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Una noche deseada - Cap. 1

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Capítulo 1

No hay nada como preparar un café perfecto. Y, desde luego, no hay nada como el café perfecto que prepara una de las cafeteras con aspecto de nave espacial que tengo delante.
Llevo días viendo cómo Sylvie, la otra camarera, completa la tarea sin
problemas mientras habla, coge otra taza y teclea el pedido en la caja. Pero yo sólo consigo hacer un desastre, de café y del área que rodea la cafetera.
Fuerzo el cacharro del filtro maldiciéndolo y se me resbala, con lo que todo se llena de café molido.
—No, no, no —mascullo para mis adentros mientras cojo la bayeta que llevo
en el bolsillo de mi delantal.
El húmedo trapo está marrón, lo que delata las miles de veces que hoy he tenido que limpiar mis desastres.
—¿Quieres que lo haga yo? —La voz divertida de Sylvie repta sobre mis hombros y los dejo caer.
No hay manera. Por más que lo intente, siempre acabo igual. Esta nave
espacial y yo no nos llevamos bien.
Suspiro de forma dramática, me vuelvo y le paso a Sylvie el gran cacharro de
metal.
—Lo siento. Este trasto me odia.
Sus labios de color rosa intenso se separan para formar una amable sonrisa, y
su moño negro brillante se mueve mientras niega con la cabeza. Tiene más
paciencia que un santo.
—Ya la dominarás. ¿Quieres limpiar la siete?
Me pongo en marcha, cojo una bandeja y me dirijo hacia la mesa recién
desocupada con la esperanza de redimirme.
—Me va a despedir —susurro mientras cargo la bandeja.
Sólo llevo cuatro días trabajando aquí pero, cuando me contrató, Del dijo que
únicamente me llevaría unas horas del primer día hacerme con el funcionamiento
de la cafetera que domina el mostrador posterior de la cafetería. Ese día fue horrible,
y creo que Del comparte mi opinión.
—Claro que no —replica Sylvie. Pone en marcha la máquina y el sonido del
vapor atravesando a toda velocidad el conducto de la espuma inunda el
establecimiento—. ¡Le gustas! —exclama.
Coge una taza, después una bandeja, luego una cuchara, una servilleta y el
chocolate en polvo, y todo mientras hace girar la jarra de leche metálica sin ningún
problema.
Sonrío mirando la mesa y le paso la bayeta antes de recoger la bandeja y
regresar a la cocina. Del me conoce desde hace sólo una semana, pero ya ha dicho
que no tengo nada de maldad. Mi abuela dice lo mismo, aunque añade que más me
valdría desarrollar un poco porque el mundo y la gente que lo habita no siempre
son buenos y amables.
Dejo la bandeja a un lado y empiezo a llenar el lavavajillas.
—¿Estás bien, Livy?
Me vuelvo hacia la ronca voz de Paul, el cocinero.
—Muy bien. ¿Y tú?
—De maravilla —dice, y continúa silbando y fregando las ollas.
Sigo colocando los platos en el lavavajillas y me digo a mí misma que todo irá
bien siempre y cuando no me acerque a esa máquina.
—¿Necesitas algo antes de que me vaya? —le preguntó a Sylvie al verla
entrar por la puerta de vaivén.
Envidio el hecho de que sea capaz de desempeñar todas sus tareas con tanta
facilidad y presteza, desde lidiar con esa maldita cafetera hasta apilar las tazas sin
siquiera mirarlas.
—No. —Se vuelve y se seca las manos en el mandil—. Vete tranquila. Nos
vemos mañana.
—Gracias. —Me quito el delantal y lo cuelgo—. Adiós, Paul.
—¡Que tengas una buena noche, Livy! —exclama mientras agita un cucharón
por encima de la cabeza.
Tras zigzaguear hasta la salida entre las mesas de la cafetería, empujo la
puerta y salgo a la calle. De pronto me acribillan unos enormes goterones.
—Genial.
Sonrío, me cubro la cabeza con la chaqueta vaquera y echo a correr.
Salto entre los charcos. Mis Converse no ayudan en absoluto a mantener
secos mis pies, y chapotean con cada paso apresurado que doy hacia la parada del
autobús.
Me dirijo a casa, entro corriendo y apoyo la espalda contra la puerta una vez
dentro para recuperar el aliento.
—¿Livy? —La voz ronca de mi abuela mejora al instante mi húmedo estado
de ánimo—.
Livy, ¿eres tú?
—¡Sí!
Cuelgo la chaqueta empapada en el perchero, me quito las estúpidas
Converse y me dirijo hacia la trascocina por el largo pasillo. Encuentro a mi abuela
inclinada sobre la cocina, removiendo una enorme olla de algo que sin duda será
sopa.
—¡Hola! —Deja la cuchara de madera y se acerca a mí con su típico balanceo.
Para tener ochenta y un años, es increíble y está muy despierta—. ¡Estás empapada!
—No es para tanto —le aseguro sacudiéndome el pelo mientras ella me
inspecciona de arriba abajo con la mirada y se centra en mi vientre plano cuando se
me levanta la camiseta.
—Necesitas engordar.
Pongo los ojos en blanco, pero le sigo la corriente.
—Me muero de hambre.
La sonrisa que se dibuja en su rostro arrugado me hace sonreír también a mí;
entonces me abraza y me frota la espalda.
—¿Qué has hecho hoy, abuela? —pregunto.
Me suelta y señala la mesa.
—Siéntate.
La obedezco inmediatamente y cojo la cuchara que me ha dejado preparada.
—¿Y bien?
Me mira con el ceño fruncido.
—¿Y bien, qué?
—Que qué has hecho hoy —repito.
—¡Ah! —Me pasa una servilleta—. Nada del otro mundo. He ido a comprar y
he preparado tu tarta de zanahoria favorita. —Señala la encimera, donde un pastel
espera a enfriarse sobre una rejilla. Pero no es de zanahoria.
—¿Me has hecho tarta de zanahoria? —pregunto mientras observo cómo
vuelve para servir dos cuencos de sopa.
—Sí, ya te he dicho que te he hecho tu tarta favorita, Livy.
—Pero mi favorita es la de limón, abuela. Ya lo sabes.
Lleva los cuencos a la mesa sin derramar ni una gota y los coloca encima.
—Sí, ya lo sé. Por eso te he preparado una tarta tatín de limón.
Echo otro vistazo por la cocina y compruebo que no me equivoco.
—Abuela, eso parece una tarta de piña.
Descansa las posaderas sobre la silla y me mira como si fuera a mí a la que se
le está yendo la cabeza.
—Es que es una tarta de piña. —Hunde la cuchara en el cuenco y sorbe un
poco de sopa de cilantro antes de coger un poco de pan recién horneado—. Te he
hecho tu favorita.
Está confundida, y yo también. Después de este breve intercambio, ya no
tengo ni idea de qué pastel ha hecho, pero me da igual. Miro a mi querida abuela y
observo cómo come. Tiene buen aspecto y no parece confundida. ¿Será esto el
comienzo? Me inclino hacia adelante.
—Abuela, ¿te encuentras bien? —Estoy preocupada.
Ella se echa a reír.
—¡Te estoy tomando el pelo, Livy!
—¡Abuela! —la reprendo, aunque me siento mejor al instante—. No deberías
hacer eso.
—Todavía no he perdido la chaveta. —Señala mi cuenco con la cuchara—.
Cena y cuéntame cómo te ha ido hoy.
Suspiro con dramática resignación y remuevo la sopa.
—No consigo pillarle el tranquillo a esa cafetera, lo cual es un problema,
porque el noventa por ciento de los clientes pide algún tipo de café.
—Ya te harás con ella —dice con confianza, como si fuese una experta en el
uso de ese maldito cacharro.
—No estoy segura. No creo que Del deje que me quede sólo para limpiar
mesas.
—Bueno, pero aparte de lo de la cafetera, ¿estás a gusto?
Sonrío.
—Sí, mucho.
—Bien. No puedes cuidar de mí eternamente. Una jovencita como tú debería
salir y divertirse, no estar aquí atendiendo a su abuela. —Me mira con cautela—.
Además, yo no necesito que nadie me cuide.
—A mí me gusta cuidar de ti —contesto tranquilamente, y me preparo para
la típica charla. Podría discutir esto hasta quedarme sin aliento y aún seguiría
discrepando.
Es una mujer frágil, no a nivel físico, pero sí mental, por mucho que insista en
que está bien. Coge aire. Me temo lo peor.
—Livy, no voy a abandonar las praderas verdes de Dios hasta que vea que tu
vida está en orden, y eso no va a suceder si te pasas el día mangoneándome. Se me
acaba el tiempo, así que más te vale que empieces a mover ese trasero.
Hago una mueca.
—Ya te lo he dicho. Soy feliz.
—¿Feliz escondiéndote de un mundo que tiene tanto que ofrecer? —pregunta
muy seria—.
Empieza a vivir, Olivia. Créeme, el tiempo pasa. Antes de que te des cuenta,
te estarán tomando medidas para colocarte una dentadura postiza, y tendrás miedo
de toser o estornudar por si se te escapa el pis.
—¡Abuela! —Me atraganto con un trozo de pan, pero no está de broma.
Habla muy en serio, como siempre que entablamos este tipo de conversaciones.
—Basado en hechos reales —suspira—. Sal ahí afuera. Aprovecha todo lo que
la vida ponga en tu camino. Tú no eres tu madre, Oliv...
—Abuela —le advierto con tono severo.
