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Reflejada en tí - Sillvia Day Capítulo 12

Gideon y yo regresamos a Manhattan justo antes de la medianoche del domingo. Habíamos pasado la
noche anterior durmiendo separados, pero la mayor parte del día juntos en la cama del dormitorio,
besándonos y acariciándonos. Riendo y susurrando.
Por un acuerdo tácito no hablamos de nada doloroso durante el resto del tiempo que estuvimos
fuera. No quisimos encender la televisión ni la radio porque no nos parecía bien compartir nuestro
tiempo con nadie más. Volvimos a pasear por la playa. Hicimos el amor despacio y durante un largo
rato en la terraza de la tercera planta. Jugamos a las cartas y él me ganó en todas las manos.
Recargamos pilas y nos recordamos el uno al otro que merecía la pena luchar por lo que habíamos
descubierto en nosotros.
Fue el día más perfecto de mi vida.
Regresamos a mi apartamento al volver a la ciudad. Gideon abrió la puerta con la llave que yo le
había regalado y entramos al espacio oscuro lo más silenciosamente que pudimos para no despertar a
Cary. Gideon me dio las buenas noches con uno de sus besos que quitan el aliento, se dirigió al cuarto
de invitados y yo me metí en mi solitaria cama sin él. Echándole de menos. Me pregunté cuánto
tiempo estaríamos durmiendo separados. ¿Meses? ¿Años?
No quería pensar en ello, así que cerré los ojos y empecé a dejarme llevar.
La luz se encendió.
—Eva. Levántate. —Gideon entró en la habitación, fue directo a mi vestidor y se puso a rebuscar
entre mi ropa.
Yo lo miré parpadeando, y me di cuenta de que se había puesto unos pantalones y una camisa.
—¿Qué pasa?
—Es Cary —contestó con tono serio—. Está en el hospital.
Un taxi nos esperaba en la acera cuando salimos de mi edificio. Gideon me dejó pasar y, después, se
colocó a mi lado.
El taxi parecía avanzar muy despacio. Todo parecía moverse despacio.
Me agarré a la manga de Gideon.
—¿Qué ha pasado?
—Lo agredieron el viernes por la noche.
—¿Cómo lo sabes?
—Tu madre y Stanton han dejado mensajes en mi móvil.
—¿Mi madre...? —Lo miré confundida—. ¿Por qué no me...?
No, no podía llamarme. No me llevé el teléfono. La culpa y la preocupación me invadieron,
haciendo que me costara respirar.
—Eva. —Me pasó un brazo por encima de los hombros, instándome a que apoyara la cabeza contra
él—. No te preocupes hasta que sepamos algo más.
—Han pasado días, Gideon. Y no he estado con él.
Las lágrimas caían por mi rostro y no podía parar, incluso después de llegar al hospital. Apenas me
fijé en el exterior del edificio, pues mi atención estaba embotada por la enorme ansiedad que me
recorría el cuerpo. Di las gracias a Dios por tener a Gideon, que se mostraba calmado y se encargaba
de todo. Un bedel nos dio el número de la habitación de Cary, pero ahí terminó toda su ayuda. Gideon
hizo unas cuantas llamadas en plena noche para conseguir que me dejaran ver a Cary, pese a que no
eran horas de visitas. Gideon había sido en ocasiones un generoso benefactor y eso no era algo que se
pudiera descartar ni olvidar con facilidad.
Cuando entré en la habitación de Cary y lo vi, el corazón se me hizo añicos y las piernas me
empezaron a temblar. Gideon impidió que cayera al suelo. El hombre al que yo consideraba mi
hermano, el mejor amigo que había tenido ni tendría nunca, yacía en silencio e inmóvil en la cama.
Tenía la cabeza vendada y los ojos amoratados. Por uno de sus brazos se introducían vías intravenosas
y el otro lo tenía escayolado. De no haber sabido quién era, no lo habría reconocido.
Había flores por todos lados, ramos alegres y coloridos. Había también globos y unas cuantas
tarjetas. Supe que algunas serían de mi madre y de Stanton, quienes por cierto, también se estaban
ocupando de los cuidados de Cary.
Nosotros éramos su familia. Y todos habían estado allí con él excepto yo.
