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50 sombras de grey Estreno!

Basada en : Cincuenta sombras de Grey de E. L. James
Protagonistas : - Jamie Dornan
- Dakota Johnson
Cuando Anastasia "Ana" Steele, una estudiante de Literatura de la Universidad de Washington, Seattle, que recibe el encargo de entrevistar al exitoso y joven empresario Christian Grey, un millonario de apenas 27 años, la joven queda impresionada al encontrarse ante un hombre atractivo, seductor y también muy intimidante. La inexperta e inocente Ana intenta olvidarle, pero pronto comprende cuánto le desea. Cuando la pareja por fin inicia una apasionada relación, Ana se sorprende por las peculiares prácticas eróticas de Grey, al tiempo que descubre los límites de sus propios y más oscuros deseos.

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Grey - (1) Lunes, 9 de Mayo de 2011

Ahora desde la perspectiva de Christian Grey! El libro "Grey" Online!

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Lunes, 9 de Mayo de 2011

Tengo tres autos. Van rápido por todo el piso. Muy rápido. Uno es rojo. Otro es verde. Otro es amarillo. Me gusta el verde. Es el mejor. A mami también le gustan. Me gusta cuando mami juega conmigo y los autos. El rojo es el mejor para ella. Hoy, está sentada en el sofá mirando a la pared. El auto verde vuela por la alfombra. El rojo le sigue. Luego el Amarillo. ¡Crash! Pero mami no ve. Lo hago de nuevo. ¡Crash! Pero Mami no ve. Señalo el auto verde a sus pies. Pero el auto verde se va por debajo del sofá. No puedo alcanzarlo. Mi mano es demasiado grande para el agujero. Mami no ve. Quiero mi auto verde. Pero Mami se queda en el sofá mirando a la pared. Mami. Mi auto. Ella no me escucha. Mami. Empujo su mano y ella se recuesta y cierra los ojos. No ahora, Maggot. No ahora, dice. Mi auto verde permanece bajo el sofá. Siempre está bajo el sofá. Puedo verlo. Pero no puedo alcanzarlo. Mi auto verde está borroso. Cubierto de pelaje gris y suciedad. Lo quiero de regreso. Pero no puedo alcanzarlo. Nunca puedo alcanzarlo. Mi auto verde está perdido. Perdido. Y no puedo jugar con él de nuevo nunca más.
Abro mis ojos y mi sueño se desvanece a la luz de la mañana. ¿De qué diablos iba eso? Agarro los fragmentos mientras se desvanecen, pero fallo en atrapar cualquiera de ellos.
Descartándolo, como lo hago la mayoría de las mañanas, me bajo de la cama y encuentro una sudadera recién lavada en mi vestidor. Afuera, un cielo grisáceo promete lluvia y no estoy de humor para recibirla durante mi carrera de hoy. Me dirijo arriba, al gimnasio, enciendo el televisor para las noticias de negocios de la mañana y me subo en la cinta.
Mis pensamientos divagan sobre el día. No tengo más que reuniones, aunque veré a mi entrenador personal más tarde para una rutina en mi oficina, Bastille siempre es un desafío bienvenido.
¿Quizá debería llamar a Elena?
Sí. Quizá. Podemos cenar en el transcurso de esta semana.
T
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Detengo la cinta, sin aliento, y me dirijo hacia la ducha para empezar otro monótono día.
~ * ~
—Mañana —murmuro, despachando a Claude Bastille cuando está de pie en el umbral de mi oficina.
—¿Grey, jugamos golf esta semana? —Bastille sonríe con una relajada arrogancia, sabiendo que su victoria en el campo de golf está asegurada.
Le frunzo el ceño mientras se da vuelta y se va. Sus palabras de despedida son como sal en mis heridas porque, a pesar de mis heroicos intentos durante nuestra rutina de hoy, mi entrenador personal me ha pateado el trasero. Bastille es el único que puede vencerme, y ahora quiere otro pedazo de carne en el campo de golf. Detesto el golf, pero muchos negocios se hacen en las calles, de modo que tengo que padecer sus lecciones ahí también… y, aunque odio admitirlo, jugar contra Bastille sí mejora mi juego.
Mientras miro por la ventana al horizonte de Seattle, el familiar tedio se filtra sin permiso en mi subconsciente. Mi humor es tan plano y gris como el clima. Mis días se están mezclando sin distinción y necesito alguna clase de diversión. He trabajado todo el fin de semana y, ahora, en los confines contiguos de mi oficina, estoy inquieto. No debería sentirme así, no después de varios encuentros con Bastille. Pero así me siento.
Frunzo el ceño. La aleccionadora verdad es que la única cosa que ha capturado mi interés recientemente ha sido mi decisión de enviar dos buques de carga a Sudán. Esto me recuerda que se supone que Ros regresará a mí con números y logística. ¿Qué rayos la está haciendo tardar? Reviso mi agenda y alcanzo el teléfono.
Maldita sea. Tengo que aguantar una entrevista con la persistente señorita Kavanagh para la revista estudiantil de la Universidad Estatal de Washington. ¿Por qué diablos accedí a eso? Detesto las entrevistas… vanas preguntas de personas desinformadas y envidiosas dirigidas a investigar sobre mi vida privada. Y ella es una estudiante. El teléfono vibra.
—Sí —le grito a Andrea, como si pudiera culparla. Al menos puedo hacer que esta entrevista sea corta.
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—La señorita Anastasia Steele está aquí para verlo, Sr. Grey.
—¿Steele? Estaba esperando a Katherine Kavanagh.
—Es la señorita Steele quien está aquí, señor.
Odio lo inesperado.
—Hágala pasar.
Bueno, bueno… la Señorita Kavanagh no está disponible. Conozco a su padre, Eamon, el dueño de Kavanagh Media. Hemos hecho negocios juntos y él parece un operador astuto y un ser humano racional. Esta entrevista es un favor hacia él, una que pretendo cobrar después, cuando me convenga. Y, tengo que admitir que estaba vagamente curioso por su hija, interesado en ver la manzana que ha caído lejos del árbol.
