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Pídeme lo que quieras, ahora y siempre Cap.3 y 4

3
Pasa el viernes, ¡y el mundo no se acaba! Los mayas no acertaron.
El sábado me despierto muy pronto. Estoy agotada por mi trabajo de camarera, pero ¡es lo que hay! Miro por la ventana.
¡No llueve!
¡Bien!
Saber que Eric está a pocos kilómetros de donde me encuentro y que puede haber alguna posibilidad de que lo vea me inquieta en exceso. No comento nada en casa. No quiero que esto los altere y, cuando llegan el Bicharrón y el Lucena con el remolque de la moto y mi padre monta junto a Jesús, sonrío, divertida.
—¡Vamos, morenita! —grita mi padre—. Ya está todo preparado.
Mi hermana, mi sobrina y yo salimos de casa con la bolsa de deporte donde llevo mi mono de correr, y al llegar al coche me alegro al ver aparecer a Fernando.
—¿Te vienes? —pregunto.
Él, jovial, asiente.
—Dime cuándo he faltado yo a una de tus carreras.
Nos dividimos en dos coches. Mi padre, mi sobrina, el Bicharrón y el Lucena van en un coche, y mi hermana, Jesús, Fernando y yo, en otro.
Cuando llegamos a El Puerto de Santa María nos dirigimos al lugar donde se va a celebrar el evento. Está a rebosar de gente, como todos los años. Tras hacer la cola para comprobar la inscripción y que le den un número de dorsal, mi padre regresa feliz.
—Eres el número 87, morenita.
Le dedico un gesto de asentimiento y miro a mi alrededor en busca de Frida. No la veo. Demasiada gente.
Compruebo mi móvil. Ni un solo mensaje.
Me encamino con mi hermana hacia los improvisados vestuarios que la organización ha dispuesto para los participantes. Aquí me quito mis vaqueros y me pongo mi mono de cuero rojo y blanco. Mi hermana me coloca las protecciones de las rodillas.
—Judith, algún año le tendrás que decir a papá que esto ya no lo haces —asevera—. No puedes seguir dando saltos sobre una moto eternamente.
—¿Y por qué no, si me gusta...?
Raquel sonríe y me da un beso.
—También tienes razón. En el fondo admiro la guerrera marimacho que hay en ti.
—¿Me acabas de llamar marimacho?
—No, cuchufleta. Me refiero a que esa fuerza que tienes ya me gustaría tenerla a mí.
—La tienes, Raquel... —digo, y sonrío con cariño—. Aún recuerdo cuando tú participabas en las carreras.
Mi hermana pone los ojos en blanco.
—Pero yo lo hice dos veces —señala—. Esto no me va, por mucho que a papá le encante.
En efecto. Tiene razón. Aunque las dos hemos sido criadas por el mismo padre y las mismas aficiones, ella y yo somos diferentes en muchas cosas. Y el motocross es una de ellas. Yo siempre lo he vivido. Ella siempre lo ha sufrido.
Cuando salgo con mi mono, me encamino hacia donde me esperan mi padre y lo que se puede denominar mi equipo. Mi sobrina está feliz y, al verme, salta encantada. Para ella soy su ¡supertita! Me hago fotos con la niña y con todos, y sonrío. Por primera vez en varios días, mi sonrisa es abierta y conciliadora. Hago algo que me gusta, y eso se ve en mi cara.
Pasa un hombre vendiendo bebidas y mi padre me compra una coca-cola. Complacida, empiezo a tomármela cuando mi hermana exclama:
—¡Aisss, Judith!
—¿Qué?
—Creo que has ligado.
La miro con expresión jocosa, y acercándose a mí con comicidad, cuchichea:
—El corredor que lleva el dorsal 66, el de tu derecha, no para de mirarte. Y no es por nada, pero el tío está de toma pan y moja.
Curiosa, me vuelvo y sonrío al reconocer a David Guepardo. Éste me guiña el ojo, y ambos nos movemos para saludarnos. Nos conocemos desde hace años. Es de un pueblo de al lado de Jerez llamado Estrella del Marqués. A los dos nos apasiona el motocross y solemos coincidir de vez en cuando en algunas carreras. Hablamos durante un rato. David, como siempre, es encantador conmigo. Un bomboncito. Cojo lo que me entrega, me despido de él y regreso junto a mi hermana.