Se deja caer sobre el respaldo de su silla. Sé que se frustra conmigo, pero
estoy bien como estoy. Tengo veinticuatro años, he vivido con mi abuela desde que
nací, y en cuanto acabé los estudios me inventé toda clase de excusas para
quedarme en casa y poder vigilarla. Pero aunque yo estaba contenta de cuidar de
ella, ella no.
—Olivia, yo he seguido con mi vida, y tú también tendrías que hacerlo. Yo no
debería retenerte.
Sonrío y no sé qué decir. Ella no es consciente de ello, pero yo necesito estar
retenida. Al fin y al cabo, soy la hija de mi madre.
—Livy, dale un gusto a tu abuela. Ponte unos tacones y sal a divertirte.
Ahora soy yo la que se hunde en la silla. No puede evitarlo.
—Abuela, no me pondría tacones ni loca. —Me duelen los pies sólo de
pensarlo.
—¿Cuántos pares tienes de esas zapatillas de lona? —pregunta mientras me
unta más mantequilla en el pan y me lo pasa.
—Doce —contesto sin ningún pudor—. Pero son de colores diferentes.
—Tengo pensado comprarme unas en amarillo este sábado.
Hinco los dientes en el pan y sonrío cuando la veo resoplar de disgusto.
—Bueno, pero sal y diviértete. Gregory siempre te está invitando a salir. ¿Por
qué no aceptas una de sus constantes ofertas?
—Yo no bebo. —Por favor, que lo deje estar ya—. Y Gregory sólo me
arrastraría a todos los bares de ambiente —le explico levantando las cejas. Mi mejor
amigo ya se acuesta con bastantes hombres por los dos.
—Cualquier bar es mejor que ninguno. A lo mejor te gusta. —Se acerca y me
limpia unas migas de los labios. Después me acaricia la mejilla con suavidad. Sé lo
que va a decir—: Es increíble lo mucho que te le pareces.
—Lo sé.
Apoyo la mano sobre la suya y la dejo ahí mientras ella reflexiona en silencio.
No me acuerdo muy bien de mi madre, pero he visto las pruebas, y soy una copia
exacta de ella.
Incluso el pelo rubio forma ondas similares y cae en cascada sobre mis
hombros, como si tuviera demasiado para que mi minúsculo cuerpo pudiera
cargarlo. Es tremendamente pesado y sólo se comporta si me lo seco al aire y lo dejo
estar. Y mis ojos grandes y azul oscuro, como los de mi abuela y los de mi padre,
tienen un brillo cristalino. La gente suele decirme que parecen zafiros. Yo no lo veo.
Me pinto por gusto, no por necesidad, aunque siempre aplico poco maquillaje en mi
piel clara.
Después de darle tiempo suficiente para recordar, le cojo la mano y se la
coloco junto a su cuenco.
—Come, abuela —digo suavemente, y continúo tomándome la sopa.
Al verse arrastrada de nuevo al presente, sigue con su cena, pero en silencio.
Nunca ha superado el temerario estilo de vida de mi madre, un estilo de vida que le
robó a su niña. Han pasado dieciocho años y todavía la echa de menos muchísimo.
Yo no. ¿Cómo se puede echar de menos a alguien a quien apenas conociste? Pero
ver a mi abuela sumirse en esos tristes pensamientos de vez en cuando me resulta
doloroso.
Sí, definitivamente no hay nada como preparar un buen café. Estoy frente a la
cafetera de nuevo, pero esta vez sonrío. Lo he conseguido: una cantidad adecuada
de espuma, una textura sedosa y el punto justo de chocolate cubren perfectamente
la parte superior. Es una pena que sea yo quien vaya a bebérselo y no un cliente
agradecido.
—¿Está bueno? —pregunta Sylvie, que observa con emoción.
Asiento con un gemido y dejo la taza.
—La cafetera y yo nos hemos hecho amigas.
—¡Bien! —chilla, y me da un abrazo de alegría.
Me echo a reír y me uno a su entusiasmo. Miro por encima de su hombro y
veo que la puerta de la cafetería se abre.
—Me temo que la hora punta del mediodía está a punto de empezar —digo
separándome de ella—. Yo me encargo de éste.
—Vaya, qué seguridad —ríe Sylvie, y se aparta para darme acceso al
mostrador. Me sonríe y yo me dirijo al hombre que acaba de llegar.
—¿Qué desea? —pregunto, y me dispongo a anotar su pedido, pero no me
contesta.
Levanto la vista y lo sorprendo observándome atentamente. Empiezo a
revolverme nerviosa, incómoda ante su escrutinio—. ¿Caballero? —consigo
articular.
Abre unos ojos como platos.
—Eh..., un capuchino, por favor. Para llevar.
—Claro.
Me pongo con ello y dejo que don Ojos Como Platos supere la vergüenza. Me
acerco a mi nueva mejor amiga, lleno el filtro de café y lo coloco con éxito en el
soporte. Por ahora, todo bien.
—Ésa es la razón por la que Del no te va a despedir —susurra Sylvie por
encima de mi hombro, lo que me hace dar un respingo.
—Cállate —la reprendo mientras saco uno de los vasos para llevar del
estante y lo coloco debajo del filtro antes de presionar el botón correcto.
—Te está mirando.
—¡Sylvie, ya está bien!
—Dale tu número.
—¡No! —digo demasiado alto, y echo un vistazo atrás. Me está mirando—.
No me interesa.
—Es mono —opina ella.
Y la verdad es que tiene razón. Es muy mono, pero no me interesa.
—No tengo tiempo para relaciones.
Eso no es del todo cierto. Éste es mi primer trabajo, y antes de esto me he
pasado la mayor parte de mi vida adulta cuidando de mi abuela. Ahora ya no estoy
segura de si realmente necesita que la cuide, o si sólo es una excusa que me he
buscado.
Sylvie se encoge de hombros y me deja continuar. Termino y sonrío mientras
vierto la leche en el vaso, espolvoreo un poco de chocolate sobre la espuma y coloco
la tapa. Me siento superorgullosa de mí misma, y se me nota en la cara cuando me
vuelvo para entregarle el capuchino a don Ojos Como Platos.
—Son dos libras con ochenta, por favor. —Me dispongo a dejarlo sobre el
mostrador, pero él lo intercepta y me lo coge de la mano, procurando tocarme al
hacerlo.
—Gracias —dice, y sus suaves palabras obligan a mis ojos a posarse en los
suyos.
—De nada. —Aparto la mano lentamente y cojo el billete de diez libras que
me entrega—.
Enseguida le doy el cambio.
—No hace falta. —Sacude la cabeza suavemente y examina todo mi rostro—.
Aunque no me importaría que me dieses tu número de teléfono.
Oigo cómo Sylvie se descojona desde la mesa que está limpiando en ese
momento.
—Lo siento, tengo pareja.
Introduzco su pedido en la caja, reúno su cambio rápidamente y se lo entrego
ignorando el gesto de disgusto de Sylvie.
—Claro. —Él ríe ligeramente. Parece avergonzado—. Qué idiota soy.
Sonrío para que no se sienta tan violento.
—No pasa nada.
—No suelo pedirles el teléfono a todas las mujeres con las que me encuentro
—explica—.
No soy un bicho raro.
—En serio, da igual.
Ahora yo también siento vergüenza y deseo para mis adentros que se marche
pronto, antes de que le lance una taza a la cabeza a Sylvie. Noto que me mira
estupefacta. Empiezo a reordenar las servilletas, cualquier cosa que me aparte de
esta incómoda situación. Me dan ganas de darle un beso al hombre que acaba de
entrar con pinta de tener prisa.
—Debo atender al siguiente cliente —digo señalando por encima del hombro
de don Ojos Como Platos hacia el hombre de negocios con aspecto de estresado.
—¡Por supuesto! Disculpa. —Se aparta y alza el café a modo de
agradecimiento—. Hasta luego.
—Adiós. —Levanto la mano y, después, miro a mi siguiente cliente—. ¿Qué
desea, señor?
—Un caffè latte, sin azúcar. Y que sea rápido —dice sin apenas mirarme antes
de contestar al teléfono, alejarse del mostrador y tirar su maletín sobre una silla.
Apenas me doy cuenta de que don Ojos Como Platos se marcha, pero oigo
cómo las botas de motera de Sylvie se acercan a toda prisa hasta donde yo me
encuentro, enfrentándome a la cafetera de nuevo.
—¡No me puedo creer que lo hayas rechazado! —me reprende susurrando—.
Era un encanto.
Me apresuro a preparar mi tercer café perfecto, sin darle a su estupefacción la
atención que merece.
—No estaba mal —contesto como si nada.
—¿Que no estaba mal?
—Sí, no estaba mal.
No la miro, pero sé que está poniendo los ojos en blanco.
—Eres increíble —masculla, y acto seguido se marcha indignada, con su
voluptuoso trasero meneándose de un lado al otro al igual que su moño negro.
Sonrío triunfalmente de nuevo mientras entrego mi tercer café perfecto. La
sonrisa no se me borra cuando el cliente estresado me echa tres libras en la mano,
agarra el café y se larga sin decir siquiera gracias.
No paro en todo el día. Entro y salgo de la cocina, limpio un montón de
mesas y preparo decenas de cafés perfectos. En los descansos, me las apaño para
llamar a mi abuela, ganándome una reprimenda cada vez por ser tan pesada.
Cerca de las cinco en punto, me dejo caer sobre uno de los sillones marrones
de piel y abro una lata de Coca-Cola con la esperanza de que la cafeína y el azúcar
me devuelvan a la vida.
Estoy muerta.