Una conmoción en la puerta me hace ponerme de pie mientras una maraña de largo cabello castaño, pálidas extremidades y botas marrones se zambulle en mi oficina. Reprimiendo mi molestia natural por tal torpeza, me apresuro hacia la chica que ha aterrizado sobre sus manos y rodillas en el piso. Sujetando unos hombros delgados, la ayudo a ponerse de pie.
Claros y avergonzados ojos encuentran los míos y detienen mis movimientos. Son del color más extraordinario, azul pulverizado, inocentes y, por un horrible momento, creo que puede ver a través de mí y estoy… expuesto. El pensamiento es desconcertante, así que lo descarto inmediatamente.
Ella tiene una pequeña y dulce cara que se está sonrojando ahora, de un inocente rosa pálido. Me pregunto brevemente si toda su piel es así de perfecta y cómo luciría rosa y cálida por el azote de una vara.
Maldición.
Detengo mis caprichosos pensamientos, alarmado por su dirección. ¿En qué demonios estás pensando, Grey? Esta chica es demasiado joven. Se queda boquiabierta y resisto la urgencia de poner los ojos en blanco. Sí, sí, nena, es solo un rostro y es solo piel. Necesito dispersar esa mirada admirativa de aquellos ojos pero, ¡tengamos algo de diversión en el proceso!
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—Señorita Kavanagh. Soy Christian Grey. ¿Está bien? ¿Quiere sentarse?
Ahí está ese sonrojo de nuevo. A cargo una vez más, la estudio. Es bastante atractiva… ligera, pálida, con una melena de cabello oscuro apenas contenido por un moño.
Una morena.
Sí, es atractiva. Extiendo mi mano mientras tartamudea el inicio de una mortificada disculpa y pone su mano en la mía. Su piel es fría y suave, pero su apretón es sorprendentemente firme.
—La señorita Kavanagh está indispuesta, así que me ha enviado a mí. Espero que no le importe, señor Grey. —Su voz es calmada con una musicalidad dudosa y parpadea erráticamente, largas pestañas agitándose.
Incapaz de evitar la diversión en mi voz mientras recuerdo su entrada poco elegante a mi oficina, le pregunto quién es.
—Anastasia Steele. Estudio literatura inglesa con Kate, digo… Katherine… bueno… la Señorita Kavanagh, en la Estatal de Washington, Campus Vancouver.
¿Del tipo tímida y estudiosa, eh? Lo parece: mal vestida, su ligera silueta escondida bajo un suéter sin forma, una falda acampanada color marrón y botas funcionales. ¿Tiene algún sentido del estilo? Mira nerviosamente alrededor de mi oficina, a cualquier parte menos a mí, noto, con divertida ironía.
¿Cómo puede ser periodista esa jovencita? No tiene una sola señal de asertividad en su cuerpo. Es nerviosa, dócil… sumisa. Desconcertado por mis pensamientos inapropiados, sacudo la cabeza y me pregunto si las primeras impresiones son confiables. Dejando de lado el cliché, le pido que se siente, luego noto su perspicaz mirada evaluando los cuadros de mi oficina. Antes de que pueda detenerme, me encuentro explicándolas:
—Un artista de aquí. Trouton.
—Son muy bonitos. Elevan lo cotidiano a extraordinario —dice soñadoramente, perdida en la exquisita y fina destreza del trabajo de Trouton. Su perfil es delicado, una nariz respingona y suaves y carnosos labios, y en sus palabras ha capturado mis sentimientos exactos. Elevan
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lo cotidiano a extraordinario. Es una astuta observación. La señorita Steele es brillante.
Concuerdo y observo, fascinado, mientras el rubor trepa lentamente por su piel una vez más. Mientras me siento al otro lado de ella, intento frenar mis pensamientos. Saca algunas arrugadas hojas de papel y una grabadora digital de su gran bolso. Es torpe, dejando caer la maldita cosa dos veces en mi mesa para café Bauhaus. Es obvio que nunca ha hecho esto antes pero, por alguna razón que no puedo comprender, lo encuentro divertido. Bajo circunstancias normales, su torpeza me irritaría como el infierno pero, ahora, escondo una sonrisa bajo mi dedo índice y resisto la urgencia de acomodarla por mí mismo.
Mientras hurga y se pone más y más nerviosa, se me ocurre que podría refinar sus habilidades motoras con la ayuda de una fusta. Expertamente manejada, puede controlar al más inquieto. El errante pensamiento me hace cambiar de posición en mi silla. Me mira y se muerde su carnoso labio superior.
¡Joder! ¿Cómo no me di cuenta de lo provocadora que es esa boca?
—Pe… perdón. No suelo utilizarla.
Puedo verlo, nena, pero justo ahora me importa un carajo porque no puedo apartar mis ojos de tu boca.
—Tómese todo el tiempo que necesite, señorita Steele. —Necesito otro momento para poner en orden mis obstinados pensamientos.
Grey… detén esto, ahora.
—¿Le importa que grabe sus respuestas? —pregunta, su rostro cándido y expectante.
Quiero reírme.
—¿Me lo pregunta ahora, después de lo que le ha costado preparar la grabadora?
Parpadea, sus ojos grandes y perdidos por un momento y soy derrotado por el poco familiar sentimiento de culpa.
Deja de ser una mierda, Grey.
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—No, no me importa. —No quiero ser responsable por esa mirada.
—¿Le explicó Kate, digo, la señorita Kavanagh, para qué era la entrevista?
—Sí. Para el último número de este curso de la revista de la facultad, porque yo entregaré los títulos de la ceremonia de graduación de este año. —Por qué demonios he accedido a hacer eso, no lo sé. Sam de Relaciones Publicas me ha dicho que el departamento de ciencias ambientales de la Estatal de Washington necesita la publicidad para poder atraer fondos adicionales que complementen lo que les he dado, y Sam haría cualquier cosa por exposición ante la prensa.
