alegría era contagiosa. Sentí
cómo estallaba dentro de mí, iluminando
todos los lugares que habían quedado a
oscuras durante los últimos días.
—Llamaré a mi padre durante el
primer descanso para contárselo.
Se puso serio.
—¿Por qué ahora y no antes?
Hablaba en tono suave, bajando la
voz en busca de intimidad. La
muchedumbre que se dirigía a su trabajo
seguía pasando por nuestro lado sin
prestarnos apenas atención. Aun así,
vacilé al responder, pues me sentía
demasiado expuesta.
Entonces, la verdad se volvió más
fácil que nunca. Había ocultado
demasiadas cosas a la gente que quería,
unas menos importantes y otras más,
tratando de dejar las cosas como estaban
a la vez que esperaba y necesitaba que
cambiaran.
—Tenía miedo —le dije.
Él se acercó más a mí mientras me
miraba con intensidad.
—Y ¿ya no?
—No.
—Esta noche me dirás el porqué.
Asentí.
—Te lo diré.
Colocó su mano por detrás de mi
nuca, agarrándola de forma posesiva y
tierna a la vez. Su expresión era
impasible, sin revelar nada, pero sus
ojos, esos ojos tan azules, estaban llenos
de emoción.
—Lo conseguiremos, cielo.
El amor se deslizó cálidamente por
mi interior como un trago de buen vino.
—Por supuesto.
Resultaba extraño cruzar las puertas
de Waters Field & Leaman mientras
contaba mentalmente los días que
tardaría en poder decir que trabajaba
para aquella prestigiosa agencia de
publicidad. Megumi Kaba me saludó
con la mano desde su puesto en la
recepción a la vez que se golpeaba los
auriculares para hacerme saber que
estaba atendiendo una llamada y que no
podía hablar. Le devolví el saludo y me
dirigí hacia mi mesa con paso decidido.
Tenía muchas cosas que hacer, poner en
marcha un nuevo comienzo.
Pero lo primero era lo primero.
Dejé mi bolso y el monedero en el cajón
de abajo, me senté en mi silla y,
después, me dispuse a visitar la página
web de mi florista habitual. Sabía lo que
quería: dos docenas de rosas blancas en
un jarrón de cristal rojo oscuro.
Blanco para la pureza. Para la
amistad. Para el amor eterno. También
era la bandera de la rendición. Había
establecido unas líneas de combate al
forzar una separación entre Gideon y yo
y, al final, había vencido. Pero no quería
entrar en guerra con mi marido.
Ni siquiera traté de elaborar una
nota inteligente para las flores, cosa que
habría hecho en el pasado. Me limité a
escribir la verdad.
Eres un milagro, señor Cross.
Te llevo en mi corazón y te quiero
mucho.
La señora Cross
La página web me llevó hasta la
finalización del pedido. Pulsé el botón
de envío y me tomé un momento para
imaginar lo que Gideon pensaría de mi
regalo. Esperaba verlo algún día
recibiendo flores de mi parte. ¿Sonreía
cuando Scott, su secretario, se las
llevaba? ¿Interrumpía la reunión que
estuviese dirigiendo para leer mis
notas? ¿O esperaba a alguno de los
pocos respiros que había en su agenda
para tener un poco de intimidad?
Sonreí al pensar en las distintas
posibilidades. Me encantaba hacerle
regalos a Gideon.
Y pronto tendría más tiempo para
escogerlos.
—¿Te vas? —Mark Garrity levantó
sus ojos incrédulos desde mi carta de
dimisión para mirar los míos.
Sentí un nudo en el estómago al ver
la expresión en el rostro de mi jefe.
—Sí. Siento no haber avisado con
más tiempo.
—¿Mañana es tu último día? —
Apoyó la espalda en su sillón. Sus ojos
eran de un color chocolate, algo más
claros que su piel, y denotaban tanta
sorpresa como consternación—. ¿Por
qué, Eva?
Suspiré y me incliné hacia adelante
para apoyar los codos en las rodillas.
Una vez más, opté por la verdad.
—Sé que es poco profesional irme
así, pero tengo que volver a establecer
mis prioridades y, ahora mismo, no
puedo dedicarle a esto toda mi atención,
Mark. Lo siento.
—Yo... —Dejó escapar un suspiro
y se pasó una mano por sus oscuros y
apretados rizos—. En fin, no sé qué
decir. —¿Que me vas a perdonar y que no
me lo vas a echar en cara? —Solté una
carcajada carente de humor—. Es pedir
mucho, lo sé.
Él trató de mirarme con una sonrisa
burlona.
—No quiero perderte, Eva. Ya lo
sabes. No sé si alguna vez te he dicho de
verdad lo mucho que has aportado. Has
hecho que yo pueda trabajar mejor.
—Gracias, Mark. Te lo agradezco.
Dios, aquello era más difícil de lo
que había pensado, pese a que sabía que
era la mejor y la única decisión que
podía tomar.
Mis ojos pasaron de mi atractivo
jefe a las vistas que tenía detrás. Como
encargado de administración, tenía un
despacho pequeño y sus ventanas
estaban bloqueadas por el edificio que
había al otro lado de la calle, pero
seguía siendo tan típicamente
neoyorquino como el enorme despacho
de Gideon Cross en la planta superior
por encima de nosotros.
En muchos sentidos, aquella
división de plantas reflejaba el modo en
que yo trataba de definir mi relación con
Gideon. Sabía quién era él. Sabía lo que
era: un hombre único en su especie. Me
encantaba ese rasgo de él y no quería
que cambiara. Sólo quería llegar hasta
su nivel por méritos propios. Lo que no
había pensado era que, obcecándome en
no aceptar que nuestro matrimonio había
cambiado los planes, estaba
arrastrándolo a que él bajara al mío.
No me conocerían por haberme
ganado mi ascenso hasta lo más alto en
mi campo. Para algunos, yo siempre me
habría casado para conseguir el éxito,
iba a tener que aceptarlo.
—Y ¿qué vas a hacer ahora? —
preguntó Mark.
—Sinceramente, aún lo estoy
pensando. Sólo sé que no puedo
quedarme.
Mi matrimonio iba a suponer
mucha presión antes de que ésta se
rompiera, y yo había permitido que
llegara hasta un límite muy peligroso al
tratar de dejar un poco de distancia. Al
tratar de ponerme yo antes.
Gideon Cross era tan profundo y
enorme como el océano, y yo había
temido ahogarme en él desde la primera
vez que lo vi. Ya no podía seguir
teniendo miedo. No después de darme
cuenta de que a lo que más temía era a
perderlo.
Sin embargo, en un intento de
mantenerme neutral, había sido
empujada de un lado a otro. Y, como
aquello me había enfadado tanto, no me
había parado un instante a pensar que, si
quería tener el control, debía hacerme
con él. —¿Es por lo de la cuenta de
LanCorp? —preguntó Mark.
—En parte. —Me alisé la falda
estrecha, imaginando que me sacudía el
resentimiento que aún me quedaba por el
hecho de que Gideon hubiese contratado
a Mark. El elemento catalizador había
sido que LanCorp llegase a Waters
Field & Leaman con una exigencia
específica para Mark y, por tanto, para
mí. Una maniobra que Gideon había
visto sospechosa. La estafa piramidal de
Geoffrey Cross había diezmado la
fortuna de la familia Landon y, aunque
tanto Ryan Landon como Gideon habían
vuelto a construir lo que sus padres
habían perdido, Landon aún ansiaba una
venganza—. Pero, sobre todo, por
motivos personales.
Se incorporó, apoyó los codos
sobre la mesa y se inclinó hacia mí.
—No es asunto mío y no pienso
fisgonear, pero ya sabes que Steven,
Shawna y yo estamos contigo si nos
necesitas. Te queremos.
Su sinceridad hizo que los ojos se
me llenaran de lágrimas. Yo les había
cogido mucho cariño a su prometido,
Steven Ellison, y a la hermana de
Steven, Shawna, durante los meses que
llevaba viviendo en Nueva York, y se
habían convertido en una parte de la red
de nuevas amistades que me había
creado en mi nueva vida. Pasara lo que
pasase no quería perderles.
—Lo sé. —Sonreí a pesar de mi
tristeza—. Te prometo que, si os
necesito, os llamaré. Pero todo va a ser
para mejor. Para todos.
Mark se relajó y me devolvió la
sonrisa.
—Steven va a flipar. Quizá sería
mejor que se lo dijeras tú.
Pensar en el corpulento y simpático
contratista hizo que desapareciera toda
mi tristeza. Steven me echaría la bronca
por dejar plantado a su pareja, pero lo
hacía de buen corazón.
—Ah, vamos —respondí burlona
—. No serías capaz de obligarme a eso,
¿no? Ya está resultando bastante difícil.
—Yo no me opongo a que lo sea
aún más.
Me reí. Sí, echaría de menos a
Mark y también mi trabajo. Mucho.
Cuando llegó el momento de mi
primer descanso, todavía era temprano
en Oceanside, California, así que le
envié un mensaje a mi padre en lugar de
llamarlo:
Avísame cuando te despiertes,
¿vale? Tengo que contarte una cosa. Y,
como sabía que, por ser policía además
de padre, Victor Reyes se iba a
preocupar, añadí: No es nada malo.
Sólo una noticia.
Apenas había dejado el teléfono en
la encimera de la sala de descanso para
ponerme una taza de café cuando
empezó a sonar. El atractivo rostro de
mi padre iluminó la pantalla, mostrando
en su foto los ojos grises que yo había
heredado de él.