—¿Qué llevas en la mano?
—Mira que eres cotilla, Raquel —le reprocho. Pero al comprender que no me dejará en paz hasta que se lo enseñe, respondo—: Su número de teléfono, ¿contenta?
Mi hermana primero se tapa la boca y después suelta:
—¡Aisss, cuchu!, si vuelvo a nacer me pido ser tú.
Me echo a reír justo en el momento en que oigo:
—¡Judith!
Me vuelvo y me encuentro con la maravillosa sonrisa de Frida, que corre hacia mí con los brazos abiertos. La recibo con satisfacción y la abrazo, cuando me percato de que tras ella van Andrés y Eric.
—El mundo no se ha acabado —murmura Frida.
—Te lo dije —contesto, alegre.
¡Diosssssssss! ¡Eric ha venido!
El estómago se me encoge y, de pronto, toda mi seguridad comienza a esfumarse. ¿Por qué seré tan imbécil? ¿Acaso el amor nos hace volvernos inseguros? Vale..., en mi caso, rotundamente sí.
Sé lo que supone para Eric haber acudido a un evento como éste. Dolor y tensión. Aun así, decido no mirarle. Sigo enfadada con él. Tras besuquear a Frida, saludo con cariño a Andrés y al pequeño Glen, que está en sus brazos y, cuando le toca a Eric, articulo sin mirarle:
—Buenos días, señor Zimmerman.
—¡Hola, Jud!
Su voz me inquieta.
Su presencia me inquieta.
Todo él ¡me inquieta!
Pero saco las fuerzas que guardo en mi interior para momentos así, vuelvo la cabeza y digo a mi desconcertada hermana:
—Raquel, ellos son Frida, Andrés y el pequeño Glen, y él es el señor Zimmerman.
La cara de mi hermana y de todos es un poema. La frialdad que demuestro al referirme a Eric los desconcierta a todos menos a él, que me mira con su habitual gesto de mal genio.
En ese instante, aparece Fernando.
—Judith, sales en la siguiente manga —me advierte.
De pronto, ve a Eric y se queda parado. Ambos se saludan con un movimiento de cabeza, y yo miro a Frida.
—Tengo que dejaros. Me toca salir. Frida, soy la número 87. Deséame suerte.
Cuando me doy la vuelta, David Guepardo, el motero con el que he hablado antes, se acerca a mí y chocamos los nudillos. Me desea ¡suerte! Yo sonrío y, sin más, me alejo acompañada por Raquel y Fernando. Cuando estamos lo suficientemente lejos de los otros me dirijo a mi hermana, entregándole el papel que llevo en las manos:
—Grábame el número de teléfono de David en mi móvil, ¿de acuerdo?
Mi hermana asiente y lo coge.
—¡Ostras, cuchufleta! —profiere—. ¡Eric ha venidooooooooo!
Con gesto incómodo, a pesar de mi tonta alegría interior, ironizo:
—¡Oh, qué emoción!
Pero mi hermana es una romántica empedernida.
—¡Judith, por el amor de Dios! Él está aquí por ti, no por mí, ni por otra. ¿Es que no lo ves? Ese pedazo de tío está loco por ti.
Siento deseos de estrangularla.
—Ni una palabra más, Raquel. No quiero hablar de ello.
Mi hermana, sin embargo..., ¡es mi hermana!
—Por cierto —insiste—, eso de llamarlo por su apellido ha tenido su gracia.
—¡Raquel, cállate!
Pero como es lógico en ella, vuelve a la carga.
—¡Guau, cuando se entere papá!
¿Papá? Me paro en seco. La miro y aclaro.
—Ni una palabra a papá de que él está aquí, y antes de que prosigas con tu cotorreo marujil y de telenovela mexicana, te recuerdo que el señor Zimmerman y yo ya nada tenemos que ver. ¿Qué es lo que no has entendido?
Fernando, que está con nosotras, intenta poner paz.
—¡Chicas, vamos!, no discutáis. No merece la pena.
—¡Cómo que no merece la pena!—le recrimina mi hermana—. Eric es...
—Raquel... —protesto.
Fernando, que siempre se divierte con nuestras extrañas discuconversaciones, dice, mirándome:
—¡Vamos, Judith!, no te pongas así. Quizá debas escuchar a tu hermana y...