La señorita Steele parpadea una vez más, como si esto fuera una noticia para ella, y parece desaprobarla. ¿No ha hecho ningún estudio previo para esta entrevista? Debería saberlo. El pensamiento me hiela la sangre. Es… desagradable, no algo que espero de alguien que está aprovechándose de mi tiempo.
—Bien. Tengo algunas preguntas, Señor Grey. —Se pone un mechón de cabello tras la oreja, distrayéndome de mi molestia.
—Sí, creo que debería preguntarme algo —digo secamente. Hagámosla estremecerse. Juiciosamente, lo hace, luego se endereza y acomoda sus pequeños hombros. Está en modo profesional. Inclinándose hacia adelante, presiona el botón de inicio en la grabadora y frunce el ceño mientras mira sus arrugadas notas.
—Es usted muy joven para haber amasado este imperio. ¿A qué se debe su éxito?
Seguramente puede hacer algo mejor que esto. Qué pregunta tan tonta. Ni una pizca de originalidad. Es decepcionante. Lanzo mi respuesta usual sobre tener a personas excepcionales trabajando para mí. Personas en las que confío, si es que confío en alguien, y les pago bien, blablablá… pero, señorita Steele, el simple hecho es que soy brillante en lo que hago. Para mí, es como desprender un tronco. Comprar descompuestas y mal dirigidas compañías y arreglarlas, conservando algunas o, si están realmente en quiebra, desarmando sus activos y vendiéndolos al mejor postor. Es simplemente una cuestión de saber la diferencia entre los dos e, invariablemente, se resume a las personas a cargo. Para tener éxito en los negocios, necesitas buenas personas y yo puedo juzgar a una persona mejor que la mayoría.
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—Quizá solo ha tenido suerte —dice calladamente.
¿Suerte? Un escalofrío de molestia me atraviesa. ¿Suerte? ¿Cómo se atreve? Parece modesta y calmada, ¿pero esta pregunta? Nadie ha sugerido jamás que he tenido suerte. Trabajo duro, traigo personas conmigo, las vigilo de cerca y las estudio si necesito hacerlo y, si no son buenas para el trabajo, las descarto. Esto es lo que hago y lo hago bien. ¡No tiene nada que ver con la suerte! Bueno, al diablo con eso. Presumiendo mi erudición, cito las palabras de Andrew Carnegie, mi industrial favorito.
—El crecimiento y desarrollo de las personas es la labor más importante de los directivos.
—Parece un maniático del control —dice, y habla perfectamente en serio.
¿Qué demonios? Quizá ella sí puede ver a través de mí.
“Control” es mi segundo nombre, cariño.
La miro fijamente, esperando intimidarla.
—Oh, bueno, lo controlo todo, señorita Steele. —Y me gustaría controlarla a usted, justo aquí y ahora.
Ese atractivo rubor atraviesa su rostro y se muerde aquel labio de nuevo. Divago, intentando distraerme de su boca.
—Además, decirte a ti mismo, en tu fuero más íntimo, que has nacido para ejercer el control te concede un inmenso poder.
—¿Le parece a usted que su poder es inmenso? —pregunta con una suave y tranquilizadora voz, pero enarca una delicada ceja con una mirada que expresa su censura. ¿Está, deliberadamente, tratando de provocarme? ¿Son sus preguntas, su actitud o el hecho de que la encuentro atractiva, lo que me está molestando? Mi irritación crece.
—Tengo más de cuarenta mil empleados. Eso me otorga un cierto sentido de la responsabilidad… poder, si lo prefiere. Si decidiera que ya no me interesa el negocio de las telecomunicaciones y lo vendiera todo, veinte mil personas pasarían apuros para pagar la hipoteca en poco más de un mes.
Su boca se abre por mi respuesta. Eso es más como debe ser. Chúpate esa, nena. Siento mi equilibrio retornar.
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—¿No tiene que responder ante una junta directiva?
—Soy dueño de mi empresa. No tengo que responder ante ninguna junta directiva. —Debería saber esto.
—¿Y cuáles son sus intereses aparte del trabajo? —continúa apresuradamente, midiendo correctamente mi reacción. Sabe que estoy enojado y, por alguna inexplicable razón, esto me complace.
—Me interesan cosas muy diversas, señorita Steele. Muy diversas. —Imágenes de ella en varias posiciones en mi cuarto de juegos destellan en mi mente: encadenada a la cruz, extendida en la cama con dosel, extendida en el banco de azotes. Y, miren, ahí está ese rubor de nuevo. Es como un mecanismo de defensa.
—Pero si trabaja tan duro, ¿qué hace para relajarse?
—¿Relajarme? —Esas palabras saliendo de su boca inteligente suenan raras, pero divertidas. Además, ¿cuándo tengo tiempo para relajarme? Ella no tiene idea de lo que hago. Pero me mira de nuevo con aquellos grandes e ingeniosos ojos y, para mi sorpresa, me encuentro considerando su pregunta. ¿Qué hago para relajarme? Navegar, volar, follar… probar los límites de atractivas morenas como ella y hacerlas obedecer... el pensamiento me hace mover en mi silla, pero le respondo suavemente, omitiendo unos cuantos pasatiempos favoritos.
—Invierte en fabricación. ¿Por qué, específicamente?
—Me gusta construir. Me gusta saber cómo funcionan las cosas, cuál es su mecanismo, cómo se montan y se desmotan. Y me encantan los barcos. ¿Qué puedo decirle? —Transportan comida alrededor del planeta.
—Parece que el que habla es su corazón, no la lógica o los hechos.
¿Corazón? ¿Yo? Oh, no, nena.
Mi corazón fue destrozado sin poder ser reconocido hace mucho tiempo.
—Es posible. Aunque algunos dirían que no tengo corazón.
—¿Por qué dirían algo así?
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—Porque me conocen bien. —Le muestro una irónica sonrisa. De hecho, nadie me conoce tan bien, excepto quizá Elena. Me pregunto qué haría ella con la pequeña señorita Steele aquí. Esta chica es una masa de contradicciones: tímida, torpe, obviamente brillante y excitante como el infierno.