De repente, me sentí hecha un
manojo de nervios. Cuando cogí el
teléfono, la mano me temblaba. Quería
mucho a mis progenitores, pero siempre
había creído que mi padre sentía las
cosas de una forma más profunda que mi
madre. Y, mientras ella nunca dudaba en
dejar claro cómo podía solucionar mis
defectos, él no parecía notar que tuviese
ninguno. Sólo pensar en decepcionarlo o
hacerle daño me parecía una crueldad.
—Hola, papá. ¿Cómo estás?
—Eso te iba a preguntar, cariño.
Yo estoy como siempre, ¿y tú? ¿Qué ha
pasado?
Me acerqué a la mesa más cercana
y me senté para poder tranquilizarme.
—Te he dicho que no pasaba nada
malo y, aun así, pareces preocupado.
¿Te he despertado?
—Es mi deber preocuparme —
respondió con un cálido tono divertido
en su voz profunda—. Y me estaba
preparando para salir a correr antes de
empezar la jornada, así que no, no me
has despertado. Dime qué noticia es ésa.
—Eh... —Me quedé muda y tragué
saliva—. Dios, esto resulta más difícil
de lo que creía. Le había dicho a Gideon
que era mamá la que me preocupaba,
que a ti te parecería bien. Y, aquí estoy,
tratando de...
—Eva.
Respiré hondo.
—Gideon y yo nos hemos casado a
escondidas.
El teléfono se quedó en un
inquietante silencio.
—¿Papá?
—¿Cuándo? —Su voz rasgada me
hundió.—
Hace un par de semanas.
—¿Antes de que vinieses a verme?
Me aclaré la garganta.
—Sí.
Silencio.
Dios mío. Aquello era de lo más
cruel. Apenas hacía unas semanas que le
había contado lo de la violación de
Nathan y casi lo había matado. Y, ahora,
esto... —Papá, me estás asustando.
Estábamos en aquella isla y todo era
precioso, muy bonito. En el hotel en el
que nos alojábamos se celebran bodas
continuamente, facilitan mucho las
cosas, como en Las Vegas. Tienen a un
oficiante que se encarga de los
permisos. Simplemente, fue el momento
ideal, ya sabes. La oportunidad perfecta.
—La voz se me quebró—. Papá, por
favor, di algo.
—Yo... No sé qué decir.
Una lágrima abrasadora se deslizó
por mi cara. Mamá había preferido el
dinero antes que el amor, y Gideon era
un claro ejemplo del tipo de hombre al
que ella habría elegido en lugar de a mi
padre. Yo sabía que aquello había
supuesto un golpe que mi padre había
tenido que superar, y ahora nos
encontrábamos con este obstáculo.
—Pero vamos a seguir con la boda
—le dije—. Queremos que nuestros
amigos y nuestras familias estén con
nosotros cuando pronunciemos nuestros
votos.—
Eso era lo que esperaba, Eva. —
Soltó un gruñido—. ¡Maldita sea, me
siento como si Cross acabara de
arrebatarme algo! Se supone que tengo
que entregarte yo, me había hecho a esa
idea. Y ¿él sale corriendo sin más y se
casa contigo? Y ¿no me lo dijiste?
¿Estuviste aquí, en mi casa, y no me lo
contaste? Eso me duele, Eva. Me duele.
No hubo forma de contener las
lágrimas después de eso. Llegaron como
un torrente abrasador, empañándome la
visión y cerrándome la garganta.
Me sobresalté cuando la puerta de
la sala de descanso se abrió y entró Will
Granger.
—Es probable que esté aquí —dijo
mi compañero—. Y aquí está...
Se interrumpió al ver mi cara, y de
sus ojos desapareció la sonrisa tras sus
gafas rectangulares.
Un brazo con una manga oscura
apareció y lo apartó a un lado.
Gideon. Estaba en la puerta. Sus
ojos se clavaron en mí y se volvieron
fríos como el hielo. De repente, era
como un ángel vengador, y su elegante
traje oscuro le hacía parecer serio y
peligroso, con su expresión endurecida
tras una hermosa máscara.
Pestañeé mientras mi cerebro
trataba de adivinar por qué estaba allí.
Antes de conseguirlo, él ya se
encontraba delante de mí con mi
teléfono en la mano. Bajó la mirada
hacia la pantalla antes de acercárselo al
oído.
—Victor. —El nombre de mi padre
sonó como una advertencia—. Parece
que has hecho que Eva se sienta mal, así
que ahora vas a hablar conmigo.
Will salió y cerró la puerta.
A pesar del tono afilado de las
palabras de Gideon, sus dedos me
acariciaron la mejilla con una suavidad
infinita. Sus ojos me miraban, y su color
azul lleno de una rabia heladora casi me
hizo estremecer.
Joder. Gideon estaba enfadado. Y
mi padre también. Lo oí gritar desde mi
silla.
Agarré la muñeca de Gideon y
negué con la cabeza, sintiendo de
repente pánico porque los dos hombres
a los que más quería pudieran terminar
disgustándose e incluso odiándose.
—No pasa nada —susurré—. No
pasa nada.
Cuando volvió a hablar de nuevo
con mi padre, la voz de Gideon sonó
firme y controlada, y eso sólo consiguió
asustarme aún más.
—Tienes derecho a estar enfadado
y a sentirte herido, lo reconozco. Pero
no voy a permitir que mi mujer sufra por
esto. Está claro que, al no tener hijos, no
puedo imaginarme lo que se siente.
Traté de escuchar, con la esperanza
de que la reducción del volumen de su
voz significara que mi padre se estaba
tranquilizando en lugar de alterarse más.
De repente, Gideon se puso tenso y
apartó la mano de mí.
—No, a mí no me gustaría que mi
hermana se escapara para casarse en
secreto. Dicho lo cual, no es con ella
con quien yo lo pagaría.
Compuse un gesto de dolor. Mi
padre y mi marido tenían eso en común:
ambos se mostraban increíblemente
protectores con las personas a las que
querían.
—Estaré dispuesto en cualquier
momento, Victor. Iré a verte, si es lo que
quieres. Cuando me casé con tu hija,
acepté responsabilizarme por completo
de ella y de su felicidad. Si hay que
enfrentarse a alguna consecuencia, no
me costará nada hacerlo.
Los ojos de Gideon se entornaron
mientras escuchaba.
A continuación, se sentó enfrente
de mí, dejó el teléfono sobre la mesa y
conectó el altavoz.
La voz de mi padre inundó la sala.
—¿Eva?
Cogí aire temblorosa y apreté la
mano que Gideon había extendido hacia
mí.
—Sí, estoy aquí, papá.
—Cariño. —Respiró hondo
también—. No te enfades, ¿vale? Es
sólo que necesito asimilar esto. No me
lo esperaba y tengo que poner en orden
mis pensamientos. ¿Podemos hablar esta
noche, cuando salga de mi turno?
—Sí, claro.
—Bien. —Hizo una pausa.
—Te quiero, papá. —El sonido de
mi llanto atravesó mi voz y Gideon
acercó su silla apresando mis piernas
con las suyas.
Era increíble notar la fuerza que yo
hacía salir de él. Era un alivio poder
contar con él. Aquello era distinto del
apoyo de Cary. Mi mejor amigo era una
caja de resonancia, un animador, un
bromista. Gideon era un escudo
protector.
Y yo tenía que ser lo
suficientemente fuerte como para admitir
cuándo necesitaba uno.
—Yo también te quiero, pequeña
—dijo mi padre con un deje de dolor y
pena que se me clavó en el corazón—.
Luego te llamo.
—Vale, yo... —¿Qué más podía
decir? No tenía ni idea de cómo arreglar
aquello—. Adiós.
Gideon puso fin a la llamada y, a
continuación, tomó mi mano con la suya.
Tenía los ojos clavados en mí, y el hielo
se derritió para convertirse en ternura.
—No tienes de qué avergonzarte,
Eva. ¿Está claro?
Asentí.
—No lo hago.
Me cogió la cara entre las manos y
me limpió las lágrimas con los pulgares.
—No soporto verte llorar, cielo.
Me obligué a contener la pena que
aún sentía para esconderla en un rincón
donde después pudiera encargarme de
ella.
—¿Por qué estás aquí? ¿Cómo lo
sabías?—
He venido a darte las gracias por
las flores —murmuró.
—Ah. ¿Te gustan? —Conseguí
componer una sonrisa—. Quería que
pensaras en mí.
—Todo el tiempo. A cada minuto.
—Me agarró de la cintura y me arrastró
hacia él.
—Podrías haberte limitado a
enviar una nota.
—Sí. —Una especie de sonrisa
hizo que el corazón se me disparara—.
Pero entonces no podría hacer esto.
Gideon me llevó a su regazo y me
besó intensamente.
¿Seguimos viéndonos en casa esta
noche?, decía el mensaje de Cary
mientras yo esperaba en el ascensor
para bajar al vestíbulo a mediodía. Mi
madre estaba ya esperándome allí, y yo
estaba tratando de poner orden en mis
pensamientos. Teníamos que hablar de
muchas cosas.
Dios, cómo deseaba que ella
pudiese ayudarme a enfrentarme a todo
aquello.
Ése es el plan —respondí a mi
querido y, a veces, fastidioso
compañero de piso mientras entraba en
el ascensor—. Aunque tengo una cita
después del trabajo y, luego, cena con
Gideon. Quizá llegue tarde.
¿Una cena? Tienes que ponerme al
día.
Sonreí.
Por supuesto.
Me ha llamado Trey.