—Livy, voy a tirar la basura —dice Sylvie sacando la bolsa negra de uno de
los cubos—.
¿Estás bien?
—De maravilla.
Levanto la lata y apoyo la cabeza en el respaldo del sofá, centrándome en las
luces del techo para resistir la tentación de cerrar los ojos. Estoy deseando llegar a
mi cama. Me duelen los pies, y necesito una ducha urgentemente.
—¿Trabaja alguien aquí o es un autoservicio?
Salto del sofá al oír el sonido de esa voz impaciente pero suave, y me vuelvo
para atender a mi cliente.
—¡Disculpe!
Corro hacia el mostrador, me golpeo la cadera con la esquina del banco y,
aguantándome el impulso de maldecir en voz alta, pregunto: —¿Qué desea?
Me froto la cadera y levanto la vista. Me quedo pasmada y suelto un grito
ahogado. Sus penetrantes ojos azules se clavan en los míos. Muy profundamente.
Desvío la mirada y observo la chaqueta abierta de su traje, un chaleco, una camisa y
una corbata azul pálido, su mentón cubierto por una oscura barba incipiente, y
cómo sus labios están separados lo justo.
Entonces me centro en sus ojos de nuevo. Son del color azul más intenso que
he visto jamás y me atraviesan con un aire de curiosidad. Tengo ante mí la
perfección encarnada y me he quedado maravillada.
—¿Sueles examinar tan profundamente a todos tus clientes? —pregunta
inclinando la cabeza a un lado con una perfecta ceja enarcada.
—¿Qué desea? —exhalo moviendo mi cuaderno hacia él.
—Un café americano, con cuatro expresos, dos de azúcar y lleno hasta la
mitad.
Las palabras brotan de su boca, pero no las oigo. Las veo. Las leo en sus
labios y las anoto mientras mantengo la vista fija en ellos. Sin darme cuenta, el boli
se me sale de la libreta, y empiezo a garabatearme los dedos. Miro hacia abajo
extrañada.
—¿Hola? —pregunta impaciente de nuevo, y levanto la vista.
Me permito retroceder un poco para poder admirar todo su rostro. Estoy
pasmada. No sólo por lo tremendamente impresionante que es, sino porque he
perdido todas mis funciones corporales excepto los ojos, que funcionan
perfectamente y parecen ser incapaces de desconectar de su impecable belleza. Ni
siquiera me desconcentro cuando apoya las palmas en el mostrador y se inclina
hacia adelante, propiciando que un mechón rebelde de su oscuro cabello alborotado
caiga sobre su frente.
—¿Te incomoda mi presencia? —inquiere. Lo leo en sus labios también.
—¿Qué desea? —exhalo una vez más meneando de nuevo mi cuaderno hacia
él.
Señala mi bolígrafo con la cabeza.
—Ya me lo has preguntado. Tienes mi pedido en la mano.
Miro abajo y veo que tengo los dedos manchados de tinta, pero no entiendo
lo que pone, ni siquiera al colocar la libreta a la altura de donde se me ha desviado
antes el boli.
Levanto lentamente los ojos y me topo con los suyos. Tiene un aire de saber
algo.
Parece engreído. Me tiene totalmente desconcertada.
Consulto la información almacenada en mi cerebro de los últimos minutos,
pero no encuentro ningún pedido de café, sólo imágenes de su rostro.
—¿Un capuchino? —pregunto esperanzada.
—Americano —responde suavemente con un susurro—. Con cuatro
expresos, dos de azúcar y lleno hasta la mitad.
—¡Muy bien! —Salgo de mi patético estado de encandilamiento y me dirijo
hacia la cafetera.
Me tiemblan las manos y se me sale el corazón del pecho. Golpeo el filtro
contra el cajón de madera para vaciar el poso con la esperanza de que el fuerte
ruido me devuelva la sensatez.
No sucede. Sigo sintiéndome... rara.
Tiro de la palanca del molinillo y cargo el filtro. Me está mirando. Siento sus
ojos azules clavados en mi espalda mientras yo preparo la cafetera que he acabado
adorando. Aunque ella no me corresponde en estos momentos. No hace nada de lo
que le digo. No consigo asegurar el filtro en el soporte; mis manos temblorosas no
ayudan en absoluto.
Inspiro profundamente para tranquilizarme y empiezo de nuevo. Consigo
meter el filtro y colocar la taza debajo. Pulso el botón y espero a que haga su trabajo
de espaldas al desconocido que tengo detrás. En toda la semana que llevo
trabajando en la cafetería de Del, esta máquina nunca había tardado tanto en filtrar
el café. Deseo para mis adentros que se dé prisa.
Después de toda una eternidad, cojo el café, le echo dos de azúcar y me
dispongo a añadir el agua.
—Cuatro expresos —dice interrumpiendo el incómodo silencio con una
suave voz ronca.
—¿Disculpe? —pregunto sin volverme.
—Lo he pedido con cuatro expresos.
Miro la taza que contiene sólo uno y cierro los ojos, rezando para que los
dioses del café me asistan. No sé cuánto tiempo más me lleva añadir los otros tres
expresos, pero cuando por fin me vuelvo para entregarle el café, está sentado en un
sofá, recostado sobre el respaldo, con su definida constitución estirada y
tamborileando en el apoyabrazos con los dedos. Su rostro no refleja ninguna
emoción, pero deduzco que no está contento y, por alguna extraña razón, eso me
entristece muchísimo. Llevo todo el día controlando perfectamente la cafetera, y
ahora, cuando más quiero aparentar que sé lo que me hago, acabo pareciendo una
estúpida incompetente. Me siento idiota mientras sostengo el vaso para llevar antes
de colocarlo sobre el mostrador.
Lo mira y luego vuelve a mirarme a mí.
—Es para tomar aquí —añade con expresión seria y con un tono neutro pero
mordaz.
Lo observo e intento descifrar si está haciéndose el difícil o si lo dice en serio.
No recuerdo que me lo haya pedido para llevar. Lo he dado por hecho. No parece el
tipo de persona que se sienta solo a tomar café en la cafetería del barrio. Tiene más
bien pinta de ir a sitios caros y de beber champán.
Cojo un platillo y una taza. Vierto en ella el café y coloco una cucharilla al
lado antes de dirigirme hacia él con paso firme. Por más que lo intento, no consigo
evitar el temblor de la taza sobre el plato. Lo coloco en la mesa baja y observo cómo
él hace girar el plato antes de levantar la taza, pero no me espero a ver cómo bebe.
Mis Converse y yo damos media vuelta y huimos de allí.
Cruzo la puerta de vaivén como un huracán y me encuentro a Paul
poniéndose el abrigo.
—¿Estás bien, Livy? —pregunta, y me examina con su cara redonda.
—Sí.
Me dirijo a la gran pila de metal para lavarme las manos sudadas y entonces
el teléfono de la cafetería empieza a sonar desde la pared. Paul toma la iniciativa de
contestar al llegar a la conclusión de que estoy decidida a frotarme las manos hasta
que desaparezcan.
—Es para ti, Livy. Yo me largo.
—Que tengas un buen fin de semana, Paul —digo, y me seco las manos antes
de coger el teléfono—. ¿Diga?
—Livy, cielo, ¿haces algo esta noche? —pregunta Del.
—¿Esta noche?
—Sí. Es que tengo un catering y me han dejado tirado. Anda, sé buena chica y
échame una mano.
—Uf, Del, me encantaría, pero... —No sé por qué he dicho que me encantaría,
porque lo cierto es que no me apetece nada, y no consigo terminar la frase porque
no encuentro ninguna excusa. No tengo nada que hacer esta noche, aparte de
perder el tiempo con mi abuela y escuchar cómo me riñe por ello.
—Venga, Livy, te pagaré bien. Estoy desesperado.
—¿Cuál es el horario? —Suspiro y me apoyo contra la pared.
—¡Eres la mejor! De siete a doce de la noche. Nada complicado, cielo. Sólo
hay que pasearse por ahí con bandejas de canapés y copas de champán. Está
chupado.
¿Chupado? Sigue siendo andar, y los pies a estas alturas ya me están
matando.
—Tengo que ir a casa a ver cómo está mi abuela y a cambiarme. ¿Qué me
pongo?
—Ve de negro, y estate en la entrada del personal del Hilton de Park Lane a
las siete, ¿vale?
—Vale.
Cuelga, y yo dejo caer la cabeza, pero mi atención pronto se desvía hacia la
puerta de vaivén cuando Sylvie la atraviesa con sus ojos castaños abiertos como
platos.
—¿Has visto eso?
Su pregunta me hace pensar al instante en la magnífica criatura que está
sentada tomando café fuera. Casi me echo a reír mientras coloco el auricular del
teléfono en su sitio.
—Sí, lo he visto.
—¡Joder, Livy! Los hombres como ése deberían llevar un cartel de
advertencia. —Echa un vistazo al salón y empieza a abanicarse la cara—. Joder, está
soplando el café para que se enfríe.
No necesito verlo. Me lo puedo imaginar.
—¿Trabajas esta noche? —pregunto intentando desviar sus babas hacia la
cocina.
—¡Sí! —Se vuelve hacia mí—. ¿Te ha llamado Del?
—Sí. —Cojo las llaves que llevo colgadas y cierro la puerta que da al callejón.
—Intentó persuadirme para que te lo preguntara yo, pero sé que no te hace
gracia trabajar de noche, estando tu abuela en casa. ¿Vas a ir?
—Sí, le he dicho que sí —contesto mirándola con cansancio.