Sí, de acuerdo, lo admito. La encuentro seductora.
Ella recita la próxima pregunta por repetición.
—¿Dirían sus amigos que es fácil conocerlo?
—Soy una persona muy reservada, señorita Steele. Hago todo lo posible por proteger mi vida privada. No suelo ofrecer entrevistas. —Haciendo lo que hago, viviendo la vida que he elegido, necesito mi privacidad.
—¿Por qué aceptó esta?
—Porque soy mecenas de la universidad y, porque, por más que lo intenté, no podía sacarme de encima a la señorita Kavanagh. No dejaba de dar lata a mis relaciones públicas y admiro esa tenacidad. —Pero me alegra que fuera usted quien viniera y no ella.
—También invierte en tecnología agrícola. ¿Por qué le interesa este ámbito?
—El dinero no se come, señorita Steele, y hay demasiada gente en el mundo que no tiene qué comer. —La miro fijamente, con cara de póker.
—Suena muy filantrópico. ¿Le apasiona la idea de alimentar a los pobres del mundo? —Me considera con una mirada perpleja y como si yo fuera un enigma, pero no hay manera de que la deje ver en mi oscura alma. Esta no es una zona de discusión abierta. Pasa la página, Grey.
—Es un buen negocio —murmuro, fingiendo aburrimiento, e imagino follar esa boca para distraerme de todos los pensamientos de hambre. Sí, su boca necesita entrenamiento y la imagino sobre sus rodillas ante mí. Bien, ese pensamiento es interesante.
Ella recita la próxima pregunta, arrastrándome fuera de mi fantasía.
—¿Tiene una filosofía? Y si la tiene, ¿en qué consiste?
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—No tengo una filosofía como tal. Quizá un principio que me guía… de Carnegie: ―Un hombre que consigue adueñarse absolutamente de su mente, puede adueñarse de cualquier otra cosa para la que esté legalmente autorizado‖. Soy muy peculiar, muy tenaz. Me gusta el control… de mí mismo y de los que me rodean.
—¿Entonces quiere poseer cosas?
Sí, nena. A ti, por ejemplo. Frunzo el ceño, sorprendido por el pensamiento.
—Quiero merecer poseerlas, pero sí, en el fondo es eso.
—Parece usted el paradigma del consumidor. —Su voz está teñida de desaprobación, irritándome de nuevo.
—Lo soy.
Suena como una niña rica que ha tenido todo lo que siempre ha deseado, pero cuando miro de cerca su ropa, está vestida con prendas de alguna tienda barata como Old Navy o H&M, así que sé que no es eso. Ella no ha crecido en un entorno pudiente.
Podría cuidar de ti.
¿De dónde diablos vino eso?
Aunque, ahora que lo considero, sí que necesito una nueva sumisa. ¿Han pasado qué, dos meses desde Susannah? Y aquí estoy, salivando por esta mujer. Intento mostrar una sonrisa agradable. No hay nada malo con el consumo, después de todo, conduce lo que queda de la economía americana.
—Fue un niño adoptado. ¿Hasta qué punto cree que ha influido en su manera de ser?
¿Qué tiene esto que ver con el precio del petróleo? Qué pregunta tan ridícula. Si me hubiera quedado con la perra drogadicta, probablemente estaría muerto. La descarto con una ―no respuesta‖, tratando de mantener el tono de mi voz, pero ella me presiona, demandando saber qué edad tenía cuando fui adoptado.
¡Cállala, Grey!
Mi tono es frío.
—Todo el mundo lo sabe, señorita Steele.
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Debería saber esto también. Ahora parece contrita mientras se pone un mechón de cabello tras la oreja. Bien.
—Ha tenido que sacrificar su vida familiar por el trabajo.
—Eso no es una pregunta —espeto.
Se sorprende, claramente avergonzada, pero tiene la gracia de disculparse mientras reformula la pregunta.
—¿Ha tenido que sacrificar su vida familiar por el trabajo?
¿Qué quiero con una familia?
—Tengo familia. Un hermano, una hermana y unos padres que me quieren. Pero no me interesa seguir hablando mi familia.
—¿Es usted gay, señor Grey?
¡¿Qué demonios?!
¡No puedo creer que ella haya dicho eso en voz alta! Irónicamente, es una pregunta que incluso mi propia familia no haría. ¡Cómo se atreve! Tengo una repentina urgencia de arrastrarla fuera del asiento, ponerla sobre mi rodilla, palmearla y luego follarla sobre mi escritorio con sus manos atadas tras su espalda. Eso respondería su ridícula pregunta. Tomo un profundo aliento para tranquilizarme. Para mi vengativo goce, ella parece mortificada por su propia pregunta.
—No, Anastasia, no soy gay. —Enarco las cejas, pero mantengo mi expresión impasible. Anastasia. Es un nombre adorable. Me gusta la forma en que se enrolla mi lengua al pronunciarlo.
—Le pido disculpas. Está…. Bueno... Está aquí escrito. —Ella hace de nuevo aquella cosa con su cabello tras su oreja. Obviamente es un hábito nervioso.
¿No son estas sus preguntas? Le pregunto, y palidece. Maldita sea, es realmente atractiva, de una manera discreta.
—Bueno… no. Kate… la señorita Kavanagh… me ha pasado una lista.
—¿Son compañeras de la revista de la facultad?
—No. Es mi compañera de piso.
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No hay duda de por qué está tan nerviosa. Me rasco la barbilla, debatiéndome entre hacerla o no hacerla pasar un mal rato.
—¿Se ha ofrecido usted para hacer esta entrevista? —pregunto, y soy recompensado con su mirada sumisa: está nerviosa por mi reacción. Me gusta el efecto que tengo sobre ella.
—Me lo ha pedido ella. No se encuentra bien. —Su voz es suave.
—Esto explica muchas cosas.