Gideon me acercó a la cama rodeando mi cintura con brazo firme para sostenerme. Yo sollozaba
con densas y abrasadoras lágrimas. Aquello era lo único que yo podía hacer para permanecer en
silencio.
Aun así, Cary debió oírme o notar mi presencia. Sus párpados se agitaron y, después, se abrieron.
Tenía sus preciosos ojos verdes inyectados en sangre y con la mirada perdida. Tardó un rato en
encontrarme. Cuando lo hizo, parpadeó unas cuantas veces y, entonces, las lágrimas empezaron a
rodar por sus sienes.
—Cary. —Me abalancé sobre él y deslicé la mano entre la suya—. Estoy aquí.
Él me apretó con tanta fuerza que me dolió.
—Eva.
—Siento haber tardado tanto. No tenía el teléfono. No tenía ni idea. Habría venido de haberlo
sabido.
—Está bien. Ahora sí estás aquí. —Trató de tragar saliva—. Dios... me duele todo.
—Voy a buscar a una enfermera —dijo Gideon, pasando la mano por mi espalda antes de salir en
silencio de la habitación.
Vi una pequeña jarra y un vaso con una pajita en la mesa con ruedas.
—¿Tienes sed?
—Mucha.
—¿Te puedo incorporar? ¿O no? —Tenía miedo de hacer algo que le causara dolor.
—Sí.
Utilizando el mando que había junto a su mano, levanté la parte superior de la cama para que
estuviese recostado. Después, le llevé la pajita a los labios y vi cómo bebía con avidez.
Dejó escapar un suspiro.
—Qué alegría volver a verte, nena.
—¿Qué demonios ha pasado? —Dejé el vaso vacío en la mesa y volví a agarrarle la mano.
—Ni puta idea. —Su voz sonaba débil, casi como un susurro—. Saltó sobre mí con un bate.
—¿Con un bate? —Sólo con pensarlo me puse enferma. Qué brutalidad. Qué violencia...—. ¿Fue un
loco?
—Claro que sí —contestó con brusquedad, y una línea de dolor se cruzó entre sus cejas.
Yo di un paso atrás.
—Lo siento.
—No. No lo sientas. Mierda. Estoy... —Cerró los ojos—. Estoy agotado.
Justo entonces entró la enfermera vestida con una bata con dibujos de depresores de lenguas y
estetoscopios. Era joven y guapa, de pelo oscuro y ojos endrinos. Revisó el estado de Cary, le tomó el
pulso y, a continuación, apretó un botón que colgaba de la barandilla protectora.
—Puedes administrártelo tú mismo cada media hora para el dolor —le dijo—. Simplemente, pulsa
este botón. No dispensará la dosis si no ha pasado el tiempo suficiente, así que no tendrás que
preocuparte por si lo pulsas demasiado a menudo.
—Una sola vez ya es demasiado —murmuró mientras me miraba.
Comprendí su renuencia. Tenía una personalidad adictiva. Había pasado por una corta fase de
yonqui antes de que yo consiguiera hacer que entrara en razón.
Pero era un alivio ver que las arrugas de dolor que había en su frente se suavizaban y que su
respiración adoptaba un ritmo más profundo.
La enfermera me miró.
—Tiene que descansar. Vuelva durante las horas de visita.
Cary me miró con desesperación.
—No te vayas.
—No se va a ir a ningún sitio —dijo Gideon entrando de nuevo en la habitación—. He dado orden
de que traigan una cama esta noche.
No creí que fuese posible querer a Gideon más de lo que ya le quería, pero, de algún modo, siempre
terminaba encontrando el modo de demostrar que me equivocaba.
La enfermera sonrió a Gideon con timidez.
—Cary va a necesitar más agua —le dije mientras ella apartaba con desgana la mirada de mi novio
para mirarme a mí.
Cogió la jarra y salió de la habitación.
Gideon se acercó a la cama y le habló a Cary.
—Cuéntame qué pasó.
Cary suspiró.
—Trey y yo salimos el viernes, pero él tuvo que retirarse temprano. Yo le acompañé a coger un
taxi, pero era imposible hacerlo en la puerta de la discoteca, así que fuimos hasta otra calle. Él se
acababa de ir cuando me golpearon en la parte posterior de la cabeza. Me tiró al suelo y me aporreó
unas cuantas veces. No tuve ocasión de poder defenderme.