En su rostro serio se forma una sonrisa.
—Es hora de cerrar. ¿Quieres ir tú a decirle que tiene que marcharse?
Una vez más, trato de controlar los temblores que me entran sólo de pensar
en mirarlo, y me lo tomo como un reto.
—Sí, ya voy yo —digo con una seguridad que no siento.
Relajo los hombros trazando círculos hacia atrás, camino con decisión, dejo a
Sylvie en la cocina y entro en el salón de la cafetería. Entonces me detengo de
pronto al ver que ya no está.
Me invade una extraña sensación mientras inspecciono el área. Me siento
entre abandonada y decepcionada.
—Uy, ¿adónde ha ido? —gimotea Sylvie abriéndose paso por detrás de mí.
—No lo sé —susurro.
Acto seguido, me acerco despacio al sofá desocupado, recojo el café a medio
beber y las tres libras que ha dejado. Separo la servilleta pegada en la parte inferior
del platillo y empiezo a despegarla, pero unas líneas negras captan mi atención y
me apresuro a estirarla sobre la mesa con una mano.
Dejo escapar un grito ahogado de asombro. Después me cabreo un poco.
Probablemente sea el peor americano con el que haya insultado a mi boca.
M
Arrugo la cara y la servilleta, disgustada. Formo una bola con ella y la meto
en la taza.
Menudo imbécil arrogante. No me enfado nunca, y sé que eso saca de quicio
a mi abuela y a Gregory, pero ahora estoy muy irritada. Y lo cierto es que es una
tontería. Pero no sé si es porque no he preparado un café bueno con lo bien que lo
he estado haciendo hoy, o si es porque no he conseguido la aprobación del hombre
perfecto. Y ¿qué significa esa «M»?
Tras encargarme de la taza, el platillo y la servilleta ofensiva y de cerrar el
establecimiento con Sylvie, finalmente, llego a la conclusión de que la «M» es de
«Mendrugo».



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Grey - (1) Lunes, 9 de Mayo de 2011

Ahora desde la perspectiva de Christian Grey! El libro "Grey" Online!

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Lunes, 9 de Mayo de 2011

Tengo tres autos. Van rápido por todo el piso. Muy rápido. Uno es rojo. Otro es verde. Otro es amarillo. Me gusta el verde. Es el mejor. A mami también le gustan. Me gusta cuando mami juega conmigo y los autos. El rojo es el mejor para ella. Hoy, está sentada en el sofá mirando a la pared. El auto verde vuela por la alfombra. El rojo le sigue. Luego el Amarillo. ¡Crash! Pero mami no ve. Lo hago de nuevo. ¡Crash! Pero Mami no ve. Señalo el auto verde a sus pies. Pero el auto verde se va por debajo del sofá. No puedo alcanzarlo. Mi mano es demasiado grande para el agujero. Mami no ve. Quiero mi auto verde. Pero Mami se queda en el sofá mirando a la pared. Mami. Mi auto. Ella no me escucha. Mami. Empujo su mano y ella se recuesta y cierra los ojos. No ahora, Maggot. No ahora, dice. Mi auto verde permanece bajo el sofá. Siempre está bajo el sofá. Puedo verlo. Pero no puedo alcanzarlo. Mi auto verde está borroso. Cubierto de pelaje gris y suciedad. Lo quiero de regreso. Pero no puedo alcanzarlo. Nunca puedo alcanzarlo. Mi auto verde está perdido. Perdido. Y no puedo jugar con él de nuevo nunca más.
Abro mis ojos y mi sueño se desvanece a la luz de la mañana. ¿De qué diablos iba eso? Agarro los fragmentos mientras se desvanecen, pero fallo en atrapar cualquiera de ellos.
Descartándolo, como lo hago la mayoría de las mañanas, me bajo de la cama y encuentro una sudadera recién lavada en mi vestidor. Afuera, un cielo grisáceo promete lluvia y no estoy de humor para recibirla durante mi carrera de hoy. Me dirijo arriba, al gimnasio, enciendo el televisor para las noticias de negocios de la mañana y me subo en la cinta.
Mis pensamientos divagan sobre el día. No tengo más que reuniones, aunque veré a mi entrenador personal más tarde para una rutina en mi oficina, Bastille siempre es un desafío bienvenido.
¿Quizá debería llamar a Elena?
Sí. Quizá. Podemos cenar en el transcurso de esta semana.
T
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Detengo la cinta, sin aliento, y me dirijo hacia la ducha para empezar otro monótono día.
~ * ~
—Mañana —murmuro, despachando a Claude Bastille cuando está de pie en el umbral de mi oficina.
—¿Grey, jugamos golf esta semana? —Bastille sonríe con una relajada arrogancia, sabiendo que su victoria en el campo de golf está asegurada.
Le frunzo el ceño mientras se da vuelta y se va. Sus palabras de despedida son como sal en mis heridas porque, a pesar de mis heroicos intentos durante nuestra rutina de hoy, mi entrenador personal me ha pateado el trasero. Bastille es el único que puede vencerme, y ahora quiere otro pedazo de carne en el campo de golf. Detesto el golf, pero muchos negocios se hacen en las calles, de modo que tengo que padecer sus lecciones ahí también… y, aunque odio admitirlo, jugar contra Bastille sí mejora mi juego.
Mientras miro por la ventana al horizonte de Seattle, el familiar tedio se filtra sin permiso en mi subconsciente. Mi humor es tan plano y gris como el clima. Mis días se están mezclando sin distinción y necesito alguna clase de diversión. He trabajado todo el fin de semana y, ahora, en los confines contiguos de mi oficina, estoy inquieto. No debería sentirme así, no después de varios encuentros con Bastille. Pero así me siento.
Frunzo el ceño. La aleccionadora verdad es que la única cosa que ha capturado mi interés recientemente ha sido mi decisión de enviar dos buques de carga a Sudán. Esto me recuerda que se supone que Ros regresará a mí con números y logística. ¿Qué rayos la está haciendo tardar? Reviso mi agenda y alcanzo el teléfono.
Maldita sea. Tengo que aguantar una entrevista con la persistente señorita Kavanagh para la revista estudiantil de la Universidad Estatal de Washington. ¿Por qué diablos accedí a eso? Detesto las entrevistas… vanas preguntas de personas desinformadas y envidiosas dirigidas a investigar sobre mi vida privada. Y ella es una estudiante. El teléfono vibra.
—Sí —le grito a Andrea, como si pudiera culparla. Al menos puedo hacer que esta entrevista sea corta.
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—La señorita Anastasia Steele está aquí para verlo, Sr. Grey.
—¿Steele? Estaba esperando a Katherine Kavanagh.
—Es la señorita Steele quien está aquí, señor.
Odio lo inesperado.
—Hágala pasar.
Bueno, bueno… la Señorita Kavanagh no está disponible. Conozco a su padre, Eamon, el dueño de Kavanagh Media. Hemos hecho negocios juntos y él parece un operador astuto y un ser humano racional. Esta entrevista es un favor hacia él, una que pretendo cobrar después, cuando me convenga. Y, tengo que admitir que estaba vagamente curioso por su hija, interesado en ver la manzana que ha caído lejos del árbol.
Una conmoción en la puerta me hace ponerme de pie mientras una maraña de largo cabello castaño, pálidas extremidades y botas marrones se zambulle en mi oficina. Reprimiendo mi molestia natural por tal torpeza, me apresuro hacia la chica que ha aterrizado sobre sus manos y rodillas en el piso. Sujetando unos hombros delgados, la ayudo a ponerse de pie.
Claros y avergonzados ojos encuentran los míos y detienen mis movimientos. Son del color más extraordinario, azul pulverizado, inocentes y, por un horrible momento, creo que puede ver a través de mí y estoy… expuesto. El pensamiento es desconcertante, así que lo descarto inmediatamente.
Ella tiene una pequeña y dulce cara que se está sonrojando ahora, de un inocente rosa pálido. Me pregunto brevemente si toda su piel es así de perfecta y cómo luciría rosa y cálida por el azote de una vara.
Maldición.
Detengo mis caprichosos pensamientos, alarmado por su dirección. ¿En qué demonios estás pensando, Grey? Esta chica es demasiado joven. Se queda boquiabierta y resisto la urgencia de poner los ojos en blanco. Sí, sí, nena, es solo un rostro y es solo piel. Necesito dispersar esa mirada admirativa de aquellos ojos pero, ¡tengamos algo de diversión en el proceso!
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—Señorita Kavanagh. Soy Christian Grey. ¿Está bien? ¿Quiere sentarse?
Ahí está ese sonrojo de nuevo. A cargo una vez más, la estudio. Es bastante atractiva… ligera, pálida, con una melena de cabello oscuro apenas contenido por un moño.
Una morena.
Sí, es atractiva. Extiendo mi mano mientras tartamudea el inicio de una mortificada disculpa y pone su mano en la mía. Su piel es fría y suave, pero su apretón es sorprendentemente firme.
—La señorita Kavanagh está indispuesta, así que me ha enviado a mí. Espero que no le importe, señor Grey. —Su voz es calmada con una musicalidad dudosa y parpadea erráticamente, largas pestañas agitándose.
Incapaz de evitar la diversión en mi voz mientras recuerdo su entrada poco elegante a mi oficina, le pregunto quién es.
—Anastasia Steele. Estudio literatura inglesa con Kate, digo… Katherine… bueno… la Señorita Kavanagh, en la Estatal de Washington, Campus Vancouver.