Hay un golpe en la puerta y Andrea aparece.
—Señor Grey, perdone que lo interrumpa, pero su próxima reunión es dentro de dos minutos.
—No hemos terminado, Andrea. Cancele mi próxima reunión, por favor.
Andrea se queda boquiabierta por lo que he dicho, confundida. La miro fijamente. ¡Fuera! ¡Ahora! Estoy ocupada con la pequeña señorita Steele aquí.
—Muy bien, señor Grey —dice, recuperándose con rapidez y girando sobre sus talones para dejarnos nuevamente a solas.
Vuelvo mi atención a la intrigante y frustrante criatura sobre mi sofá.
—¿Por dónde íbamos, señorita Steele?
—No quisiera interrumpir sus obligaciones.
Oh, no, nena. Es mi turno ahora. Quiero saber si hay secretos que revelar bajo ese adorable rostro.
—Quiero saber de usted. Creo que es lo justo. —Mientras me recuesto y presiono mis dedos contra mis labios, sus ojos destellan hacia mi boca y traga saliva. Oh, sí, el efecto de siempre. Y es gratificante saber que no es completamente ajena a mis encantos.
—No hay mucho que saber —dice, su rubor regresando.
Estoy intimidándola.
—¿Qué planes tiene después de graduarse?
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—No he hecho planes, señor Grey. Tengo que aprobar los exámenes finales.
—Aquí tenemos un excelente programa de prácticas.
¿Qué me ha poseído para decir esto? Es contra las reglas, Grey. Nunca folles al personal…. Pero no estás follando a esta chica.
Parece sorprendida y sus dientes saltan sobre aquel labio de nuevo. ¿Por qué es eso tan excitante?
—Oh, lo tendré en cuenta —responde—. Aunque no creo que encajara aquí.
—¿Por qué lo dice? —pregunto. ¿Qué hay de malo con mi empresa?
—Es obvio, ¿no?
—Para mí no. —Estoy confundido por su respuesta. Está nerviosa una vez más mientras alcanza la grabadora.
Mierda, se va. Mentalmente, reviso mi agenda para esta tarde. No hay nada que no pueda esperar.
—¿Le gustaría que le enseñara el edificio?
—Seguro que está muy ocupado, señor Grey, y yo tengo un largo camino.
—¿Vuelve en auto a Vancouver? —Miro por la venta. Es tremendo camino, y está lloviendo. Ella no debería estar conduciendo con este clima, pero no puedo prohibírselo. El pensamiento me irrita—. Bueno, conduzca con cuidado. —Mi voz es más severa de lo que pretendo. Ella se enreda con la grabadora. Quiere salir de mi oficina y, para mi sorpresa, no quiero que se vaya.
—¿Me ha preguntado todo lo que necesita? —le pregunto en un transparente esfuerzo de prologar su estadía.
—Sí, señor —dice tranquilamente. Su respuesta me deja pasmado, la forma en que aquellas palabras suenan saliendo de aquella boca inteligente, y por un momento imagino esa boca a mi entera disposición.
—Gracias por la entrevista, señor Grey.
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—Ha sido un placer —respondo, muy en serio, porque no he estado así de fascinado por nadie en un tiempo. El pensamiento es desconcertante. Ella se pone de pie y yo extiendo la mano, ansioso de tocarla.
—Hasta la próxima, señorita Steele. —Mi voz es baja cuando pone su mano sobre la mía. Sí, quiero azotar y follar a esta chica en mi cuarto de juegos. Tenerla atada y necesitada… necesitándome, confiando en mí. Trago saliva.
No va a pasar, Grey.
—Señor Grey. —Asiente y retira su mano rápidamente, muy rápidamente.
No puedo dejarla ir así. Es obvio que está desesperada por partir. Es irritante, pero la inspiración me golpea cuando abro la puerta de mi oficina.
—Asegúrese de cruzar la puerta con buen pie, señorita Steele —bromeo.
Sus labios forman una dura línea.
—Muy amable, señor Grey —espeta.
¡La señorita Steele es respondona! Sonrío detrás de ella cuando sale y la sigo afuera. Andrea y Olivia, ambas, levantan la mirada con sorpresa. Sí, sí. Solo veo salir a la chica.
—¿Ha traído abrigo? —pregunto.
—Chaqueta.
Le lanzo una mirada a Olivia e inmediatamente se levanta de un salto para recuperar una chaqueta azul marino, pasándomela con su usual expresión atontada. Cristo, Olivia es fastidiosa, soñando despierta conmigo todo el tiempo.
Hmm. La chaqueta está usada y es barata. La señorita Anastasia Steele debería estar mejor vestida. La sostengo para ella mientras la acomodo en sus delgados hombros, toco su piel en la base del cuello. Ella se queda quieta por el contacto y palidece.
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¡Sí! Está afectada por mí. El conocimiento es inmensamente placentero. Acercándome al ascensor, presiono el botón de llamada mientras ella se mueve nerviosamente a mi lado.
Oh, yo podría detener tus movimientos, nena.
Las puertas se abren y ella se escabulle, luego se da vuelta para enfrentarme. Es más que atractiva. Iría muy lejos en decir que es hermosa.
—Anastasia —digo, a manera de despedida.
—Christian —responde, su voz suave. Y las puertas del ascensor se cierran, dejando mi nombre colgando en el aire entre nosotros, sonando raro y poco familiar, pero sensual como el infierno.
Necesito saber más sobre esta chica.
—Andrea —ladro mientras regreso a mi oficina—. Ponga a Welch en la línea ahora.
Mientras me siento en mi escritorio y espero la llamada, miro los cuadros en la pared de mi oficina y las palabras de la señorita Steele regresan a mí. ―Elevan lo cotidiano a lo extraordinario‖. Ella podría haber estado describiéndose a sí misma, fácilmente.
Mi teléfono suena.
—Tengo al Sr. Welch en la línea para usted.
—Páselo.
—Sí, señor.
—Welch, necesito un estudio de antecedentes.