Las manos empezaron a temblarme y Cary me acarició suavemente con el dedo pulgar.
—Oye —murmuró—. Enséñame. No metas mi polla en la persona equivocada.
—¿Qué?
Vi que los ojos de Cary se cerraban y, un momento después, era evidente que estaba durmiendo.
Miré a Gideon con desesperación al otro lado de la cama.
—Me informaré de todo —dijo—. Sal conmigo un momento.
Le seguí, volviendo en repetidas ocasiones la mirada hacia Cary. Cuando cerramos la puerta al salir,
le dije:
—Dios mío, Gideon, tiene un aspecto horrible.
—Le dieron una buena paliza —dijo con tono serio—. Tiene una fractura en el cráneo, una seria
conmoción cerebral, tres costillas astilladas y un brazo roto.
Era terriblemente doloroso escuchar aquella lista de lesiones.
—No entiendo por qué iba alguien a querer hacerle esto.
Me atrajo hacia él y presionó los labios contra mi frente.
—El médico me ha dicho que es posible que dejen que Cary se vaya dentro de uno o dos días, así
que voy a organizar la asistencia a domicilio. Diré también en tu trabajo que no vas a ir.
—Hay que decírselo al representante de Cary.
—Yo me encargo.
—Gracias. —Le abracé con fuerza—. ¿Qué haría yo sin ti?
—Eso nunca lo sabrás.
Mi madre me despertó a las nueve de la mañana siguiente, entrando inquieta en la habitación de Cary
en cuanto dieron comienzo las horas de visita. Me sacó al pasillo, llamando la atención de todos los
que estaban cerca. Era temprano, pero estaba impresionante con sus llamativos zapatos de Louboutin
de suela roja y con su vestido de tubo de color marfil sin mangas.
—¡Eva, no me puedo creer que hayas pasado todo el fin de semana sin el teléfono móvil! ¿En qué
estabas pensando? ¿Y si había alguna emergencia?
Ha habido una emergencia.
—¡Exacto! —Levantó una mano, pues con el otro brazo tenía agarrado el primero por debajo—.
Nadie podía ponerse en contacto contigo ni con Gideon. Dejó un mensaje diciendo que te llevaba fuera
el fin de semana pero nadie sabía dónde estabais. ¡No me puedo creer que haya sido tan irresponsable!
¿En qué estaba pensando?
—Gracias por haberte ocupado de Cary —la interrumpí, puesto que se estaba enrollando y
repitiéndose—. Significa mucho para mí.
—Bueno, por supuesto. —Mi madre se tranquilizó—. Nosotros también le queremos, ya lo sabes.
Esto me tiene destrozada.
El labio inferior le temblaba y buscó en el bolso su pañuelo, siempre a mano.
—¿Está investigándolo la policía? —le pregunté.
—Sí, claro, pero no sé si sacarán algo en claro. —Se tocó ligeramente los rabillos de los ojos—. Yo
quiero mucho a Cary, pero es un golfo. Dudo que pueda recordar a todas las mujeres y hombres con
los que ha estado. ¿Te acuerdas de la subasta benéfica a la que asististe con Gideon? ¿En la que te
compré ese sensacional vestido rojo?
—Sí. —Nunca podría olvidarla. Fue la noche en la que Gideon y yo hicimos el amor por primera
vez.—
Estoy segura de que Cary se lio con una rubia con la que estuvo bailando esa noche... ¡mientras
estaban allí! Desaparecieron y, cuando regresaron... En fin, sé reconocer a un hombre satisfecho. Me
sorprendería que él supiera siquiera el nombre de ella.
Recordé lo que Cary había dicho antes de quedarse dormido.
—¿Crees que este ataque está relacionado con alguien con quien se haya acostado?
Mi madre me miró pestañeando, como si de pronto recordara que yo no sabía nada.
—Le dijeron a Cary que mantuviera las manos lejos de ella... quienquiera que sea esa ella. Los
detectives van a venir hoy para tratar de sacarle algunos nombres.