¿Del tipo tímida y estudiosa, eh? Lo parece: mal vestida, su ligera silueta escondida bajo un suéter sin forma, una falda acampanada color marrón y botas funcionales. ¿Tiene algún sentido del estilo? Mira nerviosamente alrededor de mi oficina, a cualquier parte menos a mí, noto, con divertida ironía.
¿Cómo puede ser periodista esa jovencita? No tiene una sola señal de asertividad en su cuerpo. Es nerviosa, dócil… sumisa. Desconcertado por mis pensamientos inapropiados, sacudo la cabeza y me pregunto si las primeras impresiones son confiables. Dejando de lado el cliché, le pido que se siente, luego noto su perspicaz mirada evaluando los cuadros de mi oficina. Antes de que pueda detenerme, me encuentro explicándolas:
—Un artista de aquí. Trouton.
—Son muy bonitos. Elevan lo cotidiano a extraordinario —dice soñadoramente, perdida en la exquisita y fina destreza del trabajo de Trouton. Su perfil es delicado, una nariz respingona y suaves y carnosos labios, y en sus palabras ha capturado mis sentimientos exactos. Elevan
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lo cotidiano a extraordinario. Es una astuta observación. La señorita Steele es brillante.
Concuerdo y observo, fascinado, mientras el rubor trepa lentamente por su piel una vez más. Mientras me siento al otro lado de ella, intento frenar mis pensamientos. Saca algunas arrugadas hojas de papel y una grabadora digital de su gran bolso. Es torpe, dejando caer la maldita cosa dos veces en mi mesa para café Bauhaus. Es obvio que nunca ha hecho esto antes pero, por alguna razón que no puedo comprender, lo encuentro divertido. Bajo circunstancias normales, su torpeza me irritaría como el infierno pero, ahora, escondo una sonrisa bajo mi dedo índice y resisto la urgencia de acomodarla por mí mismo.
Mientras hurga y se pone más y más nerviosa, se me ocurre que podría refinar sus habilidades motoras con la ayuda de una fusta. Expertamente manejada, puede controlar al más inquieto. El errante pensamiento me hace cambiar de posición en mi silla. Me mira y se muerde su carnoso labio superior.
¡Joder! ¿Cómo no me di cuenta de lo provocadora que es esa boca?
—Pe… perdón. No suelo utilizarla.
Puedo verlo, nena, pero justo ahora me importa un carajo porque no puedo apartar mis ojos de tu boca.
—Tómese todo el tiempo que necesite, señorita Steele. —Necesito otro momento para poner en orden mis obstinados pensamientos.
Grey… detén esto, ahora.
—¿Le importa que grabe sus respuestas? —pregunta, su rostro cándido y expectante.
Quiero reírme.
—¿Me lo pregunta ahora, después de lo que le ha costado preparar la grabadora?
Parpadea, sus ojos grandes y perdidos por un momento y soy derrotado por el poco familiar sentimiento de culpa.
Deja de ser una mierda, Grey.
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—No, no me importa. —No quiero ser responsable por esa mirada.
—¿Le explicó Kate, digo, la señorita Kavanagh, para qué era la entrevista?
—Sí. Para el último número de este curso de la revista de la facultad, porque yo entregaré los títulos de la ceremonia de graduación de este año. —Por qué demonios he accedido a hacer eso, no lo sé. Sam de Relaciones Publicas me ha dicho que el departamento de ciencias ambientales de la Estatal de Washington necesita la publicidad para poder atraer fondos adicionales que complementen lo que les he dado, y Sam haría cualquier cosa por exposición ante la prensa.
La señorita Steele parpadea una vez más, como si esto fuera una noticia para ella, y parece desaprobarla. ¿No ha hecho ningún estudio previo para esta entrevista? Debería saberlo. El pensamiento me hiela la sangre. Es… desagradable, no algo que espero de alguien que está aprovechándose de mi tiempo.
—Bien. Tengo algunas preguntas, Señor Grey. —Se pone un mechón de cabello tras la oreja, distrayéndome de mi molestia.
—Sí, creo que debería preguntarme algo —digo secamente. Hagámosla estremecerse. Juiciosamente, lo hace, luego se endereza y acomoda sus pequeños hombros. Está en modo profesional. Inclinándose hacia adelante, presiona el botón de inicio en la grabadora y frunce el ceño mientras mira sus arrugadas notas.
—Es usted muy joven para haber amasado este imperio. ¿A qué se debe su éxito?
Seguramente puede hacer algo mejor que esto. Qué pregunta tan tonta. Ni una pizca de originalidad. Es decepcionante. Lanzo mi respuesta usual sobre tener a personas excepcionales trabajando para mí. Personas en las que confío, si es que confío en alguien, y les pago bien, blablablá… pero, señorita Steele, el simple hecho es que soy brillante en lo que hago. Para mí, es como desprender un tronco. Comprar descompuestas y mal dirigidas compañías y arreglarlas, conservando algunas o, si están realmente en quiebra, desarmando sus activos y vendiéndolos al mejor postor. Es simplemente una cuestión de saber la diferencia entre los dos e, invariablemente, se resume a las personas a cargo. Para tener éxito en los negocios, necesitas buenas personas y yo puedo juzgar a una persona mejor que la mayoría.
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—Quizá solo ha tenido suerte —dice calladamente.
¿Suerte? Un escalofrío de molestia me atraviesa. ¿Suerte? ¿Cómo se atreve? Parece modesta y calmada, ¿pero esta pregunta? Nadie ha sugerido jamás que he tenido suerte. Trabajo duro, traigo personas conmigo, las vigilo de cerca y las estudio si necesito hacerlo y, si no son buenas para el trabajo, las descarto. Esto es lo que hago y lo hago bien. ¡No tiene nada que ver con la suerte! Bueno, al diablo con eso. Presumiendo mi erudición, cito las palabras de Andrew Carnegie, mi industrial favorito.
—El crecimiento y desarrollo de las personas es la labor más importante de los directivos.
—Parece un maniático del control —dice, y habla perfectamente en serio.
¿Qué demonios? Quizá ella sí puede ver a través de mí.
“Control” es mi segundo nombre, cariño.
La miro fijamente, esperando intimidarla.
—Oh, bueno, lo controlo todo, señorita Steele. —Y me gustaría controlarla a usted, justo aquí y ahora.
Ese atractivo rubor atraviesa su rostro y se muerde aquel labio de nuevo. Divago, intentando distraerme de su boca.
—Además, decirte a ti mismo, en tu fuero más íntimo, que has nacido para ejercer el control te concede un inmenso poder.
—¿Le parece a usted que su poder es inmenso? —pregunta con una suave y tranquilizadora voz, pero enarca una delicada ceja con una mirada que expresa su censura. ¿Está, deliberadamente, tratando de provocarme? ¿Son sus preguntas, su actitud o el hecho de que la encuentro atractiva, lo que me está molestando? Mi irritación crece.
—Tengo más de cuarenta mil empleados. Eso me otorga un cierto sentido de la responsabilidad… poder, si lo prefiere. Si decidiera que ya no me interesa el negocio de las telecomunicaciones y lo vendiera todo, veinte mil personas pasarían apuros para pagar la hipoteca en poco más de un mes.
Su boca se abre por mi respuesta. Eso es más como debe ser. Chúpate esa, nena. Siento mi equilibrio retornar.
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—¿No tiene que responder ante una junta directiva?
—Soy dueño de mi empresa. No tengo que responder ante ninguna junta directiva. —Debería saber esto.
—¿Y cuáles son sus intereses aparte del trabajo? —continúa apresuradamente, midiendo correctamente mi reacción. Sabe que estoy enojado y, por alguna inexplicable razón, esto me complace.
—Me interesan cosas muy diversas, señorita Steele. Muy diversas. —Imágenes de ella en varias posiciones en mi cuarto de juegos destellan en mi mente: encadenada a la cruz, extendida en la cama con dosel, extendida en el banco de azotes. Y, miren, ahí está ese rubor de nuevo. Es como un mecanismo de defensa.
—Pero si trabaja tan duro, ¿qué hace para relajarse?
—¿Relajarme? —Esas palabras saliendo de su boca inteligente suenan raras, pero divertidas. Además, ¿cuándo tengo tiempo para relajarme? Ella no tiene idea de lo que hago. Pero me mira de nuevo con aquellos grandes e ingeniosos ojos y, para mi sorpresa, me encuentro considerando su pregunta. ¿Qué hago para relajarme? Navegar, volar, follar… probar los límites de atractivas morenas como ella y hacerlas obedecer... el pensamiento me hace mover en mi silla, pero le respondo suavemente, omitiendo unos cuantos pasatiempos favoritos.
—Invierte en fabricación. ¿Por qué, específicamente?
—Me gusta construir. Me gusta saber cómo funcionan las cosas, cuál es su mecanismo, cómo se montan y se desmotan. Y me encantan los barcos. ¿Qué puedo decirle? —Transportan comida alrededor del planeta.
—Parece que el que habla es su corazón, no la lógica o los hechos.
¿Corazón? ¿Yo? Oh, no, nena.
Mi corazón fue destrozado sin poder ser reconocido hace mucho tiempo.
—Es posible. Aunque algunos dirían que no tengo corazón.
—¿Por qué dirían algo así?
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—Porque me conocen bien. —Le muestro una irónica sonrisa. De hecho, nadie me conoce tan bien, excepto quizá Elena. Me pregunto qué haría ella con la pequeña señorita Steele aquí. Esta chica es una masa de contradicciones: tímida, torpe, obviamente brillante y excitante como el infierno.
Sí, de acuerdo, lo admito. La encuentro seductora.