El infierno de Gabriel - Cap.1 y 2


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—¿Señorita Mitchell?
La voz del profesor Gabriel Emerson atravesó el aula en dirección a la atractiva joven de cabello castaño sentada en las últimas filas. Perdida en sus pensamientos, o en la traducción, tenía la cabeza gacha, mientras tomaba notas frenéticamente en su cuaderno.
Diez pares de ojos se volvieron hacia ella y contemplaron su cara pálida, sus largas pestañas y sus delgados dedos, que sostenían un bolígrafo. Luego, esos mismos diez pares de ojos se volvieron hacia el profesor, que permanecía inmóvil y había empezado a fruncir el cejo.
Su actitud mordaz contrastaba vivamente con la atractiva simetría de sus rasgos: con sus ojos, grandes y expresivos, y su boca de labios gruesos. Era uno de esos hombres guapos de aspecto duro, pero en esos momentos su gesto amargo y severo estropeaba el efecto.
—Ejem.
Una tos discreta a su derecha llamó la atención de la joven, que levantó la vista hacia el estudiante de anchos hombros sentado a su lado. Sonriendo, éste señaló con la mirada hacia el profesor.
Ella siguió el recorrido de su mirada y se encontró con unos ojos azules y muy enfadados. Tragó saliva audiblemente.
—Estoy esperando una respuesta, señorita Mitchell. Si le apetece unirse a la clase —añadió, con una voz tan glacial como su mirada.
El resto de alumnos del seminario se revolvieron inquietos en sus asientos y se dirigieron miradas furtivas. En éstas se leían preguntas del tipo «¿Qué mosca le ha picado?», pero ninguno dijo nada. (Porque es de sobra conocido que los licenciados odian enfrentarse a sus profesores sobre el tema que sea, no digamos ya por una falta de educación.)
La joven abrió la boca para contestar, pero cambió de opinión en seguida y la cerró, sin apartar la vista en ningún momento de aquellos imperturbables ojos azules. Los de ella estaban tan abiertos que le daban aspecto de conejito asustado.
—¿Habla nuestro idioma, señorita Mitchell? —se burló el profesor.
A una chica morena sentada a la derecha de él se le escapó la risa, aunque trató de disimularla con una tos poco convincente. Todos los ojos volvieron a dirigirse hacia el conejito asustado, que se había ruborizado furiosamente y que agachó la cabeza, apartando la vista del profesor.
—Dado que la señorita Mitchell parece estar asistiendo a un seminario paralelo en un idioma distinto, ¿tal vez alguien sería tan amable de responder a mi pregunta?
La belleza morena sentada a su lado estuvo encantada de hacerlo. Se volvió hacia él y le dirigió una sonrisa deslumbrante, mientras respondía a su pregunta con todo detalle, gesticulando mucho con las manos mientras citaba a Dante en italiano. Al terminar, dedicó una sonrisa ácida a la recién llegada, se volvió de nuevo hacia el señor Emerson y suspiró. Lo único que le faltó fue rodar un poco por el suelo y frotarse contra su pierna para demostrarle que nada la haría más feliz que ser su mascota. (Aunque a él no le habría gustado nada que lo hiciera.)
El profesor frunció el cejo de manera casi imperceptible a nadie en particular y se volvió para escribir en la pizarra. El conejito asustado parpadeó con fuerza varias veces mientras seguía tomando apuntes, pero gracias a Dios no lloró.
Más tarde, mientras el señor Emerson seguía hablando sin parar sobre el conflicto entre güelfos y gibelinos, un trozo de papel doblado apareció sobre el diccionario de italiano del conejito asustado. Al principio ella no se dio cuenta, pero un nuevo «ejem» hizo que se volviera hacia el guapo joven sentado a su lado. Esta vez él le dedicó una sonrisa más amplia y le señaló la nota con los ojos.
Al verla, ella parpadeó sorprendida. Vigilando la espalda del profesor, que no dejaba de rodear con círculos palabras italianas, se llevó la nota al regazo y la abrió discretamente.
Emerson es un asno.
Aunque nadie que no hubiera estado observándola se habría dado cuenta, al leer la nota se ruborizó de un modo distinto. Le aparecieron dos nubes de color rosa en las mejillas mientras sonreía. No fue una sonrisa de las que dejan los dientes al descubierto, ni de las que hacen aparecer arrugas de expresión ni hoyuelos, pero era una sonrisa.
Se volvió hacia su vecino, que le sonrió a su vez, franco y
amistoso.
—¿Algo divertido que quiera compartir con nosotros, señorita Mitchell?
Los ojos de la nueva alumna se abrieron aterrorizados y la sonrisa de su nuevo amigo desapareció de su cara al volverse para mirar al profesor.
Sin atreverse a enfrentarse al señor Emerson, ella bajó la cabeza y se quedó inmóvil, mordisqueándose el labio inferior.
—Ha sido culpa mía, profesor. Le estaba preguntando por qué página íbamos —dijo el chico, tratando de protegerla.
—Una pregunta poco apropiada para un estudiante que está preparando el doctorado, Paul. Pero ya que lo preguntas, estamos empezando el primer canto. Espero que seas capaz de encontrarlo sin la ayuda de la señorita Mitchell. Ah, y ¿señorita Mitchell?
La cola del conejito asustado tembló un poco al levantar la vista hacia él.
—La espero en mi despacho después de clase.
2
Al acabar el seminario, Julia Mitchell guardó apresuradamente el trozo de papel dentro del diccionario de italiano, junto a la entrada de la palabra asino, asno.
—Siento lo que ha pasado. Soy Paul Norris —la saludó su amable compañero, tendiéndole una enorme mano.
La joven se la estrechó y Paul se maravilló de lo pequeña que era la de ella comparada con la suya. Podría rompérsela con sólo doblar la muñeca.
—Hola, Paul. Yo soy Julia. Julia Mitchell.