Solté un resoplido al leer el
mensaje, como si hubiese estado
conteniendo la respiración. Supongo
que, en cierto modo, había sido así.
No podía culpar al intermitente
novio de Cary por haberse retirado
cuando se enteró de que la chica con la
que Cary se acostaba se había quedado
embarazada. A Trey ya le había costado
lidiar con la bisexualidad de Cary y,
ahora, ese bebé implicaba que siempre
habría una tercera persona en su
relación.
No me cabía duda de que Cary
debería haberse comprometido antes con
Trey en lugar de mantener sus puertas
abiertas, pero comprendía el miedo que
se ocultaba tras sus actos. Conocía
demasiado bien las ideas que le cruzan a
uno por la mente cuando se ha pasado
por lo que Cary y yo habíamos sufrido,
más aún cuando te ves ante una persona
increíble que te ama.
Si fue demasiado bueno para ser
verdad, ¿cómo podría haber sido real?
Yo también comprendía a Trey y, si
se había rendido, respetaba su decisión.
Sin embargo, era lo mejor que le había
ocurrido a Cary en mucho tiempo. Me
iba a dar mucha lástima que no
consiguiesen salir adelante.
¿Qué te ha dicho?
Te lo cuento cuando nos veamos.
Cary, no seas cruel.
Tardó en responder, no lo hizo
hasta que yo ya estaba pasando por los
torniquetes de salida.
Ya, y eso lo dices precisamente tú.
Me entristecí, porque no había
forma de tomar aquello como una buena
noticia. Me aparté para dejar que otras
personas me adelantaran. Le respondí:
Te quiero mucho, Cary Taylor.
Yo también te quiero, preciosa.
—¡Eva!
Mi madre cruzó el espacio que nos
separaba con sus delicadas sandalias de
tacón, una mujer en la que era imposible
no reparar en medio de la multitud de
gente que entraba y salía del edificio
Crossfire a la hora del almuerzo. Por su
pequeña estatura, Monica Stanton podría
haberse perdido en medio de aquel
océano de trajes, pero llamaba
demasiado la atención como para que
eso pudiera ocurrir.
Carisma. Sensualidad. Fragilidad.
Aquélla era una mezcla explosiva que
había convertido a Marilyn Monroe en
una estrella, y también podía decirse lo
mismo de mi madre. Vestida con un
mono azul marino sin mangas, Monica
Stanton parecía más joven de lo que era,
y más segura de lo que yo sabía que se
sentía. Las panteras de Cartier que le
colgaban del cuello y de la muñeca
informaban a cualquiera que la viera de
que se trataba de una mujer cara.
Vino directa a mí y me estrechó en
un abrazo que me cogió por sorpresa.
—Mamá.
—¿Estás bien? —Se apartó para
mirarme a la cara.
—¿Qué? Sí, ¿por qué?
—Me ha llamado tu padre.
—Ah. —La miré con cautela—. No
se ha tomado bien la noticia.
—No. —Entrelazó su brazo con el
mío y nos dirigimos a la puerta—. Pero
lo superará. No estaba preparado para
dejarte marchar.
—Porque le recuerdo a ti.
Para mi padre, mi madre había sido
la que se había marchado. Aún la
amaba, incluso después de más de dos
décadas separados.
—Tonterías, Eva. Nos parecemos,
pero tú eres mucho más interesante.
Eso me hizo soltar una carcajada.
—Gideon dice que soy interesante.
Ella me miró con una amplia
sonrisa, lo que hizo que el hombre que
pasaba por su lado tropezara.
—Por supuesto. Conoce bien a las
mujeres. Por muy guapa que seas, hace
falta algo más que belleza para
conseguir que se case contigo.
Me detuve junto a la puerta
giratoria para dejar que mi madre
saliera antes. Una ráfaga de calor
húmedo me golpeó cuando salí con ella
a la acera e hizo que al instante mi piel
se empañara con el sudor. A veces
dudaba que pudiera acostumbrarme a
aquella humedad, pero consideraba que
ése sería uno de los precios que tendría
que pagar por vivir en la ciudad a la que
tanto amaba. La primavera había sido
preciosa, y sabía que el otoño también
lo sería, la época perfecta del año para
renovar mis votos con el hombre que era
el dueño de mi corazón y de mi alma.
Estaba dando gracias a Dios por el
aire acondicionado cuando vi al jefe de
seguridad de Stanton esperando junto al
coche negro en el bordillo.
Benjamin Clancy me saludó con un
asentimiento relajado y confiado. Su
forma de comportarse era tan
profesional como siempre, aunque sentía
tal gratitud hacia él que me costó trabajo
no abrazarlo y darle un beso.
Gideon había matado a Nathan para
protegerme. Clancy se había asegurado
de que Gideon no tuviera que pagar
nunca por ello.
—Hola —le dije mientras veía mi
sonrisa reflejada en sus gafas de aviador
con cristales de espejo.
—Eva. Me alegra verte.
—Yo estaba pensando lo mismo de
ti.
No respondió con una amplia
sonrisa. No era propio de él. Pero, aun
así, la noté.
Mi madre entró primero y, después,
subí junto a ella al asiento de atrás.
Antes incluso de que Clancy rodeara el
coche por detrás, ella se giró para
mirarme y cogerme la mano.
—No te preocupes por tu padre.
Tiene ese pronto tan propio de los
latinos, pero se le pasa enseguida. Lo
único que quiere es asegurarse de que
eres feliz.
Apreté sus dedos con suavidad.
—Lo sé. Pero lo que de verdad
deseo es que papá y Gideon se lleven
bien.
—Son dos hombres muy testarudos,
cariño. De vez en cuando, van a chocar.
Tenía razón. Yo soñaba con que los
dos se llevaran como lo hacen los
hombres, que charlaran sobre deporte o
coches, que bromearan a la vez que se
daban en la espalda las palmadas que
normalmente acompañaban a ese tipo de
cosas. Pero tenía que enfrentarme a la
realidad, fuera cual fuese el resultado.
—Tienes razón —reconocí—.
Ambos son adultos. Lo solucionarán. —
O eso esperaba.
—Por supuesto que lo harán.
Con un suspiro, miré por la
ventanilla.
—Creo que he encontrado una
solución para lo de Corinne Giroux.
Hubo una pausa.
—Eva, tienes que quitarte a esa
mujer de la cabeza. Al pensar en ella le
estás dando un poder que no se merece.
—Permitimos que se convirtiera en
un problema siendo tan reservados.
Volví a mirar a mi madre.
—El mundo tiene un apetito voraz
por todo lo de Gideon. Es guapo, rico,
atractivo y brillante. La gente quiere
saberlo todo sobre él, pero ha mantenido
su privacidad hasta tal extremo que
apenas saben nada. Eso le ha dado pie a
Corinne para escribir su biografía sobre
la época en la que estuvo con él.
Me miró con recelo.
—¿Qué estás pensando?
Busqué en mi bolso y saqué una
pequeña tableta.
—Necesitamos más cosas así.
Giré la pantalla para mostrarle la
imagen de Gideon y de mí que habían
tomado unas horas antes mientras
estábamos delante del Crossfire. El
modo en que me agarraba por la nuca
denotaba tanta ternura como posesión,
mientras que el modo en que yo
inclinaba la cabeza hacia él reflejaba
amor y adoración. El estómago se me
revolvió al ver que un momento tan
íntimo era mostrado ante la mirada
lujuriosa de todo el mundo, pero tenía
que superarlo. Tenía que ofrecerles más.
—Gideon y yo tenemos que dejar
de ocultarnos —continué—. Nos tienen
que ver. Pasamos demasiado tiempo
encerrados. La gente quiere que este
playboy multimillonario se convierta
por fin en el príncipe azul. Quieren
cuentos de hadas, mamá, y finales
felices. Necesito darle a la gente la
historia que desea y, al hacerlo,
conseguiré que Corinne y su libro
parezcan algo patético.
Ella echó los hombros hacia atrás.
—Es una idea terrible.
—No. No lo es.
—¡Es terrible, Eva! No se vende
una intimidad que tanto ha costado
conseguir a cambio de nada. Si
alimentas esa hambre de la gente, no
lograrás sino hacerla más grande. ¡Por
el amor de Dios, no querrás convertirte
en un personaje de las revistas!
Apreté la mandíbula.
—No voy a hacerlo así.
—¿Por qué quieres arriesgarte? —
Levantó la voz y se volvió más
estridente—. ¿Por Corinne Giroux? ¡Su
libro saldrá y desaparecerá en un abrir y
cerrar de ojos, pero tú nunca podrás
deshacerte de la atención de los demás
una vez que los invites a ello!
—No te comprendo. ¡No existe el
modo de estar casada con Gideon sin ser
el centro de atención! Más me vale
tomar el control y ser yo misma la que
prepare el terreno.
—¡Existe una diferencia entre ser
famoso y convertirte en titular de las
revistas!
Solté un leve gruñido.
—Creo que te estás poniendo
demasiado melodramática.
Ella negó con la cabeza.
—Te lo advierto: ésa no es la
forma de arreglar esta situación. ¿Lo has
hablado con Gideon? No me lo imagino
aceptando algo así.
Me quedé mirándola, claramente
sorprendida ante su reacción. Había
creído que estaría de acuerdo, teniendo
en cuenta lo que pensaba sobre lo que
era un buen casamiento y los privilegios
que eso ofrecía.
Fue entonces cuando vi el miedo en
su boca apretada y sus ojos nublados.
—Mamá. —Suavicé la voz
mientras me reprochaba no haberme
dado cuenta antes—. Ya no tenemos que
seguir preocupándonos por Nathan.