—Dios mío. —Me restregué los ojos ansiando con todas mis fuerzas poder lavarme la cara y, aún
más, tomarme una taza de café—. Tienen que hablar con Tatiana Cherlin.
—¿Quién es ésa?
—Una chica con la que Cary se ha estado viendo. Creo que estaría encantada con algo así. El novio
de Cary los pilló juntos y ella se quedó tan tranquila. Le encantó ser la causa del drama.
Me rasqué la nuca y entonces me di cuenta de que el cosquilleo que sentía era por otro motivo
completamente distinto. Miré hacia atrás y vi que Gideon se acercaba, y sus largas piernas acortaban
la distancia que nos separaba con aquel paso acompasado. Vestido con traje para ir a trabajar, con una
gran taza de café en una mano y un pequeño bolso negro en la otra. Él era exactamente lo que
necesitaba en ese preciso momento.
—Perdóname. —Me acerqué a Gideon y me lancé directa a sus brazos.
—Hola. —Me saludó con los labios sobre mi cabello—. ¿Cómo lo llevas?
—Es horrible. Y absurdo. —Los ojos me ardían—. No necesitaba otro desastre en su vida. Ya ha
tenido más que suficiente.
—Tú también. Y estás sufriendo con él.
—Y tú conmigo. —Me puse de puntillas y le besé en la mandíbula. Después, me retiré—. Gracias.
Me dio el café.
—Te he traído algunas cosas. Una muda de ropa, tu teléfono y tu tableta electrónica y cosas de aseo.
Sabía que tanta consideración por su parte le pasaría factura, literalmente. Tras un fin de semana
fuera tendría que abrirse paso entre una pequeña montaña de trabajo valorada en millones de dólares
en lugar de andar por ahí ocupándose de mí.
—Dios. Te quiero.
—¡Eva! —La exclamación de sorpresa de mi madre hizo que me estremeciera. Ella era partidaria
de reservar los te quieros hasta la noche de bodas.
—Lo siento, mamá. No he podido evitarlo.
Gideon me pasó por el cuello los dedos calientes por el café.
—Gideon —empezó a decir mi madre acercándose hasta ponerse justo a nuestro lado—, deberías
saber que no puedes llevarte a Eva de viaje sin contar con ningún medio de pedir ayuda. Sé que lo
sabes.
Claramente se estaba refiriendo a mi pasado. Yo no estaba segura de por qué creía mi madre que yo
era tan delicada que no podía valerme por mí misma. Ella era
muchísimo más frágil.
Lancé a Gideon una mirada compasiva.
Él sostuvo en el aire el bolso que me había traído y la mirada calmada y segura que había en su
rostro transmitía que se sentía absolutamente cómodo tratando con mi madre. Así que dejé que lo
hiciera. Yo no podía enfrentarme a ella hasta tomar mi dosis de café.
Volví a entrar en la habitación de Cary y vi que estaba despierto. Sólo con verlo, las lágrimas
brotaron y sentí un nudo en la garganta. Era un hombre muy fuerte y vibrante, lleno de vida y muy
revoltoso. Me producía un enorme dolor verle tan destrozado.
—Hola —murmuró—. Deja de echar lagrimones cada vez que me ves. Me haces sentir como si me
fuera a morir o algo así.
¡Caray! Tenía razón. Mis lágrimas no le hacían ningún bien. Además, el poco alivio que me
producían suponía una mayor carga para él. Tenía que ser mejor amiga.
—No puedo evitarlo —dije sorbiéndome la nariz—. Qué mal. Alguien se me ha adelantado y te ha
dado una paliza antes de que pudiera hacerlo yo.
—¿Ah, sí? —Dejó de fruncir el ceño—. ¿Y qué he hecho ahora?
—No me dijiste lo de Brett y los Six-Ninths.
—Sí... —A sus ojos regresó algo de su antiguo destello—. ¿Qué aspecto tenía?
—Bueno. Muy bueno. —Estaba buenísimo, pero me reservé ese pensamiento—. Aunque ahora
mismo puede que no tenga mejor aspecto que tú.
Le conté lo del beso y la pelea de después.