Incapaz de aguantar un segundo más las palabras de estos dos, miro a mi amigo con
mala leche y grito como una posesa:
—¡¿Por qué no cierras el pico?! Te aseguro que estás más guapo.
Fernando y mi hermana intercambian una mirada y se ríen. ¿Se han vuelto idiotas?
Llegamos a donde está mi padre con el Bicharrón y el Lucena. ¡Vaya trío! Me pongo el casco, las gafas de protección y escucho lo que mi padre me tiene que decir en cuanto a los reglajes de la moto. Después, monto y me dirijo hacia la puerta de entrada. Aquí espero junto a otros participantes a que nos dejen entrar en pista.
Parapetada tras mis gafas miro hacia donde está Eric. No puedo obviarle. Además, es tan alto que es imposible no verle. Está impresionante con esos vaqueros de cintura baja y el jersey negro de ochos que lleva.
¡Qué guapo, por Dios!
Es el típico hombre que hasta con una lechuga chuchurría en la cabeza estaría impresionante. Habla con Andrés y Frida, pero lo conozco; su gesto denota tensión. Desde detrás de sus Ray-Ban plateadas de aviador sé que me busca con la mirada. Esto me hace aletear el corazón. Pero soy pequeña y, entre tanto motorista vestido igual, no consigue localizarme, lo que me da ventaja. Yo le puedo observar tranquilamente y disfrutar de las vistas.
Cuando la pista se abre, los jueces nos colocan en nuestra posición en la parrilla de salida. Nos advierten que hay varias mangas de nueve personas, da igual hombre o mujer, y que de momento los cuatro primeros de cada manga se clasifican para las siguientes.
Situada en mi posición, oigo la vocecita de mi sobrina llamarme y asiento. Ella ríe y aplaude. ¡Qué linda que es mi Luz! Pero mi mirada vuela a Eric.
No se mueve.
Casi no respira.
Pero ahí está, dispuesto a ver la carrera a pesar de la angustia que sé que esto le va a ocasionar.
De nuevo, me centro en mi cometido. He de entrar entre los cuatro primeros si me quiero clasificar para las siguientes rondas. Despejo mi mente y doy gas a la moto. Me concentro en la carrera y me olvido del resto. Debo hacerlo.
Los instantes previos a la salida siempre me suben la adrenalina. Oír el bronco acelerar de los motores a mi alrededor me pone la carne de gallina, y cuando el juez baja la bandera, acciono a tope el acelerador y salgo disparada. Tomo buena posición desde el principio y, como me ha advertido mi padre, tengo cuidado en la primera curva, que está demasiado bacheada. Salto, derrapo, ¡me divierto! Y al llegar a una bajada espectacular disfruto como una loca mientras veo que el corredor de mi derecha pierde el control de su moto y se cae. ¡Vaya leñazo que se ha dado! Acelero, acelero, acelero, y vuelvo a saltar. Derrapo, acelero, salto, derrapo de nuevo, y tras tres vueltas al circuito, en tanto otra gente va cayendo, llego entre los cuatro primeros.
¡Bien!
Me clasifico para la siguiente ronda.
Cuando salgo de la pista, mi padre, más feliz que una perdiz, me abraza. Todos se congratulan de mi éxito mientras yo me quito las embarradas gafas. Mi sobrina está emocionada y no para de dar saltitos. Su tita es su heroína, y yo estoy muy contenta por ella.
David Guepardo sale en la siguiente manga. Al pasar por mi lado choco los nudillos con él otra vez. En ese instante, Frida se acerca y, encantada de la vida, grita:
—¡Felicidades! ¡Oh, Dios, Judith!, ha sido impresionante.
Sonrío y bebo un trago de coca-cola. Estoy sedienta. Miro más allá de Frida y no veo que Eric venga a abrazarme. Le localizo a varios metros de distancia, con Glen en brazos, hablando con Andrés.
—¿No vas a saludarlo? —pegunta Frida.
—Ya lo he saludado.
Ella sonríe y se me aproxima aún más.
—Eso de llamarle señor Zimmerman tiene su morbo —murmura—, pero en serio, ¿de verdad que no te vas a acercar a él?
—No.
—Te aseguro que ha hecho un gran esfuerzo por venir. Y sabes por qué lo digo.
—Lo sé —respondo—, pero se podía haber evitado el viaje.
—¡Vamos, Judith...! —insiste Frida.