Ella me miró con igual intensidad.
—No —respondió, aunque sin
mostrar un ápice de tranquilidad—. Pero
ver que todo lo que haces, que todo lo
que dices o decides es diseccionado
para diversión del público puede
convertirse en una pesadilla.
—¡No voy a permitir que nadie en
el mundo dicte cómo deben percibirse
mi matrimonio ni mi persona! —Estaba
harta de sentirme una víctima. Quería
ser yo la que pasara a la ofensiva.
—Eva, no vas a...
—Pues dame una alternativa que no
sea la de quedarme sentada sin hacer
nada y mirando para otro lado, mamá.
—Aparté los ojos de ella—. No vamos
a ponernos de acuerdo y no voy a
cambiar de idea a menos que haya un
plan distinto sobre la mesa.
Ella dejó escapar un gemido de
frustración y, a continuación, se quedó
callada.
Flexioné los dedos con el deseo de
enviarle un mensaje a Gideon para
desahogarme. Una vez me había dicho
que se me daría muy bien la gestión de
las crisis. Me había sugerido que
dedicara mi talento a Cross Industries.
¿Por qué no empezar con algo
mucho más íntimo e importante?

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Grey - (1) Lunes, 9 de Mayo de 2011

Ahora desde la perspectiva de Christian Grey! El libro "Grey" Online!

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Lunes, 9 de Mayo de 2011

Tengo tres autos. Van rápido por todo el piso. Muy rápido. Uno es rojo. Otro es verde. Otro es amarillo. Me gusta el verde. Es el mejor. A mami también le gustan. Me gusta cuando mami juega conmigo y los autos. El rojo es el mejor para ella. Hoy, está sentada en el sofá mirando a la pared. El auto verde vuela por la alfombra. El rojo le sigue. Luego el Amarillo. ¡Crash! Pero mami no ve. Lo hago de nuevo. ¡Crash! Pero Mami no ve. Señalo el auto verde a sus pies. Pero el auto verde se va por debajo del sofá. No puedo alcanzarlo. Mi mano es demasiado grande para el agujero. Mami no ve. Quiero mi auto verde. Pero Mami se queda en el sofá mirando a la pared. Mami. Mi auto. Ella no me escucha. Mami. Empujo su mano y ella se recuesta y cierra los ojos. No ahora, Maggot. No ahora, dice. Mi auto verde permanece bajo el sofá. Siempre está bajo el sofá. Puedo verlo. Pero no puedo alcanzarlo. Mi auto verde está borroso. Cubierto de pelaje gris y suciedad. Lo quiero de regreso. Pero no puedo alcanzarlo. Nunca puedo alcanzarlo. Mi auto verde está perdido. Perdido. Y no puedo jugar con él de nuevo nunca más.
Abro mis ojos y mi sueño se desvanece a la luz de la mañana. ¿De qué diablos iba eso? Agarro los fragmentos mientras se desvanecen, pero fallo en atrapar cualquiera de ellos.
Descartándolo, como lo hago la mayoría de las mañanas, me bajo de la cama y encuentro una sudadera recién lavada en mi vestidor. Afuera, un cielo grisáceo promete lluvia y no estoy de humor para recibirla durante mi carrera de hoy. Me dirijo arriba, al gimnasio, enciendo el televisor para las noticias de negocios de la mañana y me subo en la cinta.
Mis pensamientos divagan sobre el día. No tengo más que reuniones, aunque veré a mi entrenador personal más tarde para una rutina en mi oficina, Bastille siempre es un desafío bienvenido.
¿Quizá debería llamar a Elena?
Sí. Quizá. Podemos cenar en el transcurso de esta semana.
T
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Detengo la cinta, sin aliento, y me dirijo hacia la ducha para empezar otro monótono día.
~ * ~
—Mañana —murmuro, despachando a Claude Bastille cuando está de pie en el umbral de mi oficina.
—¿Grey, jugamos golf esta semana? —Bastille sonríe con una relajada arrogancia, sabiendo que su victoria en el campo de golf está asegurada.
Le frunzo el ceño mientras se da vuelta y se va. Sus palabras de despedida son como sal en mis heridas porque, a pesar de mis heroicos intentos durante nuestra rutina de hoy, mi entrenador personal me ha pateado el trasero. Bastille es el único que puede vencerme, y ahora quiere otro pedazo de carne en el campo de golf. Detesto el golf, pero muchos negocios se hacen en las calles, de modo que tengo que padecer sus lecciones ahí también… y, aunque odio admitirlo, jugar contra Bastille sí mejora mi juego.
Mientras miro por la ventana al horizonte de Seattle, el familiar tedio se filtra sin permiso en mi subconsciente. Mi humor es tan plano y gris como el clima. Mis días se están mezclando sin distinción y necesito alguna clase de diversión. He trabajado todo el fin de semana y, ahora, en los confines contiguos de mi oficina, estoy inquieto. No debería sentirme así, no después de varios encuentros con Bastille. Pero así me siento.
Frunzo el ceño. La aleccionadora verdad es que la única cosa que ha capturado mi interés recientemente ha sido mi decisión de enviar dos buques de carga a Sudán. Esto me recuerda que se supone que Ros regresará a mí con números y logística. ¿Qué rayos la está haciendo tardar? Reviso mi agenda y alcanzo el teléfono.
Maldita sea. Tengo que aguantar una entrevista con la persistente señorita Kavanagh para la revista estudiantil de la Universidad Estatal de Washington. ¿Por qué diablos accedí a eso? Detesto las entrevistas… vanas preguntas de personas desinformadas y envidiosas dirigidas a investigar sobre mi vida privada. Y ella es una estudiante. El teléfono vibra.
—Sí —le grito a Andrea, como si pudiera culparla. Al menos puedo hacer que esta entrevista sea corta.
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—La señorita Anastasia Steele está aquí para verlo, Sr. Grey.
—¿Steele? Estaba esperando a Katherine Kavanagh.
—Es la señorita Steele quien está aquí, señor.
Odio lo inesperado.
—Hágala pasar.
Bueno, bueno… la Señorita Kavanagh no está disponible. Conozco a su padre, Eamon, el dueño de Kavanagh Media. Hemos hecho negocios juntos y él parece un operador astuto y un ser humano racional. Esta entrevista es un favor hacia él, una que pretendo cobrar después, cuando me convenga. Y, tengo que admitir que estaba vagamente curioso por su hija, interesado en ver la manzana que ha caído lejos del árbol.
Una conmoción en la puerta me hace ponerme de pie mientras una maraña de largo cabello castaño, pálidas extremidades y botas marrones se zambulle en mi oficina. Reprimiendo mi molestia natural por tal torpeza, me apresuro hacia la chica que ha aterrizado sobre sus manos y rodillas en el piso. Sujetando unos hombros delgados, la ayudo a ponerse de pie.
Claros y avergonzados ojos encuentran los míos y detienen mis movimientos. Son del color más extraordinario, azul pulverizado, inocentes y, por un horrible momento, creo que puede ver a través de mí y estoy… expuesto. El pensamiento es desconcertante, así que lo descarto inmediatamente.
Ella tiene una pequeña y dulce cara que se está sonrojando ahora, de un inocente rosa pálido. Me pregunto brevemente si toda su piel es así de perfecta y cómo luciría rosa y cálida por el azote de una vara.
Maldición.
Detengo mis caprichosos pensamientos, alarmado por su dirección. ¿En qué demonios estás pensando, Grey? Esta chica es demasiado joven. Se queda boquiabierta y resisto la urgencia de poner los ojos en blanco. Sí, sí, nena, es solo un rostro y es solo piel. Necesito dispersar esa mirada admirativa de aquellos ojos pero, ¡tengamos algo de diversión en el proceso!
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—Señorita Kavanagh. Soy Christian Grey. ¿Está bien? ¿Quiere sentarse?
Ahí está ese sonrojo de nuevo. A cargo una vez más, la estudio. Es bastante atractiva… ligera, pálida, con una melena de cabello oscuro apenas contenido por un moño.
Una morena.
Sí, es atractiva. Extiendo mi mano mientras tartamudea el inicio de una mortificada disculpa y pone su mano en la mía. Su piel es fría y suave, pero su apretón es sorprendentemente firme.
—La señorita Kavanagh está indispuesta, así que me ha enviado a mí. Espero que no le importe, señor Grey. —Su voz es calmada con una musicalidad dudosa y parpadea erráticamente, largas pestañas agitándose.
Incapaz de evitar la diversión en mi voz mientras recuerdo su entrada poco elegante a mi oficina, le pregunto quién es.
—Anastasia Steele. Estudio literatura inglesa con Kate, digo… Katherine… bueno… la Señorita Kavanagh, en la Estatal de Washington, Campus Vancouver.
¿Del tipo tímida y estudiosa, eh? Lo parece: mal vestida, su ligera silueta escondida bajo un suéter sin forma, una falda acampanada color marrón y botas funcionales. ¿Tiene algún sentido del estilo? Mira nerviosamente alrededor de mi oficina, a cualquier parte menos a mí, noto, con divertida ironía.
¿Cómo puede ser periodista esa jovencita? No tiene una sola señal de asertividad en su cuerpo. Es nerviosa, dócil… sumisa. Desconcertado por mis pensamientos inapropiados, sacudo la cabeza y me pregunto si las primeras impresiones son confiables. Dejando de lado el cliché, le pido que se siente, luego noto su perspicaz mirada evaluando los cuadros de mi oficina. Antes de que pueda detenerme, me encuentro explicándolas:
—Un artista de aquí. Trouton.