—Cross le dio una paliza, ¿eh? —Cary negó con la cabeza, hizo después un gesto de dolor y se
quedó quieto—. Hay que tener pelotas para enfrentarse a Brett. Es un matón de bar al que le gustan las
peleas.
—Y Gideon es un experto en diferentes artes marciales. —Empecé a rebuscar en el bolso que
Gideon me había traído—. ¿Por qué no me habías dicho que los Captive Soul habían firmado con una
discográfica importante?
—Porque no quería que cayeras en ese agujero otra vez. Hay chicas que pueden salir con estrellas
del rock, pero tú no eres una de ellas. Todo el tiempo que pasan en la carretera, todas las fans... Te
volverías loca y lo volverías loco a él.
Lo fulminé con la mirada.
—Estoy absolutamente de acuerdo contigo. Pero me ofende que creas que volvería corriendo con él
porque tiene éxito.
—Ése no es el motivo. No quería que escucharas su primer sencillo si se podía evitar.
—¿«Rubia»?
—Sí... —Me estudió mientras me dirigía al baño—. ¿Qué te pareció?
—Es mejor que una canción que se titule «Me la he tirado».
Soltó una carcajada y esperó a que volviera a salir con la cara lavada y el cabello cepillado
—Entonces... ¿Le besaste?
—Ése es el principio y el final de la historia —respondí fríamente—. ¿Has hablado con Trey desde
el viernes?
—No. Se han llevado mi teléfono. También la cartera, supongo. Cuando recuperé la conciencia,
estaba aquí, vestido con esta cosa tan monstruosa —dijo levantándose la bata del hospital.
—Voy a ir a por tus cosas. —Volví a meter en el bolso los artículos del baño y, a continuación, fui a
sentarme en la silla que había a su lado con mi café en la mano—. Gideon está preparándolo todo para
llevarte a casa con una enfermera privada.
—Vaya... Ésa es una fantasía que tengo. ¿Puedes asegurarte de que la enfermera esté buena? ¿Y
soltera?
Lo miré sorprendida. Aunque en el fondo me aliviaba ver que su aspecto y su voz empezaban a
parecerse más a él mismo.
—Es evidente que te encuentras mejor si estás tan juguetón. ¿Cómo te fue con Trey?
—Bien —contestó con un suspiro—. Me preocupaba que no se encontrara a gusto en la fiesta. Había
olvidado que ya conocía a mucha de la gente.
Cary y Trey se habían conocido en una sesión de fotos en la que Cary era el modelo y Trey el
ayudante del fotógrafo detrás de la cámara.
—Me alegra saber que lo pasasteis bien.
—Sí. Él estaba absolutamente decidido a no acostarse conmigo.
—Así que lo intentaste... después de haber dicho que no lo harías.
—Es de m í de quien estamos hablando. —Puso los ojos en blanco—. Joder, sí. Lo intenté. Está
bueno y es estupendo en la cama....
—... y está enamorado de ti.
Dejó salir en un torrente la respiración que tenía contenida, haciendo una mueca de dolor mientras
el pecho se expandía.
—Nadie es perfecto.
Tuve que reprimir una carcajada.
—Cary Taylor, estar enamorado de ti no es un defecto.
—Bueno, tampoco es lo más inteligente. He sido un gilipollas con él —murmuró contrariado—.
Puede aspirar a algo mucho mejor.
—Eso no es una decisión que puedas tomar por él.
—Alguien tiene que hacerlo.
—Y tú te ofreces voluntario porque también lo quieres. —Sonreí—. ¿Tan malo te parece?
—No le quiero lo suficiente. —De su rostro desapareció todo signo de frivolidad, dejando detrás al
hombre herido y solitario al que yo conocía tan bien—. No puedo ser fiel, como él quiere. Solos él y
yo. Me gustan las mujeres. De hecho, me encantan. Sería como hacer desaparecer la mitad de mí. Sólo
pensarlo hace que me enfade con él.
—Te has esforzado mucho para aceptarte —dije con tono suave, recordando aquella época con algo
más que una punzada de tristeza—. Te comprendo perfectamente y no estoy en desacuerdo contigo,
pero ¿has probado a hablar de ello con Trey?
—Sí, lo he hablado con él. Me estuvo escuchando. —Se pasó los dedos por la ceja—. Le entiendo,
de verdad. Si me dijera que quiere tirarse a otro tío mientras está saliendo conmigo, me cabrearía
mucho.