Hablamos durante un rato, pero, como dice mi padre, me niego a bajarme de la burra. No me voy a acercar a Eric. No se lo merece. Él me dijo que lo nuestro había acabado, y yo le devolví el anillo. Fin del asunto.
La mañana transcurre y yo voy superando rondas, tantas que llego a la final. Eric continúa ahí y le veo hablar con mi padre. Ambos están concentrados en la conversación, y ahora mi padre sonríe y le da un varonil golpe en la espalda. ¿De qué charlarán?
He observado cómo Eric me ha buscado continuamente con la mirada. Esto me excita, aunque me he mantenido en mis trece. Ha intentado acercarse a mí, pero cada vez que he adivinado su intención, me he escabullido entre la gente y no me ha encontrado.
—Tienes cara de querer tomar una coca-cola, ¿verdad?
Me vuelvo y veo a David Guepardo ofreciéndomela.
La acepto y mientras esperamos que nos avisen para correr la última carrera nos sentamos a tomar el refresco. Eric, no lejos de mí, se quita las gafas. Quiere que yo sepa que me está mirando. Pretende que conozca su enfado. Pero incluso con ellas puestas ya sé cómo me mira. Finalmente, le doy la espalda, pero aun así siento sus ojos sobre mí. Esto me incomoda y, a la par, me excita.
Durante un buen rato, David y yo hablamos, reímos y observamos a otros compañeros correr la última ronda de clasificación. Mi pelo flota al viento, y David coge un mechón y me lo pone tras la oreja.
¡Vaya, eso al señor Zimmerman le habrá sacado de sus casillas!
No quiero ni mirar.
Pero al final la morbosa que vive en mí lo hace y, efectivamente, su gesto ha pasado de incomodidad a cabreo total.
¡Anda y que le den!
Nos avisan de que en cinco minutos se correrá la última carrera. La definitiva. David y yo nos levantamos, chocamos los nudillos, y cada uno se encamina hacia su moto y su grupo. Mi padre me entrega el casco y las gafas, y acercándose a mí, pregunta:
—¿Estás encelando a tu novio con David Guepardo?
—Papá..., yo no tengo novio —afirmo. Él se ríe, y antes de que diga nada más, añado—: Si te refieres a quien yo creo, ya te dije que terminamos. ¡Se acabó!
El bonachón de mi padre suspira.
—Creo que Eric no piensa como tú. No da lo vuestro por finalizado.
—Me da igual, papá.
¡Ojú!, eres igualita de cabezota que tu madre. ¡Igualita!
—Pues mira..., me alegro —contesto, malhumorada.
Mi padre asiente, resopla y me suelta con gesto divertido:
—¡Aisss, morenita! A los hombres nos gustan las mujeres difíciles, y tú, mi vida, lo eres. Ese carácter tuyo, miarma, ¡vuelve loco! —Se ríe—. Yo no dejé escapar a tu madre, y Eric no te va a dejar escapar a ti. Sois demasiado preciosas e interesantes.
Con rabia, me ajusto el casco y me pongo las gafas. No quiero hablar. Acelero y llevo mi moto hasta la parrilla de salida. Una vez aquí, como en las anteriores mangas, me concentro, y mientras espero la salida, acelero mi motor repetidamente. La diferencia es que ahora estoy enfadada, muy enfadada, y esto me hace ser más loca. Mi padre, que me conoce mejor que nadie en el mundo, me hace señas con las manos desde su posición para que baje mi intensidad y me relaje.
La carrera comienza y sé que tengo que hacer una buena salida si quiero conseguir mi objetivo.
La hago y corro como alma que lleva el diablo. Me arriesgo más y disfruto, con la adrenalina por los aires, mientras salto y derrapo. Con el rabillo del ojo, veo que David y otro más me adelantan por la derecha. Acelero. Consigo rebasar a la otra moto, pero David Guepardo es muy bueno, y antes de llegar a la zona bacheada, acelera y salta los baches que a mí me hacen perder tiempo y casi caerme. Pero no, no me caigo. Aprieto los dientes; consigo mantener el control de la moto y continúo acelerando. No me gusta perder ni al parchís.
Le doy aún más gas a la moto. Pillo a David. Lo rebaso. Me pasa otra vez. Derrapamos y un tercer corredor nos adelanta a los dos.
¡A por él!