—Son muy bonitos. Elevan lo cotidiano a extraordinario —dice soñadoramente, perdida en la exquisita y fina destreza del trabajo de Trouton. Su perfil es delicado, una nariz respingona y suaves y carnosos labios, y en sus palabras ha capturado mis sentimientos exactos. Elevan
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lo cotidiano a extraordinario. Es una astuta observación. La señorita Steele es brillante.
Concuerdo y observo, fascinado, mientras el rubor trepa lentamente por su piel una vez más. Mientras me siento al otro lado de ella, intento frenar mis pensamientos. Saca algunas arrugadas hojas de papel y una grabadora digital de su gran bolso. Es torpe, dejando caer la maldita cosa dos veces en mi mesa para café Bauhaus. Es obvio que nunca ha hecho esto antes pero, por alguna razón que no puedo comprender, lo encuentro divertido. Bajo circunstancias normales, su torpeza me irritaría como el infierno pero, ahora, escondo una sonrisa bajo mi dedo índice y resisto la urgencia de acomodarla por mí mismo.
Mientras hurga y se pone más y más nerviosa, se me ocurre que podría refinar sus habilidades motoras con la ayuda de una fusta. Expertamente manejada, puede controlar al más inquieto. El errante pensamiento me hace cambiar de posición en mi silla. Me mira y se muerde su carnoso labio superior.
¡Joder! ¿Cómo no me di cuenta de lo provocadora que es esa boca?
—Pe… perdón. No suelo utilizarla.
Puedo verlo, nena, pero justo ahora me importa un carajo porque no puedo apartar mis ojos de tu boca.
—Tómese todo el tiempo que necesite, señorita Steele. —Necesito otro momento para poner en orden mis obstinados pensamientos.
Grey… detén esto, ahora.
—¿Le importa que grabe sus respuestas? —pregunta, su rostro cándido y expectante.
Quiero reírme.
—¿Me lo pregunta ahora, después de lo que le ha costado preparar la grabadora?
Parpadea, sus ojos grandes y perdidos por un momento y soy derrotado por el poco familiar sentimiento de culpa.
Deja de ser una mierda, Grey.
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—No, no me importa. —No quiero ser responsable por esa mirada.
—¿Le explicó Kate, digo, la señorita Kavanagh, para qué era la entrevista?
—Sí. Para el último número de este curso de la revista de la facultad, porque yo entregaré los títulos de la ceremonia de graduación de este año. —Por qué demonios he accedido a hacer eso, no lo sé. Sam de Relaciones Publicas me ha dicho que el departamento de ciencias ambientales de la Estatal de Washington necesita la publicidad para poder atraer fondos adicionales que complementen lo que les he dado, y Sam haría cualquier cosa por exposición ante la prensa.
La señorita Steele parpadea una vez más, como si esto fuera una noticia para ella, y parece desaprobarla. ¿No ha hecho ningún estudio previo para esta entrevista? Debería saberlo. El pensamiento me hiela la sangre. Es… desagradable, no algo que espero de alguien que está aprovechándose de mi tiempo.
—Bien. Tengo algunas preguntas, Señor Grey. —Se pone un mechón de cabello tras la oreja, distrayéndome de mi molestia.
—Sí, creo que debería preguntarme algo —digo secamente. Hagámosla estremecerse. Juiciosamente, lo hace, luego se endereza y acomoda sus pequeños hombros. Está en modo profesional. Inclinándose hacia adelante, presiona el botón de inicio en la grabadora y frunce el ceño mientras mira sus arrugadas notas.
—Es usted muy joven para haber amasado este imperio. ¿A qué se debe su éxito?
Seguramente puede hacer algo mejor que esto. Qué pregunta tan tonta. Ni una pizca de originalidad. Es decepcionante. Lanzo mi respuesta usual sobre tener a personas excepcionales trabajando para mí. Personas en las que confío, si es que confío en alguien, y les pago bien, blablablá… pero, señorita Steele, el simple hecho es que soy brillante en lo que hago. Para mí, es como desprender un tronco. Comprar descompuestas y mal dirigidas compañías y arreglarlas, conservando algunas o, si están realmente en quiebra, desarmando sus activos y vendiéndolos al mejor postor. Es simplemente una cuestión de saber la diferencia entre los dos e, invariablemente, se resume a las personas a cargo. Para tener éxito en los negocios, necesitas buenas personas y yo puedo juzgar a una persona mejor que la mayoría.
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—Quizá solo ha tenido suerte —dice calladamente.
¿Suerte? Un escalofrío de molestia me atraviesa. ¿Suerte? ¿Cómo se atreve? Parece modesta y calmada, ¿pero esta pregunta? Nadie ha sugerido jamás que he tenido suerte. Trabajo duro, traigo personas conmigo, las vigilo de cerca y las estudio si necesito hacerlo y, si no son buenas para el trabajo, las descarto. Esto es lo que hago y lo hago bien. ¡No tiene nada que ver con la suerte! Bueno, al diablo con eso. Presumiendo mi erudición, cito las palabras de Andrew Carnegie, mi industrial favorito.
—El crecimiento y desarrollo de las personas es la labor más importante de los directivos.
—Parece un maniático del control —dice, y habla perfectamente en serio.
¿Qué demonios? Quizá ella sí puede ver a través de mí.
“Control” es mi segundo nombre, cariño.
La miro fijamente, esperando intimidarla.
—Oh, bueno, lo controlo todo, señorita Steele. —Y me gustaría controlarla a usted, justo aquí y ahora.
Ese atractivo rubor atraviesa su rostro y se muerde aquel labio de nuevo. Divago, intentando distraerme de su boca.
—Además, decirte a ti mismo, en tu fuero más íntimo, que has nacido para ejercer el control te concede un inmenso poder.
—¿Le parece a usted que su poder es inmenso? —pregunta con una suave y tranquilizadora voz, pero enarca una delicada ceja con una mirada que expresa su censura. ¿Está, deliberadamente, tratando de provocarme? ¿Son sus preguntas, su actitud o el hecho de que la encuentro atractiva, lo que me está molestando? Mi irritación crece.
—Tengo más de cuarenta mil empleados. Eso me otorga un cierto sentido de la responsabilidad… poder, si lo prefiere. Si decidiera que ya no me interesa el negocio de las telecomunicaciones y lo vendiera todo, veinte mil personas pasarían apuros para pagar la hipoteca en poco más de un mes.
Su boca se abre por mi respuesta. Eso es más como debe ser. Chúpate esa, nena. Siento mi equilibrio retornar.
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—¿No tiene que responder ante una junta directiva?
—Soy dueño de mi empresa. No tengo que responder ante ninguna junta directiva. —Debería saber esto.
—¿Y cuáles son sus intereses aparte del trabajo? —continúa apresuradamente, midiendo correctamente mi reacción. Sabe que estoy enojado y, por alguna inexplicable razón, esto me complace.
—Me interesan cosas muy diversas, señorita Steele. Muy diversas. —Imágenes de ella en varias posiciones en mi cuarto de juegos destellan en mi mente: encadenada a la cruz, extendida en la cama con dosel, extendida en el banco de azotes. Y, miren, ahí está ese rubor de nuevo. Es como un mecanismo de defensa.
—Pero si trabaja tan duro, ¿qué hace para relajarse?
—¿Relajarme? —Esas palabras saliendo de su boca inteligente suenan raras, pero divertidas. Además, ¿cuándo tengo tiempo para relajarme? Ella no tiene idea de lo que hago. Pero me mira de nuevo con aquellos grandes e ingeniosos ojos y, para mi sorpresa, me encuentro considerando su pregunta. ¿Qué hago para relajarme? Navegar, volar, follar… probar los límites de atractivas morenas como ella y hacerlas obedecer... el pensamiento me hace mover en mi silla, pero le respondo suavemente, omitiendo unos cuantos pasatiempos favoritos.
—Invierte en fabricación. ¿Por qué, específicamente?
—Me gusta construir. Me gusta saber cómo funcionan las cosas, cuál es su mecanismo, cómo se montan y se desmotan. Y me encantan los barcos. ¿Qué puedo decirle? —Transportan comida alrededor del planeta.
—Parece que el que habla es su corazón, no la lógica o los hechos.
¿Corazón? ¿Yo? Oh, no, nena.
Mi corazón fue destrozado sin poder ser reconocido hace mucho tiempo.
—Es posible. Aunque algunos dirían que no tengo corazón.
—¿Por qué dirían algo así?
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—Porque me conocen bien. —Le muestro una irónica sonrisa. De hecho, nadie me conoce tan bien, excepto quizá Elena. Me pregunto qué haría ella con la pequeña señorita Steele aquí. Esta chica es una masa de contradicciones: tímida, torpe, obviamente brillante y excitante como el infierno.
Sí, de acuerdo, lo admito. La encuentro seductora.
Ella recita la próxima pregunta por repetición.
—¿Dirían sus amigos que es fácil conocerlo?
—Soy una persona muy reservada, señorita Steele. Hago todo lo posible por proteger mi vida privada. No suelo ofrecer entrevistas. —Haciendo lo que hago, viviendo la vida que he elegido, necesito mi privacidad.
—¿Por qué aceptó esta?
—Porque soy mecenas de la universidad y, porque, por más que lo intenté, no podía sacarme de encima a la señorita Kavanagh. No dejaba de dar lata a mis relaciones públicas y admiro esa tenacidad. —Pero me alegra que fuera usted quien viniera y no ella.
—También invierte en tecnología agrícola. ¿Por qué le interesa este ámbito?