—¿Pero no si fuera con una mujer?
—No. No lo sé. Mierda. —Sus ojos verdes inyectados en sangre me miraron suplicantes—. ¿Habría
alguna diferencia para ti si Cross se estuviera follando a otro tío? ¿O simplemente a una mujer?
La puerta se abrió y entró Gideon. Le sostuve la mirada mientras respondí:
—Si la polla de Gideon tocara algo aparte de su mano
o mi cuerpo, habríamos terminado. Me miró sorprendido. —Vaya. Yo sonreí dulcemente y le guiñé
un ojo. —Hola, campeón. —Hola, cielo. —Miró a Cary—. ¿Cómo te encuentras
esta mañana?
Cary retorció los labios irónicamente.
—Como si me hubiese atropellado un autobús... o un bate.
—Estamos organizándolo todo para instalarte en casa. Parece que lo conseguiremos para el
miércoles.
—Tetas grandes, por favor —dijo Cary—. O fuertes músculos. Cualquiera de las dos cosas me
sirve.
Gideon me miró.
Yo sonreí.
—Habla del enfermero o la enfermera privada.
—Ah.
—Si es una mujer —continuó Cary—, ¿puedes pedirle que lleve uno de esos vestidos blancos de
enfermera que llevan cremallera por la parte frontal?
—Sólo puedo imaginarme el frenesí de los medios de comunicación con la demanda por acoso
sexual —respondió Gideon fríamente—. ¿Qué tal en su lugar una colección de porno con enfermeras
traviesas?
—Tío, tú sí que sabes. —Cary le dedicó una amplia sonrisa y, por un momento, se pareció al que
solía ser. Gideon me miró.
—Eva.
Me puse de pie y me incliné para besar a Cary en la mejilla.
—Vuelvo enseguida.
Salimos de la habitación y vi a mi madre manteniendo una conversación con el médico, que parecía
deslumbrado por ella.
—He hablado con Garrity esta mañana —dijo Gideon refiriéndose a Mark, mi jefe—. Así que no te
preocupes por eso.
No lo estaba porque él había dicho que se ocuparía de ello.
—Gracias. Tendré que ir mañana. Voy a ver si puedo ponerme en contacto con Trey, el novio de
Cary. Quizá él pueda quedarse aquí mientras yo voy a trabajar.
—Dime si necesitas alguna ayuda con eso. —Gideon miró su reloj—. ¿Quieres volver a quedarte
aquí esta noche?
—Sí, si es posible. Hasta que Cary vuelva a casa.
Cogió mi cara entre sus manos y apretó sus labios contra los míos.
—De acuerdo. Tengo mucho trabajo con el que ponerme al día. Recarga tu teléfono móvil para que
pueda llamarte.
Oí un leve zumbido. Gideon se apartó y metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta para
sacar el teléfono.
—Tengo que contestar. Hablamos luego —dijo tras mirar la pantalla.
Y entonces, se fue, caminando por el pasillo con la misma rapidez con la que había venido.
—Va a casarse contigo —dijo mi madre, apareciendo a mi lado—. Lo sabes, ¿verdad?
No, no lo sabía. Yo seguía sintiendo un pequeño destello de gratitud cada mañana cuando me
despertaba y me daba cuenta de que seguíamos juntos.
—¿Por qué dices eso?
Mi madre me miró con sus ojos azules de bebé. Era uno de los pocos rasgos físicos que no
compartíamos.
—Te ha absorbido por completo y se ha hecho con el control de todo.
—Simplemente porque ése es su carácter.
—Es el carácter de los hombres poderosos —aclaró extendiendo los brazos para arreglarme mi
absurda cola de caballo—. Y te va a mimar porque está haciendo una inversión en ti. Eres un activo
para él. Eres guapa, de buena educación y bien relacionada, y rica sin él. También estás enamorada de
él y no puede apartar los ojos de ti. Apuesto a que tampoco puede apartar las manos de encima de ti.
—Mamá, por favor. —No estaba de mucho humor para una de sus lecciones sobre cómo cazar a un
hombre rico y casarse con él.