—Encantado de tenerte por aquí, Julia. Siento que Emerson se haya comportado como un gilipollas. Ahora entenderás por qué su apodo es El Profesor, con mayúscula —dijo él, con no poco sarcasmo.
Ella se ruborizó levemente y volvió a centrarse en sus libros.
—Eres nueva, ¿no? —continuó Paul, ladeando la cabeza para mirarla.
—Acabo de llegar de la Universidad de Saint Joseph.
Él asintió como si la conociera.
—¿Has venido a hacer un curso de doctorado?
—Sí. —Señalando hacia las primeras filas, añadió—: Ya sé que no lo parece, pero teóricamente estoy estudiando para especializarme en Dante.
El chico soltó un silbido de admiración.
—Entonces, ¿estás aquí por Emerson?
Ella asintió y, al fijarse en su cuello, Paul se dio cuenta de que el pulso se le aceleraba. Como no encontraba una explicación para ello, se olvidó del tema, aunque más tarde volvería a acordarse.
—Tiene un carácter difícil, por lo que no tiene demasiados alumnos, pero es mi director de tesis. Y también el de Christa Peterson, ya la conoces.
—¿Christa?
—La coqueta de la primera fila. Es su otra alumna de doctorado, aunque su auténtico objetivo es convertirse en la futura señora Emerson. Acaba de llegar y ya le hace galletas, se deja caer por su despacho, le envía mensajes telefónicos. Es increíble.
Julia asintió, pero no dijo nada.
—Christa no parece consciente de la estricta política de no
confraternización de la Universidad de Toronto —explicó Paul, que fue recompensado con una sonrisa preciosa.
Se dijo que iba a tener que hacer sonreír a Julia Mitchell más a menudo. Pero eso tendría que esperar, de momento.
—Será mejor que vayas. Quería verte después de clase y te estará esperando.
Julia guardó sus cosas a toda prisa en la vieja mochila L. L. Bean que la había acompañado desde su primer año en la universidad.
—Ejem, no sé dónde está su despacho.
—Cuando salgas, gira a la izquierda y luego gira otra vez a la izquierda. El suyo es el último, al final del pasillo. Buena suerte y, si no nos vemos antes, hasta la próxima clase.
Ella le dedicó una sonrisa agradecida y salió del aula.
Al doblar la esquina, vio que El Profesor había dejado la puerta del despacho abierta. Se quedó delante, nerviosa, dudando sobre si llamar primero o asomar la cabeza directamente. Tras unos segundos de duda, se decidió por la primera opción. Armándose de valor, respiró hondo, contuvo el aliento y levantó el puño. Justo entonces, oyó:
—Siento no haberte devuelto la llamada. ¡Estaba en clase! —exclamó la voz enfadada que ya empezaba a resultarle familiar. Se hizo un breve silencio antes de que volviera a hablar—: ¡Porque era el primer seminario de este curso, idiota, y porque la última vez que hablé con ella me dijo que estaba bien!
Julia se apartó de la puerta. Al parecer, el señor Emerson estaba hablando por teléfono, gritándole a alguien. No quería ser su siguiente víctima, así que decidió huir y afrontar las consecuencias más tarde. Pero justo entonces lo oyó sollozar. Fue un sonido ronco, desgarrador, que le llegó al alma, impidiéndole marcharse.
—¡Claro que habría querido estar allí! La quería. Claro que habría querido estar allí. —Le llegó otro sollozo desde detrás de la puerta—. No sé a qué hora llegaré. Diles que voy de camino. Iré al aeropuerto y tomaré el primer avión que salga, pero no sé cuándo llegaré.
Otra pausa.
—Lo sé. Diles que lo siento. Que lo siento mucho... —Su voz se perdió entre sollozos y Julia lo oyó colgar el teléfono.
Sin pensar, se asomó.
El hombre, de treinta y pico años, tenía la cabeza apoyada en las manos y lloraba con los codos apoyados en el escritorio. Julia vio
cómo le temblaban los hombros. Percibió la angustia y el dolor que brotaban de su pecho. Y sintió compasión.
Quería acercarse a él, rodearle el cuello con los brazos y ofrecerle consuelo. Quería acariciarle la cabeza y decirle que lo sentía mucho. Por un momento, se imaginó cómo sería secar las lágrimas de aquellos expresivos ojos azules como zafiros y verlos volverse hacia ella con amabilidad. Se imaginó dándole un casto beso en la mejilla, sólo para confortarlo.
Pero verlo llorar de esa manera, como si acabaran de romperle el corazón, la dejó clavada en el suelo, por lo que no hizo nada de lo que se había imaginado. Al darse cuenta de dónde estaba, volvió a esconderse detrás de la puerta, a ciegas sacó un trozo de papel de la mochila y escribió:
Lo siento.
Julia Mitchell
Luego, sin saber qué hacer, colocó la nota en la jamba de la puerta y la cerró silenciosamente.
La timidez no era el rasgo más característico de Julia. Su mayor cualidad, la que la definía como persona, era la compasión, algo que no había heredado de sus padres. Su padre, aunque era un hombre decente, tenía tendencia a ser rígido e inflexible. Su madre, ya fallecida, no había mostrado compasión hacia nadie en toda su vida, ni siquiera hacia su única hija.
Tom Mitchell era hombre de pocas palabras, pero bastante popular y, en general, apreciado por sus vecinos. Era conserje en la Universidad de Susquehanna y jefe de bomberos de Selinsgrove, Pensilvania. Dado que el departamento de bomberos estaba formado íntegramente por voluntarios, Tom y el resto de sus compañeros estaban de guardia permanente. Se sentía orgulloso de su responsabilidad y le dedicaba mucho tiempo y energía, lo que implicaba que no paraba mucho en casa, ni siquiera cuando no había ninguna emergencia. La noche del primer seminario de Julia, la llamó por teléfono desde el parque de bomberos, contento al ver que por fin respondía al móvil.
—¿Cómo van las cosas, Jules? —le preguntó. Su voz, poco dada a sentimentalismos, la confortó igualmente, como si fuera una manta.
Julia suspiró.