—El dinero no se come, señorita Steele, y hay demasiada gente en el mundo que no tiene qué comer. —La miro fijamente, con cara de póker.
—Suena muy filantrópico. ¿Le apasiona la idea de alimentar a los pobres del mundo? —Me considera con una mirada perpleja y como si yo fuera un enigma, pero no hay manera de que la deje ver en mi oscura alma. Esta no es una zona de discusión abierta. Pasa la página, Grey.
—Es un buen negocio —murmuro, fingiendo aburrimiento, e imagino follar esa boca para distraerme de todos los pensamientos de hambre. Sí, su boca necesita entrenamiento y la imagino sobre sus rodillas ante mí. Bien, ese pensamiento es interesante.
Ella recita la próxima pregunta, arrastrándome fuera de mi fantasía.
—¿Tiene una filosofía? Y si la tiene, ¿en qué consiste?
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—No tengo una filosofía como tal. Quizá un principio que me guía… de Carnegie: ―Un hombre que consigue adueñarse absolutamente de su mente, puede adueñarse de cualquier otra cosa para la que esté legalmente autorizado‖. Soy muy peculiar, muy tenaz. Me gusta el control… de mí mismo y de los que me rodean.
—¿Entonces quiere poseer cosas?
Sí, nena. A ti, por ejemplo. Frunzo el ceño, sorprendido por el pensamiento.
—Quiero merecer poseerlas, pero sí, en el fondo es eso.
—Parece usted el paradigma del consumidor. —Su voz está teñida de desaprobación, irritándome de nuevo.
—Lo soy.
Suena como una niña rica que ha tenido todo lo que siempre ha deseado, pero cuando miro de cerca su ropa, está vestida con prendas de alguna tienda barata como Old Navy o H&M, así que sé que no es eso. Ella no ha crecido en un entorno pudiente.
Podría cuidar de ti.
¿De dónde diablos vino eso?
Aunque, ahora que lo considero, sí que necesito una nueva sumisa. ¿Han pasado qué, dos meses desde Susannah? Y aquí estoy, salivando por esta mujer. Intento mostrar una sonrisa agradable. No hay nada malo con el consumo, después de todo, conduce lo que queda de la economía americana.
—Fue un niño adoptado. ¿Hasta qué punto cree que ha influido en su manera de ser?
¿Qué tiene esto que ver con el precio del petróleo? Qué pregunta tan ridícula. Si me hubiera quedado con la perra drogadicta, probablemente estaría muerto. La descarto con una ―no respuesta‖, tratando de mantener el tono de mi voz, pero ella me presiona, demandando saber qué edad tenía cuando fui adoptado.
¡Cállala, Grey!
Mi tono es frío.
—Todo el mundo lo sabe, señorita Steele.
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Debería saber esto también. Ahora parece contrita mientras se pone un mechón de cabello tras la oreja. Bien.
—Ha tenido que sacrificar su vida familiar por el trabajo.
—Eso no es una pregunta —espeto.
Se sorprende, claramente avergonzada, pero tiene la gracia de disculparse mientras reformula la pregunta.
—¿Ha tenido que sacrificar su vida familiar por el trabajo?
¿Qué quiero con una familia?
—Tengo familia. Un hermano, una hermana y unos padres que me quieren. Pero no me interesa seguir hablando mi familia.
—¿Es usted gay, señor Grey?
¡¿Qué demonios?!
¡No puedo creer que ella haya dicho eso en voz alta! Irónicamente, es una pregunta que incluso mi propia familia no haría. ¡Cómo se atreve! Tengo una repentina urgencia de arrastrarla fuera del asiento, ponerla sobre mi rodilla, palmearla y luego follarla sobre mi escritorio con sus manos atadas tras su espalda. Eso respondería su ridícula pregunta. Tomo un profundo aliento para tranquilizarme. Para mi vengativo goce, ella parece mortificada por su propia pregunta.
—No, Anastasia, no soy gay. —Enarco las cejas, pero mantengo mi expresión impasible. Anastasia. Es un nombre adorable. Me gusta la forma en que se enrolla mi lengua al pronunciarlo.
—Le pido disculpas. Está…. Bueno... Está aquí escrito. —Ella hace de nuevo aquella cosa con su cabello tras su oreja. Obviamente es un hábito nervioso.
¿No son estas sus preguntas? Le pregunto, y palidece. Maldita sea, es realmente atractiva, de una manera discreta.
—Bueno… no. Kate… la señorita Kavanagh… me ha pasado una lista.
—¿Son compañeras de la revista de la facultad?
—No. Es mi compañera de piso.
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No hay duda de por qué está tan nerviosa. Me rasco la barbilla, debatiéndome entre hacerla o no hacerla pasar un mal rato.
—¿Se ha ofrecido usted para hacer esta entrevista? —pregunto, y soy recompensado con su mirada sumisa: está nerviosa por mi reacción. Me gusta el efecto que tengo sobre ella.
—Me lo ha pedido ella. No se encuentra bien. —Su voz es suave.
—Esto explica muchas cosas.
Hay un golpe en la puerta y Andrea aparece.
—Señor Grey, perdone que lo interrumpa, pero su próxima reunión es dentro de dos minutos.
—No hemos terminado, Andrea. Cancele mi próxima reunión, por favor.
Andrea se queda boquiabierta por lo que he dicho, confundida. La miro fijamente. ¡Fuera! ¡Ahora! Estoy ocupada con la pequeña señorita Steele aquí.
—Muy bien, señor Grey —dice, recuperándose con rapidez y girando sobre sus talones para dejarnos nuevamente a solas.
Vuelvo mi atención a la intrigante y frustrante criatura sobre mi sofá.
—¿Por dónde íbamos, señorita Steele?
—No quisiera interrumpir sus obligaciones.
Oh, no, nena. Es mi turno ahora. Quiero saber si hay secretos que revelar bajo ese adorable rostro.
—Quiero saber de usted. Creo que es lo justo. —Mientras me recuesto y presiono mis dedos contra mis labios, sus ojos destellan hacia mi boca y traga saliva. Oh, sí, el efecto de siempre. Y es gratificante saber que no es completamente ajena a mis encantos.
—No hay mucho que saber —dice, su rubor regresando.
Estoy intimidándola.
—¿Qué planes tiene después de graduarse?
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—No he hecho planes, señor Grey. Tengo que aprobar los exámenes finales.
—Aquí tenemos un excelente programa de prácticas.
¿Qué me ha poseído para decir esto? Es contra las reglas, Grey. Nunca folles al personal…. Pero no estás follando a esta chica.
Parece sorprendida y sus dientes saltan sobre aquel labio de nuevo. ¿Por qué es eso tan excitante?
—Oh, lo tendré en cuenta —responde—. Aunque no creo que encajara aquí.
—¿Por qué lo dice? —pregunto. ¿Qué hay de malo con mi empresa?
—Es obvio, ¿no?
—Para mí no. —Estoy confundido por su respuesta. Está nerviosa una vez más mientras alcanza la grabadora.
Mierda, se va. Mentalmente, reviso mi agenda para esta tarde. No hay nada que no pueda esperar.
—¿Le gustaría que le enseñara el edificio?
—Seguro que está muy ocupado, señor Grey, y yo tengo un largo camino.
—¿Vuelve en auto a Vancouver? —Miro por la venta. Es tremendo camino, y está lloviendo. Ella no debería estar conduciendo con este clima, pero no puedo prohibírselo. El pensamiento me irrita—. Bueno, conduzca con cuidado. —Mi voz es más severa de lo que pretendo. Ella se enreda con la grabadora. Quiere salir de mi oficina y, para mi sorpresa, no quiero que se vaya.
—¿Me ha preguntado todo lo que necesita? —le pregunto en un transparente esfuerzo de prologar su estadía.
—Sí, señor —dice tranquilamente. Su respuesta me deja pasmado, la forma en que aquellas palabras suenan saliendo de aquella boca inteligente, y por un momento imagino esa boca a mi entera disposición.
—Gracias por la entrevista, señor Grey.
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—Ha sido un placer —respondo, muy en serio, porque no he estado así de fascinado por nadie en un tiempo. El pensamiento es desconcertante. Ella se pone de pie y yo extiendo la mano, ansioso de tocarla.
—Hasta la próxima, señorita Steele. —Mi voz es baja cuando pone su mano sobre la mía. Sí, quiero azotar y follar a esta chica en mi cuarto de juegos. Tenerla atada y necesitada… necesitándome, confiando en mí. Trago saliva.
No va a pasar, Grey.
—Señor Grey. —Asiente y retira su mano rápidamente, muy rápidamente.
No puedo dejarla ir así. Es obvio que está desesperada por partir. Es irritante, pero la inspiración me golpea cuando abro la puerta de mi oficina.
—Asegúrese de cruzar la puerta con buen pie, señorita Steele —bromeo.
Sus labios forman una dura línea.
—Muy amable, señor Grey —espeta.
¡La señorita Steele es respondona! Sonrío detrás de ella cuando sale y la sigo afuera. Andrea y Olivia, ambas, levantan la mirada con sorpresa. Sí, sí. Solo veo salir a la chica.
—¿Ha traído abrigo? —pregunto.
—Chaqueta.
Le lanzo una mirada a Olivia e inmediatamente se levanta de un salto para recuperar una chaqueta azul marino, pasándomela con su usual expresión atontada. Cristo, Olivia es fastidiosa, soñando despierta conmigo todo el tiempo.