—Eva Lauren —me reprendió mirándome directamente a los ojos—. No me importa si me escuchas
porque soy tu madre y tienes que hacerlo o porque estás enamorada de él y no quieres perderlo, pero
vas a escucharme.
—No tengo otra opción —murmuré.
—Ahora eres un activo —repitió—. Debes cuidar que las decisiones que tomes en tu vida no te
conviertan en un bien pasivo.
—¿Te refieres a Cary? —La rabia hizo que mi voz se volviera más aguda.
—Me refiero a la magulladura que tiene Gideon en la mandíbula. Dime que no tiene nada que ver
contigo.
Me ruboricé.
Chasqueó la lengua.
—Lo sabía. Sí, es tu amante y ves un lado íntimo de él que pocos pueden ver, pero no olvides nunca
que también es Gideon Cross. Tienes todo lo que necesitas para convertirte en la esposa perfecta de un
hombre de su altura, pero aun así, eres sustituible, Eva. Lo que él ha construido, no. Si pones en
peligro su imperio, te dejará.
Apreté los dientes.
—¿Has terminado?
Me pasó los dedos por las cejas, con mirada perspicaz y calculadora. Supe que en su mente me
estaba haciendo una pequeña transformación, pensando en modos de mejorar lo que me había dado al
nacer.
—Crees que soy una cazafortunas sin corazón, pero lo que me mueve es la maternidad, lo creas o
no. Deseo con toda mi alma que estés con un hombre que tenga el dinero y los medios para protegerte
con todo lo que tenga, así sabré que estás a salvo. Y quiero que estés con un hombre al que amas.
—Lo he encontrado.
—Y no sabes lo mucho que me alegra. Me encanta que sea joven y aun así, que esté dispuesto a
correr riesgos, mostrándose indulgente y comprensivo con tus... peculiaridades. Y lo sabe todo 
susurró, suavizando la mirada y volviéndose más cristalina—. Pero ten cuidado. Es lo único que trato
de decirte. No le des motivos para apartarse de ti.
—Si lo hiciera, no sería amor.
Adoptó una fría sonrisa y me besó en la frente.
—Vamos. Eres mi hija. No puedes ser tan ingenua.
—¡Eva!
Me giré al escuchar mi nombre y sentí un enorme alivio al ver a Trey dirigiéndose a toda prisa
hacia mí. Era de estatura media y tenía un cuerpo bonito y musculado y el pelo rubio y despeinado,
ojos de color avellana y una nariz algo angulosa que me hizo pensar que se la debió romper alguna
vez. Iba vestido con unos vaqueros desgastados y raídos y una camiseta y me sorprendió el hecho de
que no fuera del tipo llamativo tan habitual en Cary. Parecía que por una vez la atracción había sido
menos superficial.
—Acabo de enterarme —dijo cuando llegó a mi lado—. Esta mañana han venido unos detectives a
mi trabajo a interrogarme. No me puedo creer que esto ocurriera el viernes por la noche y yo me esté
enterando ahora.
Yo no pude utilizar contra él el mismo tono ligeramente acusatorio.
—Yo misma me he enterado a primera hora de esta mañana. Estaba fuera de la ciudad.
Tras una rápida presentación entre mi madre y Trey, ella se excusó para ir a sentarse con Cary,
dejando que fuera yo quien le ampliara a Trey la información que le había dado la policía.
Trey se pasó las manos por el cabello, haciendo que pareciera aún más despeinado.
—Esto no habría pasado si me lo hubiese llevado cuando me fui.
—No puedes culparte.
—¿A quién más voy a culpar por el hecho de que esté follándose a la chica de otro? —Se puso la
mano en la nuca—. Soy yo el que no es suficiente para él. Tiene el apetito de un adolescente
hormonando y yo estoy en el trabajo o estudiando todo el maldito tiempo.
¡Uf! Eso era mucho más de lo que yo quería saber y traté de no hacer ninguna mueca. Pero
comprendí que probablemente Trey no tenía a nadie más con quien poder hablar tranquilamente sobre
Cary.
—Es bisexual, Trey —dije con tono suave, levantando una mano tranquilizadora para pasarla por su
bíceps.
—No sé cómo vivir con esto.