Acelero a tope, consigo llegar hasta él y dejarlo atrás. Ahora, David salta, arriesga y me pasa por la izquierda. Acelero..., acelera..., todos aceleramos.
Cuando paso por la línea de meta y el juez baja la bandera a cuadros, levanto el brazo.
¡Segunda!
David, primero.
Damos una vuelta por el circuito y saludamos a todos los asistentes. Recibir sus aplausos y contemplar sus felices caras nos hace sonreír. Cuando paramos, David viene hacia mí y me abraza. Está contento, y yo lo estoy también. Nos quitamos los cascos, las gafas, y la gente aplaude con más fuerza.
Sé que esa cercanía con David a Eric no le estará gustando. Lo sé. Pero la necesito, e inconscientemente quiero provocarlo. Soy dueña de mi vida. Soy dueña de mis actos, y ni él ni nadie conseguirá doblegar mi voluntad.
Mi padre y todos los demás salen a la pista para felicitarnos. Mi hermana me abraza, al igual que mi cuñado, Fernando, mi sobrina, Frida. Todos me gritan «campeona» como si hubiera ganado un campeonato del mundo. Eric no se acerca. Se mantiene en un segundo plano. Sé que espera que sea yo la que me aproxime, que vaya como siempre a él. Pero no. En esta ocasión, no. Como dice nuestra canción, «somos polos opuestos», y si él es tozudo, quiero que se entere de una vez por todas de que yo lo soy más.
Cuando en el podio nos dicen el dinero que se ha recaudado para los regalos de los niños, alucino.
¡Qué dineral!
Instintivamente sé que una gran cantidad de ese dinero lo ha donado Eric. Lo sé. No hace falta que nadie me lo diga.
Encantada al escuchar la cantidad, sonrío. Todos aplauden, incluido Eric. Su gesto
está más relajado y veo el orgullo en su expresión cuando levanto mi copa. Esto me conmueve y me atiza el corazón. En otro momento, le habría guiñado un ojo y le habría dicho con la mirada «te quiero», pero ahora no. Ahora no.
Cuando bajo del podio me hago miles de fotos con David y con todo el mundo. Media hora después, la gente se dispersa y los corredores comenzamos a recoger nuestras cosas. David, antes de marcharse, se acerca a mí y me recuerda que estará en su pueblo hasta el día 6 de enero. Prometo llamarlo, y él asiente. Cuando salgo de los vestuarios con mi mono en la mano me agarran del brazo y noto que tiran de mí. Es Eric.
Durante unos segundos nos miramos.
¡Oh, Dios!¡Oh, Diossssssssss! Ese gesto suyo tan serio me vuelve loca.
Sus pupilas se dilatan. Me dice con la mirada cuánto me necesita y, al ver que yo no respondo, me atrae hacia él. Cuando me tiene cerca de su boca, murmura:
—Me muero por besarte.
No dice más.
Me besa, y unos desconocidos que están a nuestro alrededor aplauden encantados por la demostración de efusividad. Durante unos segundos, dejo que Eric saquee mi boca. ¡Guau! Lo disfruto locamente. Cuando se separa de mí, Iceman comenta con voz ronca, mirándome a los ojos:
—Esto es como en las carreras, cariño: quien no arriesga no gana.
Asiento. Tiene razón.
Pero dejándole totalmente descolocado, respondo, consciente de lo que digo:
—Efectivamente, señor Zimmerman. El problema es que usted ya me ha perdido.
De inmediato, su mirada se endurece.
Me separo de él, dándole un empujón, y camino hacia el coche de mi cuñado. Eric no me sigue. Intuyo que se ha quedado parado por lo que acabo de decir mientras sé que me observa.
4
Por la tarde, al llegar a Jerez, mi móvil no para de sonar.
Estoy por estrellarlo contra la pared.
Eric quiere hablar conmigo.
Apago el móvil. Llama al teléfono de mi padre y me niego a ponerme.
El domingo, cuando me levanto, mi hermana está plantada ante el televisor viendo la telenovela mexicana que la tiene extasiada, «Soy tu dueña». ¡Menuda horterada!
Cuando entro en la cocina, hay un precioso ramo de rosas rojas de tallo largo. Al verlas, maldigo; imagino quién las ha mandado.
—¡Cuchufleta, mira qué preciosidad has recibido! —dice Raquel detrás de mí.