Hmm. La chaqueta está usada y es barata. La señorita Anastasia Steele debería estar mejor vestida. La sostengo para ella mientras la acomodo en sus delgados hombros, toco su piel en la base del cuello. Ella se queda quieta por el contacto y palidece.
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¡Sí! Está afectada por mí. El conocimiento es inmensamente placentero. Acercándome al ascensor, presiono el botón de llamada mientras ella se mueve nerviosamente a mi lado.
Oh, yo podría detener tus movimientos, nena.
Las puertas se abren y ella se escabulle, luego se da vuelta para enfrentarme. Es más que atractiva. Iría muy lejos en decir que es hermosa.
—Anastasia —digo, a manera de despedida.
—Christian —responde, su voz suave. Y las puertas del ascensor se cierran, dejando mi nombre colgando en el aire entre nosotros, sonando raro y poco familiar, pero sensual como el infierno.
Necesito saber más sobre esta chica.
—Andrea —ladro mientras regreso a mi oficina—. Ponga a Welch en la línea ahora.
Mientras me siento en mi escritorio y espero la llamada, miro los cuadros en la pared de mi oficina y las palabras de la señorita Steele regresan a mí. ―Elevan lo cotidiano a lo extraordinario‖. Ella podría haber estado describiéndose a sí misma, fácilmente.
Mi teléfono suena.
—Tengo al Sr. Welch en la línea para usted.
—Páselo.
—Sí, señor.
—Welch, necesito un estudio de antecedentes.


El infierno de Gabriel - Cap.1 y 2


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—¿Señorita Mitchell?
La voz del profesor Gabriel Emerson atravesó el aula en dirección a la atractiva joven de cabello castaño sentada en las últimas filas. Perdida en sus pensamientos, o en la traducción, tenía la cabeza gacha, mientras tomaba notas frenéticamente en su cuaderno.
Diez pares de ojos se volvieron hacia ella y contemplaron su cara pálida, sus largas pestañas y sus delgados dedos, que sostenían un bolígrafo. Luego, esos mismos diez pares de ojos se volvieron hacia el profesor, que permanecía inmóvil y había empezado a fruncir el cejo.
Su actitud mordaz contrastaba vivamente con la atractiva simetría de sus rasgos: con sus ojos, grandes y expresivos, y su boca de labios gruesos. Era uno de esos hombres guapos de aspecto duro, pero en esos momentos su gesto amargo y severo estropeaba el efecto.
—Ejem.
Una tos discreta a su derecha llamó la atención de la joven, que levantó la vista hacia el estudiante de anchos hombros sentado a su lado. Sonriendo, éste señaló con la mirada hacia el profesor.
Ella siguió el recorrido de su mirada y se encontró con unos ojos azules y muy enfadados. Tragó saliva audiblemente.
—Estoy esperando una respuesta, señorita Mitchell. Si le apetece unirse a la clase —añadió, con una voz tan glacial como su mirada.
El resto de alumnos del seminario se revolvieron inquietos en sus asientos y se dirigieron miradas furtivas. En éstas se leían preguntas del tipo «¿Qué mosca le ha picado?», pero ninguno dijo nada. (Porque es de sobra conocido que los licenciados odian enfrentarse a sus profesores sobre el tema que sea, no digamos ya por una falta de educación.)
La joven abrió la boca para contestar, pero cambió de opinión en seguida y la cerró, sin apartar la vista en ningún momento de aquellos imperturbables ojos azules. Los de ella estaban tan abiertos que le daban aspecto de conejito asustado.
—¿Habla nuestro idioma, señorita Mitchell? —se burló el profesor.
A una chica morena sentada a la derecha de él se le escapó la risa, aunque trató de disimularla con una tos poco convincente. Todos los ojos volvieron a dirigirse hacia el conejito asustado, que se había ruborizado furiosamente y que agachó la cabeza, apartando la vista del profesor.
—Dado que la señorita Mitchell parece estar asistiendo a un seminario paralelo en un idioma distinto, ¿tal vez alguien sería tan amable de responder a mi pregunta?
La belleza morena sentada a su lado estuvo encantada de hacerlo. Se volvió hacia él y le dirigió una sonrisa deslumbrante, mientras respondía a su pregunta con todo detalle, gesticulando mucho con las manos mientras citaba a Dante en italiano. Al terminar, dedicó una sonrisa ácida a la recién llegada, se volvió de nuevo hacia el señor Emerson y suspiró. Lo único que le faltó fue rodar un poco por el suelo y frotarse contra su pierna para demostrarle que nada la haría más feliz que ser su mascota. (Aunque a él no le habría gustado nada que lo hiciera.)
El profesor frunció el cejo de manera casi imperceptible a nadie en particular y se volvió para escribir en la pizarra. El conejito asustado parpadeó con fuerza varias veces mientras seguía tomando apuntes, pero gracias a Dios no lloró.
Más tarde, mientras el señor Emerson seguía hablando sin parar sobre el conflicto entre güelfos y gibelinos, un trozo de papel doblado apareció sobre el diccionario de italiano del conejito asustado. Al principio ella no se dio cuenta, pero un nuevo «ejem» hizo que se volviera hacia el guapo joven sentado a su lado. Esta vez él le dedicó una sonrisa más amplia y le señaló la nota con los ojos.
Al verla, ella parpadeó sorprendida. Vigilando la espalda del profesor, que no dejaba de rodear con círculos palabras italianas, se llevó la nota al regazo y la abrió discretamente.
Emerson es un asno.
Aunque nadie que no hubiera estado observándola se habría dado cuenta, al leer la nota se ruborizó de un modo distinto. Le aparecieron dos nubes de color rosa en las mejillas mientras sonreía. No fue una sonrisa de las que dejan los dientes al descubierto, ni de las que hacen aparecer arrugas de expresión ni hoyuelos, pero era una sonrisa.
Se volvió hacia su vecino, que le sonrió a su vez, franco y
amistoso.
—¿Algo divertido que quiera compartir con nosotros, señorita Mitchell?
Los ojos de la nueva alumna se abrieron aterrorizados y la sonrisa de su nuevo amigo desapareció de su cara al volverse para mirar al profesor.
Sin atreverse a enfrentarse al señor Emerson, ella bajó la cabeza y se quedó inmóvil, mordisqueándose el labio inferior.
—Ha sido culpa mía, profesor. Le estaba preguntando por qué página íbamos —dijo el chico, tratando de protegerla.
—Una pregunta poco apropiada para un estudiante que está preparando el doctorado, Paul. Pero ya que lo preguntas, estamos empezando el primer canto. Espero que seas capaz de encontrarlo sin la ayuda de la señorita Mitchell. Ah, y ¿señorita Mitchell?
La cola del conejito asustado tembló un poco al levantar la vista hacia él.
—La espero en mi despacho después de clase.
2
Al acabar el seminario, Julia Mitchell guardó apresuradamente el trozo de papel dentro del diccionario de italiano, junto a la entrada de la palabra asino, asno.
—Siento lo que ha pasado. Soy Paul Norris —la saludó su amable compañero, tendiéndole una enorme mano.
La joven se la estrechó y Paul se maravilló de lo pequeña que era la de ella comparada con la suya. Podría rompérsela con sólo doblar la muñeca.
—Hola, Paul. Yo soy Julia. Julia Mitchell.
—Encantado de tenerte por aquí, Julia. Siento que Emerson se haya comportado como un gilipollas. Ahora entenderás por qué su apodo es El Profesor, con mayúscula —dijo él, con no poco sarcasmo.
Ella se ruborizó levemente y volvió a centrarse en sus libros.
—Eres nueva, ¿no? —continuó Paul, ladeando la cabeza para mirarla.
—Acabo de llegar de la Universidad de Saint Joseph.
Él asintió como si la conociera.
—¿Has venido a hacer un curso de doctorado?
—Sí. —Señalando hacia las primeras filas, añadió—: Ya sé que no lo parece, pero teóricamente estoy estudiando para especializarme en Dante.
El chico soltó un silbido de admiración.
—Entonces, ¿estás aquí por Emerson?
Ella asintió y, al fijarse en su cuello, Paul se dio cuenta de que el pulso se le aceleraba. Como no encontraba una explicación para ello, se olvidó del tema, aunque más tarde volvería a acordarse.
—Tiene un carácter difícil, por lo que no tiene demasiados alumnos, pero es mi director de tesis. Y también el de Christa Peterson, ya la conoces.
—¿Christa?
—La coqueta de la primera fila. Es su otra alumna de doctorado, aunque su auténtico objetivo es convertirse en la futura señora Emerson. Acaba de llegar y ya le hace galletas, se deja caer por su despacho, le envía mensajes telefónicos. Es increíble.
Julia asintió, pero no dijo nada.
—Christa no parece consciente de la estricta política de no
confraternización de la Universidad de Toronto —explicó Paul, que fue recompensado con una sonrisa preciosa.
Se dijo que iba a tener que hacer sonreír a Julia Mitchell más a menudo. Pero eso tendría que esperar, de momento.
—Será mejor que vayas. Quería verte después de clase y te estará esperando.
Julia guardó sus cosas a toda prisa en la vieja mochila L. L. Bean que la había acompañado desde su primer año en la universidad.
—Ejem, no sé dónde está su despacho.
—Cuando salgas, gira a la izquierda y luego gira otra vez a la izquierda. El suyo es el último, al final del pasillo. Buena suerte y, si no nos vemos antes, hasta la próxima clase.
Ella le dedicó una sonrisa agradecida y salió del aula.