—¿Por qué no te piensas acudir a un psicólogo? Los dos, quiero decir.
Me miró con ojos angustiados durante un largo rato y, a continuación, dejó caer los hombros.
—No sé. Creo que tengo que decidir si puedo aceptar que me engañe. ¿Tú podrías, Eva? ¿Podrías
quedarte en casa esperando a tu hombre sabiendo que está con otra persona?
—No. —Un gélido escalofrío me recorrió el cuerpo al decirlo—. No, no podría.
—Y ni siquiera sé si Cary aceptaría ir a terapia. Siempre intenta alejarme. Me quiere pero, después,
no. Se compromete y, a continuación, no lo hace. Quiero entrar en su vida, Eva, del mismo modo que
dejó que tú entraras, pero siempre está cerrándome la puerta.
—Yo tardé mucho tiempo en abrirme paso hasta él. Trató de alejarme con el sexo, siempre
seduciéndome, provocándome. Creo que el viernes tomaste la decisión correcta al mantenerlo de
manera platónica. Cary cree que su valor está en su apariencia y su atractivo sexual. Tienes que
demostrarle que no es sólo su cuerpo lo que quieres.
Trey dejó escapar un suspiro y cruzó los brazos.
—¿Es así como os hicisteis tan amigos? ¿Porque no te acostabas con él?
—En parte. Sobre todo es porque soy un desastre. Ahora no resulta tan obvio como cuando nos
conocimos, pero él sabe que no soy perfecta.
—¡Yo tampoco lo soy! ¿Quién lo es?
—Cree que eres mejor que él, que te mereces algo mejor. —Sonreí—. Y en cuanto a mí... bueno,
apuesto a que una parte de él cree que lo merezco. Que nos merecemos el uno al otro.
—Qué cabrón —murmuró.
—Así es él —confirmé—. Por eso es por lo que lo queremos, ¿no? ¿Quieres entrar a verlo? ¿O
quieres irte a casa a pensar en ello?
—No. Quiero verlo. —Trey echó los hombros hacia atrás a la vez que elevaba el mentón—. No me
importa qué es lo que le haya traído hasta aquí. Quiero estar con él mientras esté pasando por esto.
—Me alegra oírlo. —Pasé mi brazo por el suyo y le llevé a la habitación de Cary.
Entramos con el sonido de la risa vibrante y juvenil de mi madre. Estaba sentada en el filo de la
cama y Cary le sonreía con adoración. Para él era su madre tanto como lo era para mí y la quería
mucho por ello. Su propia madre le había odiado, había abusado de él y había permitido que otros
también lo hicieran.
Levantó los ojos y nos vio y las emociones que pasaron por su cara en ese momento me hicieron
sentir una presión en el pecho. Oí que a Trey se le entrecortaba la respiración nada más ver el estado
de Cary. Me odié por no haberle avisado con antelación de que no cometiera
el error de ponerse a llorar como hice yo.
Trey se aclaró la garganta.
—Eres la reina del drama —dijo con hosco afecto—. Si querías flores, no tenías más que pedirlas.
Esto es demasiado.
—Y nada efectivo, al parecer —replicó Cary con voz ronca, claramente tratando de recobrar la
compostura—. No veo flor ninguna.
—Yo veo toneladas. —Trey pasó brevemente la vista por la habitación y, a continuación, volvió a
mirar a Cary—. Sólo quería saber a qué me enfrentaba, para así derrocar a mis oponentes.
Fue imposible no ver el doble sentido de aquella afirmación.
Mi madre se levantó de la cama. Se inclinó y besó a Cary en la mejilla.
—Me llevo a Eva a desayunar. Volveremos dentro de una hora o así.
—Dadme un segundo y dejaré de molestaros, chicos —dije pasando junto a la cama rápidamente.
Cogí mi teléfono y el cargador del bolso y lo puse en un enchufe junto a la ventana.
En cuanto se encendió la pantalla, envié un rápido mensaje compartido a Shawna y a mi padre que
simplemente decía: «Luego te llamo». Después, me aseguré de que el teléfono estuviera en modo
silencio y lo dejé en el alféizar de la ventana.
—¿Lista? —preguntó mi madre.

—Más que nunca.

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