Sin necesidad de preguntar, sé de quién son, y directamente las agarro y las tiro a la basura. Mi hermana grita como una posesa.
—¡¿Qué haces?!
—Lo que me apetece.
Rápidamente, saca las rosas de la basura.
—¡Por el amor de Dios! Tirar esto es un sacrilegio. Han debido de costar un pastón.
—Por mí como si son del mercadillo. Me hacen el mismo efecto.
No quiero mirar mientras mi hermana vuelve a colocar las rosas en el jarrón.
—¿No vas a leer la notita? —insiste.
—No, y tú, tampoco —contesto, y se la arranco de las manos y la tiro a la basura.
De repente, aparecen mi cuñado y mi padre, y nos miran. Mi hermana impide que me acerque de nuevo a las rosas.
—¿Os podéis creer que quiere tirar esta maravilla a la basura?
—Me lo creo —asevera mi padre.
Jesús sonríe, y acercándose a mi hermana, le da un beso en el cuello.
—Menos mal que estás tú para rescatarlas, pichoncita.
No respondo.
No los miro.
No estoy yo para escuchar eso de «pichoncita» y «pichoncito». ¿Cómo pueden ser tan ñoños?
Me caliento un café en el microondas y, tras bebérmelo, oigo que suena la puerta. Maldigo y me levanto, dispuesta a huir si es Eric. Mi padre, al ver mi gesto, va a abrir. Dos segundos después, divertido, entra solo y deja algo sobre la mesa.
—Morenita, esto es para ti.
Todos me miran, a la espera de que abra la enorme caja blanca y dorada. Finalmente, claudico y la abro. Cuando saco el envoltorio, mi sobrina, que entra en este
momento en la cocina, exclama:
—¡Un estadio de fútbol de chuches! ¡Qué ricooooooooooooooo!
—Creo que alguien quiere endulzarte la vida, cariño —bromea mi padre.
Boquiabierta, miro el enorme campo de fútbol. No le falta detalle. ¡Hasta gradas y público tiene! Y en el marcador pone «te quiero» en alemán: Ich liebe dich.
Mi corazón aletea, desbocado.
No estoy acostumbrada a estas cosas y no sé qué decir.
Eric me desconcierta, ¡me vuelve loca! Pero al final gruño, y mi hermana rápidamente se coloca a mi lado.
—No irás a tirarlo, ¿verdad? —dice.
—Me parece que sí —respondo.
Mi sobrina se pone en medio y levanta un dedo.
—¡Titaaaaaaaaaaaaa, no puedes tirarlo!
—¿Por qué no puedo tirarlo? —pregunto, enfadada.
—Porque es un regalo muy bonito del tito y nos lo tenemos que comer. —Sonrío al ver su gesto de pillina, pero la sonrisa se me corta cuando añade—: Además, tienes que perdonarlo. Se lo merece. Es muy bueno y se lo merece.
—¿Se lo merece?
Luz hace un gesto afirmativo con la cabeza.
—Cuando yo me peleé con Alicia por lo de la película y ella me llamó tonta, me enfadé mucho, ¿verdad? —me recuerda mi sobrina, y yo asiento. La niña prosigue—: Ella me pidió perdón, y tú me dijiste que debía pensar si mi enfado era tan importante como para perder a mi mejor amiga. Pues ahora, tita, yo te digo lo mismo. ¿Tan enfadada estás como para no perdonar al tito Eric?
Sigo mirando boquiabierta al renacuajo que me ha dicho eso cuando interviene mi padre:
—Morenita, somos esclavos de nuestras palabras.
—Exacto, papá, y Eric también lo es —manifiesto al recordar las cosas que él me dijo.
Mi pequeña sobrina me mira a la espera de una contestación. Pestañea como un osito. Es una niña y no debo olvidarlo. Por ello, con la poca paciencia que aún me queda, murmuro:
—Luz, si tú quieres, cómete todo el campo de fútbol. Te lo regalo, ¿vale?
—¡Guay! —aplaude la pequeña.
Todos sonríen, y sus sonrisas me desquician. ¿Por qué nadie entiende mi enfado?
Saben que Eric y yo hemos roto, aunque nadie, a excepción de mi hermana, sabe que es por una mujer, y ni siquiera a ella le he contado toda la verdad. Si Raquel o cualquier otro conociera el trasfondo de nuestra discusión, ¡fliparía en colorines!