Al doblar la esquina, vio que El Profesor había dejado la puerta del despacho abierta. Se quedó delante, nerviosa, dudando sobre si llamar primero o asomar la cabeza directamente. Tras unos segundos de duda, se decidió por la primera opción. Armándose de valor, respiró hondo, contuvo el aliento y levantó el puño. Justo entonces, oyó:
—Siento no haberte devuelto la llamada. ¡Estaba en clase! —exclamó la voz enfadada que ya empezaba a resultarle familiar. Se hizo un breve silencio antes de que volviera a hablar—: ¡Porque era el primer seminario de este curso, idiota, y porque la última vez que hablé con ella me dijo que estaba bien!
Julia se apartó de la puerta. Al parecer, el señor Emerson estaba hablando por teléfono, gritándole a alguien. No quería ser su siguiente víctima, así que decidió huir y afrontar las consecuencias más tarde. Pero justo entonces lo oyó sollozar. Fue un sonido ronco, desgarrador, que le llegó al alma, impidiéndole marcharse.
—¡Claro que habría querido estar allí! La quería. Claro que habría querido estar allí. —Le llegó otro sollozo desde detrás de la puerta—. No sé a qué hora llegaré. Diles que voy de camino. Iré al aeropuerto y tomaré el primer avión que salga, pero no sé cuándo llegaré.
Otra pausa.
—Lo sé. Diles que lo siento. Que lo siento mucho... —Su voz se perdió entre sollozos y Julia lo oyó colgar el teléfono.
Sin pensar, se asomó.
El hombre, de treinta y pico años, tenía la cabeza apoyada en las manos y lloraba con los codos apoyados en el escritorio. Julia vio
cómo le temblaban los hombros. Percibió la angustia y el dolor que brotaban de su pecho. Y sintió compasión.
Quería acercarse a él, rodearle el cuello con los brazos y ofrecerle consuelo. Quería acariciarle la cabeza y decirle que lo sentía mucho. Por un momento, se imaginó cómo sería secar las lágrimas de aquellos expresivos ojos azules como zafiros y verlos volverse hacia ella con amabilidad. Se imaginó dándole un casto beso en la mejilla, sólo para confortarlo.
Pero verlo llorar de esa manera, como si acabaran de romperle el corazón, la dejó clavada en el suelo, por lo que no hizo nada de lo que se había imaginado. Al darse cuenta de dónde estaba, volvió a esconderse detrás de la puerta, a ciegas sacó un trozo de papel de la mochila y escribió:
Lo siento.
Julia Mitchell
Luego, sin saber qué hacer, colocó la nota en la jamba de la puerta y la cerró silenciosamente.
La timidez no era el rasgo más característico de Julia. Su mayor cualidad, la que la definía como persona, era la compasión, algo que no había heredado de sus padres. Su padre, aunque era un hombre decente, tenía tendencia a ser rígido e inflexible. Su madre, ya fallecida, no había mostrado compasión hacia nadie en toda su vida, ni siquiera hacia su única hija.
Tom Mitchell era hombre de pocas palabras, pero bastante popular y, en general, apreciado por sus vecinos. Era conserje en la Universidad de Susquehanna y jefe de bomberos de Selinsgrove, Pensilvania. Dado que el departamento de bomberos estaba formado íntegramente por voluntarios, Tom y el resto de sus compañeros estaban de guardia permanente. Se sentía orgulloso de su responsabilidad y le dedicaba mucho tiempo y energía, lo que implicaba que no paraba mucho en casa, ni siquiera cuando no había ninguna emergencia. La noche del primer seminario de Julia, la llamó por teléfono desde el parque de bomberos, contento al ver que por fin respondía al móvil.
—¿Cómo van las cosas, Jules? —le preguntó. Su voz, poco dada a sentimentalismos, la confortó igualmente, como si fuera una manta.
Julia suspiró.
—Bien. El primer día ha sido... interesante, pero bien.
—¿Cómo te tratan esos canadienses?
—Muy bien, son muy amables. «Son los americanos los que son unos desgraciados. Bueno, un americano para ser más exactos.»
Tom se aclaró la garganta un par de veces y Julia contuvo el aliento. Gracias a sus años de experiencia, sabía que su padre se estaba preparando para decir algo serio. Se preguntó qué habría pasado.
—Cariño, Grace Clark ha muerto hoy.
Julia se incorporó en la cama y se quedó mirando el vacío.
—¿Me has oído?
—Sí, sí, te he oído.
—El cáncer volvió con fuerza. Todos pensaban que estaba bien, pero la enfermedad volvió sin avisar y, cuando se dieron cuenta, ya se le había extendido a los huesos y al hígado. Richard y los chicos están muy afectados.
Julia se mordió el labio inferior y ahogó un sollozo.
—Sabía que te dolería. Era como una madre para ti, y Rachel y tú siempre fuisteis tan buenas amigas... ¿Te ha dicho algo?
—No... no me ha llamado. ¿Por qué no me dijo nada?
—No sé cuándo se enteró la familia de que había vuelto a recaer. He pasado por su casa hace un rato y Gabriel ni siquiera había llegado. Estaban enfadados con él. No sé cómo lo recibirán cuando llegue. Hay mucho rencor en esa familia —añadió su padre, renegando en voz baja.
—¿Vas a mandar flores?
—Sí, supongo. No se me dan bien estas cosas, pero puedo pedirle a Deb que me ayude.
Deb Lundy era su novia. Julia puso los ojos en blanco al oír su nombre, pero se guardó su opinión.
—Dile que envíe alguna cosa de mi parte, por favor. A Grace le encantaban las gardenias. Y pídele que firme la nota en mi nombre.
—Descuida, lo haré. ¿Necesitas algo?
—No, estoy bien.
—¿Dinero?
—No, papá. Con la beca me basta si voy con cuidado.
Tom guardó silencio. Antes de que volviera a hablar, Julia ya sabía qué iba a decir.
—Siento lo de Harvard. Tal vez el año que viene...
Julia enderezó la espalda y se obligó a sonreír, aunque su padre no pudiera verla.
—Tal vez. Hasta pronto, papá.
—Adiós, cariño.
A la mañana siguiente, Julia se dirigió a la universidad un poco más despacio que el día anterior. El iPod la aislaba del exterior y en su cabeza iba redactando un correo electrónico de pésame y de disculpas para su amiga Rachel, escribiéndolo y corrigiéndolo mentalmente mientras caminaba.
La brisa de setiembre era cálida en Toronto. A Julia eso le gustaba. Le gustaba estar tan cerca del lago. Le gustaba la luz del sol y la amabilidad de la gente. Le gustaba estar en Toronto en vez de en Selinsgrove o Filadelfia. Y, sobre todo, le gustaba la sensación de estar a cientos de kilómetros de distancia de él. Sólo esperaba seguir así mucho tiempo.
Cuando entró en el Departamento de Estudios Italianos para ver si había recibido alguna carta, seguía redactando en su mente el correo para Rachel. Alguien le dio un golpecito en el codo y entró en su campo de visión.
Julia se quitó los auriculares.
—Paul..., hola.
Él sonrió desde las alturas. Julia era menuda, sobre todo cuando llevaba zapatillas deportivas, y apenas le llegaba al pecho.
—¿Qué tal fue la reunión con Emerson? —le preguntó el joven, cambiando la sonrisa por una mirada de preocupación.
Ella se mordió el labio inferior, una costumbre de cuando estaba nerviosa. Debería dejar de hacerlo, pero no podía, básicamente porque no era consciente de ello.
—Ah..., al final no fui.
Paul cerró los ojos y negó con la cabeza.
—Eso no es bueno.
Julia trató de justificarse.
—La puerta de su despacho estaba cerrada. Creo que estaba hablando por teléfono... No estoy segura. Le dejé una nota.
Paul vio que sus delicadas cejas se unían con preocupación. Le dio lástima y maldijo a El Profesor por ser tan cáustico. Julia aparentaba ser una persona frágil a la que era fácil lastimar y Emerson no parecía darse cuenta del efecto que causaba en sus alumnos, así que decidió ayudarla.
—Si estaba hablando por teléfono, hiciste bien en no interrumpirlo. Esperemos que así fuera. Si no, diría que te has metido en un lío. —Enderezó la espalda y cruzó los brazos—. Si la cosa va a peor, avísame y veré qué puedo hacer. A mí no me importa que me grite, pero no quiero que te grite a ti. «Porque, a juzgar por tu aspecto, te morirías del susto, conejito asustado.»
Le pareció que Julia iba a decir algo, pero finalmente guardó silencio. Con una débil sonrisa, la joven asintió y se dirigió a los casilleros en busca del correo.
Casi todo era propaganda. Había algunos comunicados internos del departamento, entre ellos, uno de una conferencia pública del profesor Gabriel O. Emerson titulada «La lujuria en el Infierno de Dante: el pecado capital contra el Yo». Julia leyó el título varias veces antes de ser capaz de asimilarlo. Luego empezó a canturrear en voz baja.
Lo siguió haciendo mientras leía una segunda circular que avisaba de que la conferencia del profesor Emerson había sido aplazada. Y no dejó su canturreo al ver una tercera nota, en la que se avisaba de que todos los seminarios, citas y reuniones del profesor Emerson quedaban cancelados hasta nuevo aviso.
Finalmente, alargó la mano para alcanzar una nota doblada que estaba al final del casillero. La desdobló y leyó:
Lo siento.
Julia Mitchell
Sin dejar de canturrear, se preguntó por qué el profesor le habría devuelto la nota que le dejó en la puerta del despacho. Pero su canturreo se detuvo en seco, igual que su corazón, al darle la vuelta al papel y ver lo siguiente:
Emerson es un asno.

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