Ella recita la próxima pregunta por repetición.
—¿Dirían sus amigos que es fácil conocerlo?
—Soy una persona muy reservada, señorita Steele. Hago todo lo posible por proteger mi vida privada. No suelo ofrecer entrevistas. —Haciendo lo que hago, viviendo la vida que he elegido, necesito mi privacidad.
—¿Por qué aceptó esta?
—Porque soy mecenas de la universidad y, porque, por más que lo intenté, no podía sacarme de encima a la señorita Kavanagh. No dejaba de dar lata a mis relaciones públicas y admiro esa tenacidad. —Pero me alegra que fuera usted quien viniera y no ella.
—También invierte en tecnología agrícola. ¿Por qué le interesa este ámbito?
—El dinero no se come, señorita Steele, y hay demasiada gente en el mundo que no tiene qué comer. —La miro fijamente, con cara de póker.
—Suena muy filantrópico. ¿Le apasiona la idea de alimentar a los pobres del mundo? —Me considera con una mirada perpleja y como si yo fuera un enigma, pero no hay manera de que la deje ver en mi oscura alma. Esta no es una zona de discusión abierta. Pasa la página, Grey.
—Es un buen negocio —murmuro, fingiendo aburrimiento, e imagino follar esa boca para distraerme de todos los pensamientos de hambre. Sí, su boca necesita entrenamiento y la imagino sobre sus rodillas ante mí. Bien, ese pensamiento es interesante.
Ella recita la próxima pregunta, arrastrándome fuera de mi fantasía.
—¿Tiene una filosofía? Y si la tiene, ¿en qué consiste?
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—No tengo una filosofía como tal. Quizá un principio que me guía… de Carnegie: ―Un hombre que consigue adueñarse absolutamente de su mente, puede adueñarse de cualquier otra cosa para la que esté legalmente autorizado‖. Soy muy peculiar, muy tenaz. Me gusta el control… de mí mismo y de los que me rodean.
—¿Entonces quiere poseer cosas?
Sí, nena. A ti, por ejemplo. Frunzo el ceño, sorprendido por el pensamiento.
—Quiero merecer poseerlas, pero sí, en el fondo es eso.
—Parece usted el paradigma del consumidor. —Su voz está teñida de desaprobación, irritándome de nuevo.
—Lo soy.
Suena como una niña rica que ha tenido todo lo que siempre ha deseado, pero cuando miro de cerca su ropa, está vestida con prendas de alguna tienda barata como Old Navy o H&M, así que sé que no es eso. Ella no ha crecido en un entorno pudiente.
Podría cuidar de ti.
¿De dónde diablos vino eso?
Aunque, ahora que lo considero, sí que necesito una nueva sumisa. ¿Han pasado qué, dos meses desde Susannah? Y aquí estoy, salivando por esta mujer. Intento mostrar una sonrisa agradable. No hay nada malo con el consumo, después de todo, conduce lo que queda de la economía americana.
—Fue un niño adoptado. ¿Hasta qué punto cree que ha influido en su manera de ser?
¿Qué tiene esto que ver con el precio del petróleo? Qué pregunta tan ridícula. Si me hubiera quedado con la perra drogadicta, probablemente estaría muerto. La descarto con una ―no respuesta‖, tratando de mantener el tono de mi voz, pero ella me presiona, demandando saber qué edad tenía cuando fui adoptado.
¡Cállala, Grey!
Mi tono es frío.
—Todo el mundo lo sabe, señorita Steele.
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Debería saber esto también. Ahora parece contrita mientras se pone un mechón de cabello tras la oreja. Bien.
—Ha tenido que sacrificar su vida familiar por el trabajo.
—Eso no es una pregunta —espeto.
Se sorprende, claramente avergonzada, pero tiene la gracia de disculparse mientras reformula la pregunta.
—¿Ha tenido que sacrificar su vida familiar por el trabajo?
¿Qué quiero con una familia?
—Tengo familia. Un hermano, una hermana y unos padres que me quieren. Pero no me interesa seguir hablando mi familia.
—¿Es usted gay, señor Grey?
¡¿Qué demonios?!
¡No puedo creer que ella haya dicho eso en voz alta! Irónicamente, es una pregunta que incluso mi propia familia no haría. ¡Cómo se atreve! Tengo una repentina urgencia de arrastrarla fuera del asiento, ponerla sobre mi rodilla, palmearla y luego follarla sobre mi escritorio con sus manos atadas tras su espalda. Eso respondería su ridícula pregunta. Tomo un profundo aliento para tranquilizarme. Para mi vengativo goce, ella parece mortificada por su propia pregunta.
—No, Anastasia, no soy gay. —Enarco las cejas, pero mantengo mi expresión impasible. Anastasia. Es un nombre adorable. Me gusta la forma en que se enrolla mi lengua al pronunciarlo.
—Le pido disculpas. Está…. Bueno... Está aquí escrito. —Ella hace de nuevo aquella cosa con su cabello tras su oreja. Obviamente es un hábito nervioso.
¿No son estas sus preguntas? Le pregunto, y palidece. Maldita sea, es realmente atractiva, de una manera discreta.
—Bueno… no. Kate… la señorita Kavanagh… me ha pasado una lista.
—¿Son compañeras de la revista de la facultad?
—No. Es mi compañera de piso.
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No hay duda de por qué está tan nerviosa. Me rasco la barbilla, debatiéndome entre hacerla o no hacerla pasar un mal rato.
—¿Se ha ofrecido usted para hacer esta entrevista? —pregunto, y soy recompensado con su mirada sumisa: está nerviosa por mi reacción. Me gusta el efecto que tengo sobre ella.
—Me lo ha pedido ella. No se encuentra bien. —Su voz es suave.
—Esto explica muchas cosas.
Hay un golpe en la puerta y Andrea aparece.
—Señor Grey, perdone que lo interrumpa, pero su próxima reunión es dentro de dos minutos.
—No hemos terminado, Andrea. Cancele mi próxima reunión, por favor.
Andrea se queda boquiabierta por lo que he dicho, confundida. La miro fijamente. ¡Fuera! ¡Ahora! Estoy ocupada con la pequeña señorita Steele aquí.
—Muy bien, señor Grey —dice, recuperándose con rapidez y girando sobre sus talones para dejarnos nuevamente a solas.
Vuelvo mi atención a la intrigante y frustrante criatura sobre mi sofá.
—¿Por dónde íbamos, señorita Steele?
—No quisiera interrumpir sus obligaciones.
Oh, no, nena. Es mi turno ahora. Quiero saber si hay secretos que revelar bajo ese adorable rostro.
—Quiero saber de usted. Creo que es lo justo. —Mientras me recuesto y presiono mis dedos contra mis labios, sus ojos destellan hacia mi boca y traga saliva. Oh, sí, el efecto de siempre. Y es gratificante saber que no es completamente ajena a mis encantos.
—No hay mucho que saber —dice, su rubor regresando.
Estoy intimidándola.
—¿Qué planes tiene después de graduarse?
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—No he hecho planes, señor Grey. Tengo que aprobar los exámenes finales.
—Aquí tenemos un excelente programa de prácticas.
¿Qué me ha poseído para decir esto? Es contra las reglas, Grey. Nunca folles al personal…. Pero no estás follando a esta chica.
Parece sorprendida y sus dientes saltan sobre aquel labio de nuevo. ¿Por qué es eso tan excitante?
—Oh, lo tendré en cuenta —responde—. Aunque no creo que encajara aquí.
—¿Por qué lo dice? —pregunto. ¿Qué hay de malo con mi empresa?
—Es obvio, ¿no?
—Para mí no. —Estoy confundido por su respuesta. Está nerviosa una vez más mientras alcanza la grabadora.
Mierda, se va. Mentalmente, reviso mi agenda para esta tarde. No hay nada que no pueda esperar.
—¿Le gustaría que le enseñara el edificio?
—Seguro que está muy ocupado, señor Grey, y yo tengo un largo camino.
—¿Vuelve en auto a Vancouver? —Miro por la venta. Es tremendo camino, y está lloviendo. Ella no debería estar conduciendo con este clima, pero no puedo prohibírselo. El pensamiento me irrita—. Bueno, conduzca con cuidado. —Mi voz es más severa de lo que pretendo. Ella se enreda con la grabadora. Quiere salir de mi oficina y, para mi sorpresa, no quiero que se vaya.
—¿Me ha preguntado todo lo que necesita? —le pregunto en un transparente esfuerzo de prologar su estadía.
—Sí, señor —dice tranquilamente. Su respuesta me deja pasmado, la forma en que aquellas palabras suenan saliendo de aquella boca inteligente, y por un momento imagino esa boca a mi entera disposición.
—Gracias por la entrevista, señor Grey.
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—Ha sido un placer —respondo, muy en serio, porque no he estado así de fascinado por nadie en un tiempo. El pensamiento es desconcertante. Ella se pone de pie y yo extiendo la mano, ansioso de tocarla.
—Hasta la próxima, señorita Steele. —Mi voz es baja cuando pone su mano sobre la mía. Sí, quiero azotar y follar a esta chica en mi cuarto de juegos. Tenerla atada y necesitada… necesitándome, confiando en mí. Trago saliva.
No va a pasar, Grey.
—Señor Grey. —Asiente y retira su mano rápidamente, muy rápidamente.
No puedo dejarla ir así. Es obvio que está desesperada por partir. Es irritante, pero la inspiración me golpea cuando abro la puerta de mi oficina.
—Asegúrese de cruzar la puerta con buen pie, señorita Steele —bromeo.