Consciente de que mi agobio sube, sube y sube, me voy a ver a mi amiga Rocío. Estoy segura de que ella no me hablará de Eric. Y no me equivoco.
Regreso para comer. El teléfono no para de sonar y lo apago.
¡Basta ya, por favorrrrrrr!
A las diez me voy al pub. Tengo que trabajar. Pero cuando estoy en la puerta saludando a unos amigos, veo pasar un BMW oscuro y reconozco a Eric al volante. Me escondo. No me ha visto y, por la dirección que lleva, intuyo que se dirige a casa de mi padre.
Maldigo, maldigo y maldigo. ¿Por qué es tan insistente?
Cuando el desespero comienza a fraguar en mí una gran desazón, alguien me toca por la espalda y, al volverme, me encuentro con David Guepardo. ¡Qué chico más mono! Encantada, sonrío e intento centrarme en él. Entramos en el pub. Me invita a una copa y yo a él a otra. Es amable, un bombón, y por su mirada y las cosas que dice sé lo que busca. ¡Sexo! Pero no. Hoy no estoy yo muy fina, y decido omitir los mensajes que me manda mientras empiezo a servir copas en la barra.
Veinte minutos después, veo entrar a Eric en el local, y mi corazón se desboca. Tun-tun... Tun-tun...
Va solo. Mira alrededor y rápidamente me localiza. Camina con decisión hacia donde estoy y, cuando llega, dice:
—Jud, sal de ahí ahora mismo y ven conmigo.
David lo mira, y después me mira a mí.
—¿Conoces a este tipo? —pregunta.
Voy a responder cuando Eric se me adelanta.
—Es mi mujer. ¿Algo más que preguntar?
¿Su mujer? ¿Será prepotente?
Sorprendido, David me mira. Yo pestañeo y, finalmente, mientras termino de preparar un cubata para el pelirrojo de la derecha, respondo:
—No soy tu mujer.
—¿Ah, no? —insiste Eric.
—No.
Le entrego la consumición al pelirrojo, y éste me sonríe. Yo hago lo mismo. Una vez que le cobro miro a Eric, que aguarda desesperado, y le aclaro:
—No soy nada tuyo. Lo nuestro acabó y...
Pero Eric, clavando sus espectaculares ojos azules en mí, no me deja terminar.
—Jud, cariño, ¿quieres dejar de decir tonterías y salir de esa barra?
Molesta por sus palabras, gruño.
—Las tonterías las vas a dejar de decir tú, chato. Y repito: no soy tu mujer y tampoco soy tu novia. No soy absolutamente nada tuyo y quiero que me dejes vivir en paz.
—Jud...
—Quiero que me olvides y me dejes trabajar —prosigo, molesta—. Quiero que te fijes en otra, que le des la barrila a ella y que te alejes de mí, ¿entendido?
Mi gesto es serio, pero el de Eric es tenebroso.
Me mira..., me mira..., me mira...
Tiene la mandíbula tensa y sé que está conteniendo sus impulsos más primitivos, esos que me vuelven loca. ¡Dios, soy una masoca! David nos mira a ambos, pero antes de que pueda decir algo, Eric murmura:
—De acuerdo, Jud. Haré lo que me pides.
Sin más, se da la vuelta y va al fondo de la barra. Incómoda, lo sigo con la mirada.
—¿Quién es ese tipo? —pregunta David.
No respondo. Sólo puedo seguir con la mirada a Eric y ver cómo mi compañero de barra le sirve un whisky. David insiste.
—Si no es mucha indiscreción, ¿quién es?
—Alguien de mi pasado —contesto como puedo.
Con un enfado por todo lo alto, intento olvidarme de que Eric está aquí. Sigo preparando bebidas y sonriendo a la gente que se acerca a mí para pedirlas. Durante un buen rato, no lo miro. Quiero obviar su presencia y divertirme. David es un encanto e
intenta continuamente hacerme reír. Pero mi risa se congela y mi sangre se corta cuando, al ir a coger una botella de la estantería, veo a Eric hablando con una chica guapa. No me mira. Está del todo centrado en la muchacha, y eso me pone a cien. Pero de mala leche.
¡Madre..., madre..., qué celosa estoyyyyy!