—Bien. El primer día ha sido... interesante, pero bien.
—¿Cómo te tratan esos canadienses?
—Muy bien, son muy amables. «Son los americanos los que son unos desgraciados. Bueno, un americano para ser más exactos.»
Tom se aclaró la garganta un par de veces y Julia contuvo el aliento. Gracias a sus años de experiencia, sabía que su padre se estaba preparando para decir algo serio. Se preguntó qué habría pasado.
—Cariño, Grace Clark ha muerto hoy.
Julia se incorporó en la cama y se quedó mirando el vacío.
—¿Me has oído?
—Sí, sí, te he oído.
—El cáncer volvió con fuerza. Todos pensaban que estaba bien, pero la enfermedad volvió sin avisar y, cuando se dieron cuenta, ya se le había extendido a los huesos y al hígado. Richard y los chicos están muy afectados.
Julia se mordió el labio inferior y ahogó un sollozo.
—Sabía que te dolería. Era como una madre para ti, y Rachel y tú siempre fuisteis tan buenas amigas... ¿Te ha dicho algo?
—No... no me ha llamado. ¿Por qué no me dijo nada?
—No sé cuándo se enteró la familia de que había vuelto a recaer. He pasado por su casa hace un rato y Gabriel ni siquiera había llegado. Estaban enfadados con él. No sé cómo lo recibirán cuando llegue. Hay mucho rencor en esa familia —añadió su padre, renegando en voz baja.
—¿Vas a mandar flores?
—Sí, supongo. No se me dan bien estas cosas, pero puedo pedirle a Deb que me ayude.
Deb Lundy era su novia. Julia puso los ojos en blanco al oír su nombre, pero se guardó su opinión.
—Dile que envíe alguna cosa de mi parte, por favor. A Grace le encantaban las gardenias. Y pídele que firme la nota en mi nombre.
—Descuida, lo haré. ¿Necesitas algo?
—No, estoy bien.
—¿Dinero?
—No, papá. Con la beca me basta si voy con cuidado.
Tom guardó silencio. Antes de que volviera a hablar, Julia ya sabía qué iba a decir.
—Siento lo de Harvard. Tal vez el año que viene...
Julia enderezó la espalda y se obligó a sonreír, aunque su padre no pudiera verla.
—Tal vez. Hasta pronto, papá.
—Adiós, cariño.
A la mañana siguiente, Julia se dirigió a la universidad un poco más despacio que el día anterior. El iPod la aislaba del exterior y en su cabeza iba redactando un correo electrónico de pésame y de disculpas para su amiga Rachel, escribiéndolo y corrigiéndolo mentalmente mientras caminaba.
La brisa de setiembre era cálida en Toronto. A Julia eso le gustaba. Le gustaba estar tan cerca del lago. Le gustaba la luz del sol y la amabilidad de la gente. Le gustaba estar en Toronto en vez de en Selinsgrove o Filadelfia. Y, sobre todo, le gustaba la sensación de estar a cientos de kilómetros de distancia de él. Sólo esperaba seguir así mucho tiempo.
Cuando entró en el Departamento de Estudios Italianos para ver si había recibido alguna carta, seguía redactando en su mente el correo para Rachel. Alguien le dio un golpecito en el codo y entró en su campo de visión.
Julia se quitó los auriculares.
—Paul..., hola.
Él sonrió desde las alturas. Julia era menuda, sobre todo cuando llevaba zapatillas deportivas, y apenas le llegaba al pecho.
—¿Qué tal fue la reunión con Emerson? —le preguntó el joven, cambiando la sonrisa por una mirada de preocupación.
Ella se mordió el labio inferior, una costumbre de cuando estaba nerviosa. Debería dejar de hacerlo, pero no podía, básicamente porque no era consciente de ello.
—Ah..., al final no fui.
Paul cerró los ojos y negó con la cabeza.
—Eso no es bueno.
Julia trató de justificarse.
—La puerta de su despacho estaba cerrada. Creo que estaba hablando por teléfono... No estoy segura. Le dejé una nota.
Paul vio que sus delicadas cejas se unían con preocupación. Le dio lástima y maldijo a El Profesor por ser tan cáustico. Julia aparentaba ser una persona frágil a la que era fácil lastimar y Emerson no parecía darse cuenta del efecto que causaba en sus alumnos, así que decidió ayudarla.
—Si estaba hablando por teléfono, hiciste bien en no interrumpirlo. Esperemos que así fuera. Si no, diría que te has metido en un lío. —Enderezó la espalda y cruzó los brazos—. Si la cosa va a peor, avísame y veré qué puedo hacer. A mí no me importa que me grite, pero no quiero que te grite a ti. «Porque, a juzgar por tu aspecto, te morirías del susto, conejito asustado.»
Le pareció que Julia iba a decir algo, pero finalmente guardó silencio. Con una débil sonrisa, la joven asintió y se dirigió a los casilleros en busca del correo.
Casi todo era propaganda. Había algunos comunicados internos del departamento, entre ellos, uno de una conferencia pública del profesor Gabriel O. Emerson titulada «La lujuria en el Infierno de Dante: el pecado capital contra el Yo». Julia leyó el título varias veces antes de ser capaz de asimilarlo. Luego empezó a canturrear en voz baja.
Lo siguió haciendo mientras leía una segunda circular que avisaba de que la conferencia del profesor Emerson había sido aplazada. Y no dejó su canturreo al ver una tercera nota, en la que se avisaba de que todos los seminarios, citas y reuniones del profesor Emerson quedaban cancelados hasta nuevo aviso.
Finalmente, alargó la mano para alcanzar una nota doblada que estaba al final del casillero. La desdobló y leyó:
Lo siento.
Julia Mitchell
Sin dejar de canturrear, se preguntó por qué el profesor le habría devuelto la nota que le dejó en la puerta del despacho. Pero su canturreo se detuvo en seco, igual que su corazón, al darle la vuelta al papel y ver lo siguiente:
Emerson es un asno.

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