Sus labios forman una dura línea.
—Muy amable, señor Grey —espeta.
¡La señorita Steele es respondona! Sonrío detrás de ella cuando sale y la sigo afuera. Andrea y Olivia, ambas, levantan la mirada con sorpresa. Sí, sí. Solo veo salir a la chica.
—¿Ha traído abrigo? —pregunto.
—Chaqueta.
Le lanzo una mirada a Olivia e inmediatamente se levanta de un salto para recuperar una chaqueta azul marino, pasándomela con su usual expresión atontada. Cristo, Olivia es fastidiosa, soñando despierta conmigo todo el tiempo.
Hmm. La chaqueta está usada y es barata. La señorita Anastasia Steele debería estar mejor vestida. La sostengo para ella mientras la acomodo en sus delgados hombros, toco su piel en la base del cuello. Ella se queda quieta por el contacto y palidece.
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¡Sí! Está afectada por mí. El conocimiento es inmensamente placentero. Acercándome al ascensor, presiono el botón de llamada mientras ella se mueve nerviosamente a mi lado.
Oh, yo podría detener tus movimientos, nena.
Las puertas se abren y ella se escabulle, luego se da vuelta para enfrentarme. Es más que atractiva. Iría muy lejos en decir que es hermosa.
—Anastasia —digo, a manera de despedida.
—Christian —responde, su voz suave. Y las puertas del ascensor se cierran, dejando mi nombre colgando en el aire entre nosotros, sonando raro y poco familiar, pero sensual como el infierno.
Necesito saber más sobre esta chica.
—Andrea —ladro mientras regreso a mi oficina—. Ponga a Welch en la línea ahora.
Mientras me siento en mi escritorio y espero la llamada, miro los cuadros en la pared de mi oficina y las palabras de la señorita Steele regresan a mí. ―Elevan lo cotidiano a lo extraordinario‖. Ella podría haber estado describiéndose a sí misma, fácilmente.
Mi teléfono suena.
—Tengo al Sr. Welch en la línea para usted.
—Páselo.
—Sí, señor.
—Welch, necesito un estudio de antecedentes.


El infierno de Gabriel - Cap.1 y 2


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—¿Señorita Mitchell?
La voz del profesor Gabriel Emerson atravesó el aula en dirección a la atractiva joven de cabello castaño sentada en las últimas filas. Perdida en sus pensamientos, o en la traducción, tenía la cabeza gacha, mientras tomaba notas frenéticamente en su cuaderno.
Diez pares de ojos se volvieron hacia ella y contemplaron su cara pálida, sus largas pestañas y sus delgados dedos, que sostenían un bolígrafo. Luego, esos mismos diez pares de ojos se volvieron hacia el profesor, que permanecía inmóvil y había empezado a fruncir el cejo.
Su actitud mordaz contrastaba vivamente con la atractiva simetría de sus rasgos: con sus ojos, grandes y expresivos, y su boca de labios gruesos. Era uno de esos hombres guapos de aspecto duro, pero en esos momentos su gesto amargo y severo estropeaba el efecto.
—Ejem.
Una tos discreta a su derecha llamó la atención de la joven, que levantó la vista hacia el estudiante de anchos hombros sentado a su lado. Sonriendo, éste señaló con la mirada hacia el profesor.
Ella siguió el recorrido de su mirada y se encontró con unos ojos azules y muy enfadados. Tragó saliva audiblemente.
—Estoy esperando una respuesta, señorita Mitchell. Si le apetece unirse a la clase —añadió, con una voz tan glacial como su mirada.
El resto de alumnos del seminario se revolvieron inquietos en sus asientos y se dirigieron miradas furtivas. En éstas se leían preguntas del tipo «¿Qué mosca le ha picado?», pero ninguno dijo nada. (Porque es de sobra conocido que los licenciados odian enfrentarse a sus profesores sobre el tema que sea, no digamos ya por una falta de educación.)
La joven abrió la boca para contestar, pero cambió de opinión en seguida y la cerró, sin apartar la vista en ningún momento de aquellos imperturbables ojos azules. Los de ella estaban tan abiertos que le daban aspecto de conejito asustado.
—¿Habla nuestro idioma, señorita Mitchell? —se burló el profesor.
A una chica morena sentada a la derecha de él se le escapó la risa, aunque trató de disimularla con una tos poco convincente. Todos los ojos volvieron a dirigirse hacia el conejito asustado, que se había ruborizado furiosamente y que agachó la cabeza, apartando la vista del profesor.
—Dado que la señorita Mitchell parece estar asistiendo a un seminario paralelo en un idioma distinto, ¿tal vez alguien sería tan amable de responder a mi pregunta?
La belleza morena sentada a su lado estuvo encantada de hacerlo. Se volvió hacia él y le dirigió una sonrisa deslumbrante, mientras respondía a su pregunta con todo detalle, gesticulando mucho con las manos mientras citaba a Dante en italiano. Al terminar, dedicó una sonrisa ácida a la recién llegada, se volvió de nuevo hacia el señor Emerson y suspiró. Lo único que le faltó fue rodar un poco por el suelo y frotarse contra su pierna para demostrarle que nada la haría más feliz que ser su mascota. (Aunque a él no le habría gustado nada que lo hiciera.)
El profesor frunció el cejo de manera casi imperceptible a nadie en particular y se volvió para escribir en la pizarra. El conejito asustado parpadeó con fuerza varias veces mientras seguía tomando apuntes, pero gracias a Dios no lloró.
Más tarde, mientras el señor Emerson seguía hablando sin parar sobre el conflicto entre güelfos y gibelinos, un trozo de papel doblado apareció sobre el diccionario de italiano del conejito asustado. Al principio ella no se dio cuenta, pero un nuevo «ejem» hizo que se volviera hacia el guapo joven sentado a su lado. Esta vez él le dedicó una sonrisa más amplia y le señaló la nota con los ojos.
Al verla, ella parpadeó sorprendida. Vigilando la espalda del profesor, que no dejaba de rodear con círculos palabras italianas, se llevó la nota al regazo y la abrió discretamente.
Emerson es un asno.
Aunque nadie que no hubiera estado observándola se habría dado cuenta, al leer la nota se ruborizó de un modo distinto. Le aparecieron dos nubes de color rosa en las mejillas mientras sonreía. No fue una sonrisa de las que dejan los dientes al descubierto, ni de las que hacen aparecer arrugas de expresión ni hoyuelos, pero era una sonrisa.
Se volvió hacia su vecino, que le sonrió a su vez, franco y
amistoso.
—¿Algo divertido que quiera compartir con nosotros, señorita Mitchell?
Los ojos de la nueva alumna se abrieron aterrorizados y la sonrisa de su nuevo amigo desapareció de su cara al volverse para mirar al profesor.
Sin atreverse a enfrentarse al señor Emerson, ella bajó la cabeza y se quedó inmóvil, mordisqueándose el labio inferior.
—Ha sido culpa mía, profesor. Le estaba preguntando por qué página íbamos —dijo el chico, tratando de protegerla.
—Una pregunta poco apropiada para un estudiante que está preparando el doctorado, Paul. Pero ya que lo preguntas, estamos empezando el primer canto. Espero que seas capaz de encontrarlo sin la ayuda de la señorita Mitchell. Ah, y ¿señorita Mitchell?
La cola del conejito asustado tembló un poco al levantar la vista hacia él.
—La espero en mi despacho después de clase.
2
Al acabar el seminario, Julia Mitchell guardó apresuradamente el trozo de papel dentro del diccionario de italiano, junto a la entrada de la palabra asino, asno.
—Siento lo que ha pasado. Soy Paul Norris —la saludó su amable compañero, tendiéndole una enorme mano.
La joven se la estrechó y Paul se maravilló de lo pequeña que era la de ella comparada con la suya. Podría rompérsela con sólo doblar la muñeca.
—Hola, Paul. Yo soy Julia. Julia Mitchell.
—Encantado de tenerte por aquí, Julia. Siento que Emerson se haya comportado como un gilipollas. Ahora entenderás por qué su apodo es El Profesor, con mayúscula —dijo él, con no poco sarcasmo.
Ella se ruborizó levemente y volvió a centrarse en sus libros.
—Eres nueva, ¿no? —continuó Paul, ladeando la cabeza para mirarla.
—Acabo de llegar de la Universidad de Saint Joseph.
Él asintió como si la conociera.
—¿Has venido a hacer un curso de doctorado?
—Sí. —Señalando hacia las primeras filas, añadió—: Ya sé que no lo parece, pero teóricamente estoy estudiando para especializarme en Dante.
El chico soltó un silbido de admiración.
—Entonces, ¿estás aquí por Emerson?
Ella asintió y, al fijarse en su cuello, Paul se dio cuenta de que el pulso se le aceleraba. Como no encontraba una explicación para ello, se olvidó del tema, aunque más tarde volvería a acordarse.
—Tiene un carácter difícil, por lo que no tiene demasiados alumnos, pero es mi director de tesis. Y también el de Christa Peterson, ya la conoces.
—¿Christa?
—La coqueta de la primera fila. Es su otra alumna de doctorado, aunque su auténtico objetivo es convertirse en la futura señora Emerson. Acaba de llegar y ya le hace galletas, se deja caer por su despacho, le envía mensajes telefónicos. Es increíble.
Julia asintió, pero no dijo nada.
—Christa no parece consciente de la estricta política de no
confraternización de la Universidad de Toronto —explicó Paul, que fue recompensado con una sonrisa preciosa.