Una vez que cojo la botella, me doy la vuelta. No quiero seguir contemplando lo que él hace, pero mi puñetera curiosidad me obliga a mirar de nuevo. Las señales que le hace la chica son las típicas que usamos las mujeres cuando un hombre nos interesa. Toque de pelo, de oreja y sonrisita de «acércate... que te estoy invitando a algo más».
De pronto, la rubia le pasa un dedo por la mejilla. ¿Por qué lo toca? Él sonríe.
Eric no se mueve y soy testigo de cómo ella cada vez se aproxima más y más, hasta quedar totalmente encajada entre sus piernas. Eric la mira. Su ardiente mirada me calienta. Le pasa un dedo por el cuello, y eso me subleva.
¿Qué hace el insensato?
Ella sonríe, y él baja la mirada.
¡Lo mato!
Esa bajada de ojos, acompañada de su torcida sonrisa, sé lo que significa: ¡sexo!
Mi corazón late desbocado.
Eric está haciendo lo que le he pedido. Se ha fijado en otra, se divierte, y yo, como una imbécil, estoy aquí sufriendo por lo que yo misma le he pedido. Vamos, ¡para matarme!
Quince minutos después, observo que se levanta, coge de la mano a la chica y, sin mirarme, sale del local.
¡Lo matooooooooooooo...!
Mi corazón bombea enloquecido y, si sigo respirando así, creo que voy a hiperventilar. Salgo de la barra, camino hacia el baño y me refresco la nuca con agua. Me pica el cuello. ¡Los ronchones! Eric me acaba de demostrar que él no se anda con chiquitas y que su juego es fuerte y devastador. Necesito aire o esfumarme de aquí. Tengo que desaparecer del local o soy capaz de organizar la matanza de Texas, pero en Jerez.
Cuando salgo del baño, como puedo, me quito de encima a David y quedo en verlo la noche siguiente. Al llegar a mi coche, me subo y grito de frustración. ¿Por qué soy tan rematadamente imbécil? ¿Por qué le digo a Eric que haga cosas que me van a doler? ¿Por qué no puedo ser tan fría como él? Soy española, temperamental, mientras Eric es un impasible alemán. Enciendo el coche, y la radio comienza a sonar. La voz de Álex Ubago llena mi coche y cierro los ojos. La canción Sin miedo a nada me pone los pelos de punta.
Idiota, idiota, idiota... Soy rematadamente ¡IDIOTA!
Enciendo el móvil mientras empiezo inconscientemente a tararear:
Me muero por explicarte lo que pasa por mi mente,
me muero por entregarte y seguir siendo capaz de sorprenderte,
sentir cada día ese flechazo al verte.
Qué más dará lo que digan, qué más dará lo que piensen.
Si estoy loca es cosa mía...
Busco el teléfono de Eric y, cuando estoy a punto de llamarle, me paro. ¿Qué estoy haciendo?
¿Qué narices voy a hacer?
Enajenada, cierro el móvil.
No le voy a llamar. ¡Ni loca!
Pero la furia que tengo hace que saque la llave del contacto, salga del coche y, tras dar un portazo considerable a mi Leoncito, entre de nuevo en el pub. Estoy soltera, sin compromiso y soy dueña de mi vida. Busco a David. Lo localizo y lo beso. Él rápidamente responde.
¡Qué facilones son los tíos!
Durante varios minutos permito que su lengua entre en mí y juegue con la mía, y cuando estoy a punto de insinuarle que nos vayamos a otro lugar, la puerta del local se abre y veo que entra la chica rubia que se ha marchado con Eric.
Sorprendida por verla allí, la sigo con la mirada. Ella va hasta la barra, pide una bebida a mi compañero y después regresa con su grupo de amigas. Al momento, me suena el móvil. Un mensaje de Eric.
«Ligar es tan fácil como respirar. No hagas nada de lo que te puedas arrepentir.»
Sin saber por qué, suelto una carcajada mientras maldigo. ¡Maldito Eric! Él y sus malditos juegos. David me mira. Le digo que tengo que seguir trabajando y regreso a mi puesto.
A las seis y media de la mañana entro en la casa de mi padre. Todos están dormidos. Voy hasta el cubo de basura y, tras rebuscar en él, encuentro la notita de las rosas que me ha enviado. La abro y leo: «Cariño, soy un gilipollas. Pero un gilipollas que te quiere y que desea que lo perdones. Eric».
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