Se dijo que iba a tener que hacer sonreír a Julia Mitchell más a menudo. Pero eso tendría que esperar, de momento.
—Será mejor que vayas. Quería verte después de clase y te estará esperando.
Julia guardó sus cosas a toda prisa en la vieja mochila L. L. Bean que la había acompañado desde su primer año en la universidad.
—Ejem, no sé dónde está su despacho.
—Cuando salgas, gira a la izquierda y luego gira otra vez a la izquierda. El suyo es el último, al final del pasillo. Buena suerte y, si no nos vemos antes, hasta la próxima clase.
Ella le dedicó una sonrisa agradecida y salió del aula.
Al doblar la esquina, vio que El Profesor había dejado la puerta del despacho abierta. Se quedó delante, nerviosa, dudando sobre si llamar primero o asomar la cabeza directamente. Tras unos segundos de duda, se decidió por la primera opción. Armándose de valor, respiró hondo, contuvo el aliento y levantó el puño. Justo entonces, oyó:
—Siento no haberte devuelto la llamada. ¡Estaba en clase! —exclamó la voz enfadada que ya empezaba a resultarle familiar. Se hizo un breve silencio antes de que volviera a hablar—: ¡Porque era el primer seminario de este curso, idiota, y porque la última vez que hablé con ella me dijo que estaba bien!
Julia se apartó de la puerta. Al parecer, el señor Emerson estaba hablando por teléfono, gritándole a alguien. No quería ser su siguiente víctima, así que decidió huir y afrontar las consecuencias más tarde. Pero justo entonces lo oyó sollozar. Fue un sonido ronco, desgarrador, que le llegó al alma, impidiéndole marcharse.
—¡Claro que habría querido estar allí! La quería. Claro que habría querido estar allí. —Le llegó otro sollozo desde detrás de la puerta—. No sé a qué hora llegaré. Diles que voy de camino. Iré al aeropuerto y tomaré el primer avión que salga, pero no sé cuándo llegaré.
Otra pausa.
—Lo sé. Diles que lo siento. Que lo siento mucho... —Su voz se perdió entre sollozos y Julia lo oyó colgar el teléfono.
Sin pensar, se asomó.
El hombre, de treinta y pico años, tenía la cabeza apoyada en las manos y lloraba con los codos apoyados en el escritorio. Julia vio
cómo le temblaban los hombros. Percibió la angustia y el dolor que brotaban de su pecho. Y sintió compasión.
Quería acercarse a él, rodearle el cuello con los brazos y ofrecerle consuelo. Quería acariciarle la cabeza y decirle que lo sentía mucho. Por un momento, se imaginó cómo sería secar las lágrimas de aquellos expresivos ojos azules como zafiros y verlos volverse hacia ella con amabilidad. Se imaginó dándole un casto beso en la mejilla, sólo para confortarlo.
Pero verlo llorar de esa manera, como si acabaran de romperle el corazón, la dejó clavada en el suelo, por lo que no hizo nada de lo que se había imaginado. Al darse cuenta de dónde estaba, volvió a esconderse detrás de la puerta, a ciegas sacó un trozo de papel de la mochila y escribió:
Lo siento.
Julia Mitchell
Luego, sin saber qué hacer, colocó la nota en la jamba de la puerta y la cerró silenciosamente.
La timidez no era el rasgo más característico de Julia. Su mayor cualidad, la que la definía como persona, era la compasión, algo que no había heredado de sus padres. Su padre, aunque era un hombre decente, tenía tendencia a ser rígido e inflexible. Su madre, ya fallecida, no había mostrado compasión hacia nadie en toda su vida, ni siquiera hacia su única hija.
Tom Mitchell era hombre de pocas palabras, pero bastante popular y, en general, apreciado por sus vecinos. Era conserje en la Universidad de Susquehanna y jefe de bomberos de Selinsgrove, Pensilvania. Dado que el departamento de bomberos estaba formado íntegramente por voluntarios, Tom y el resto de sus compañeros estaban de guardia permanente. Se sentía orgulloso de su responsabilidad y le dedicaba mucho tiempo y energía, lo que implicaba que no paraba mucho en casa, ni siquiera cuando no había ninguna emergencia. La noche del primer seminario de Julia, la llamó por teléfono desde el parque de bomberos, contento al ver que por fin respondía al móvil.
—¿Cómo van las cosas, Jules? —le preguntó. Su voz, poco dada a sentimentalismos, la confortó igualmente, como si fuera una manta.
Julia suspiró.
—Bien. El primer día ha sido... interesante, pero bien.
—¿Cómo te tratan esos canadienses?
—Muy bien, son muy amables. «Son los americanos los que son unos desgraciados. Bueno, un americano para ser más exactos.»
Tom se aclaró la garganta un par de veces y Julia contuvo el aliento. Gracias a sus años de experiencia, sabía que su padre se estaba preparando para decir algo serio. Se preguntó qué habría pasado.
—Cariño, Grace Clark ha muerto hoy.
Julia se incorporó en la cama y se quedó mirando el vacío.
—¿Me has oído?
—Sí, sí, te he oído.
—El cáncer volvió con fuerza. Todos pensaban que estaba bien, pero la enfermedad volvió sin avisar y, cuando se dieron cuenta, ya se le había extendido a los huesos y al hígado. Richard y los chicos están muy afectados.
Julia se mordió el labio inferior y ahogó un sollozo.
—Sabía que te dolería. Era como una madre para ti, y Rachel y tú siempre fuisteis tan buenas amigas... ¿Te ha dicho algo?
—No... no me ha llamado. ¿Por qué no me dijo nada?
—No sé cuándo se enteró la familia de que había vuelto a recaer. He pasado por su casa hace un rato y Gabriel ni siquiera había llegado. Estaban enfadados con él. No sé cómo lo recibirán cuando llegue. Hay mucho rencor en esa familia —añadió su padre, renegando en voz baja.
—¿Vas a mandar flores?
—Sí, supongo. No se me dan bien estas cosas, pero puedo pedirle a Deb que me ayude.
Deb Lundy era su novia. Julia puso los ojos en blanco al oír su nombre, pero se guardó su opinión.
—Dile que envíe alguna cosa de mi parte, por favor. A Grace le encantaban las gardenias. Y pídele que firme la nota en mi nombre.
—Descuida, lo haré. ¿Necesitas algo?
—No, estoy bien.
—¿Dinero?
—No, papá. Con la beca me basta si voy con cuidado.
Tom guardó silencio. Antes de que volviera a hablar, Julia ya sabía qué iba a decir.
—Siento lo de Harvard. Tal vez el año que viene...
Julia enderezó la espalda y se obligó a sonreír, aunque su padre no pudiera verla.
—Tal vez. Hasta pronto, papá.
—Adiós, cariño.
A la mañana siguiente, Julia se dirigió a la universidad un poco más despacio que el día anterior. El iPod la aislaba del exterior y en su cabeza iba redactando un correo electrónico de pésame y de disculpas para su amiga Rachel, escribiéndolo y corrigiéndolo mentalmente mientras caminaba.
La brisa de setiembre era cálida en Toronto. A Julia eso le gustaba. Le gustaba estar tan cerca del lago. Le gustaba la luz del sol y la amabilidad de la gente. Le gustaba estar en Toronto en vez de en Selinsgrove o Filadelfia. Y, sobre todo, le gustaba la sensación de estar a cientos de kilómetros de distancia de él. Sólo esperaba seguir así mucho tiempo.
Cuando entró en el Departamento de Estudios Italianos para ver si había recibido alguna carta, seguía redactando en su mente el correo para Rachel. Alguien le dio un golpecito en el codo y entró en su campo de visión.
Julia se quitó los auriculares.
—Paul..., hola.
Él sonrió desde las alturas. Julia era menuda, sobre todo cuando llevaba zapatillas deportivas, y apenas le llegaba al pecho.
—¿Qué tal fue la reunión con Emerson? —le preguntó el joven, cambiando la sonrisa por una mirada de preocupación.
Ella se mordió el labio inferior, una costumbre de cuando estaba nerviosa. Debería dejar de hacerlo, pero no podía, básicamente porque no era consciente de ello.
—Ah..., al final no fui.
Paul cerró los ojos y negó con la cabeza.
—Eso no es bueno.
Julia trató de justificarse.
—La puerta de su despacho estaba cerrada. Creo que estaba hablando por teléfono... No estoy segura. Le dejé una nota.
Paul vio que sus delicadas cejas se unían con preocupación. Le dio lástima y maldijo a El Profesor por ser tan cáustico. Julia aparentaba ser una persona frágil a la que era fácil lastimar y Emerson no parecía darse cuenta del efecto que causaba en sus alumnos, así que decidió ayudarla.
—Si estaba hablando por teléfono, hiciste bien en no interrumpirlo. Esperemos que así fuera. Si no, diría que te has metido en un lío. —Enderezó la espalda y cruzó los brazos—. Si la cosa va a peor, avísame y veré qué puedo hacer. A mí no me importa que me grite, pero no quiero que te grite a ti. «Porque, a juzgar por tu aspecto, te morirías del susto, conejito asustado.»
Le pareció que Julia iba a decir algo, pero finalmente guardó silencio. Con una débil sonrisa, la joven asintió y se dirigió a los casilleros en busca del correo.
Casi todo era propaganda. Había algunos comunicados internos del departamento, entre ellos, uno de una conferencia pública del profesor Gabriel O. Emerson titulada «La lujuria en el Infierno de Dante: el pecado capital contra el Yo». Julia leyó el título varias veces antes de ser capaz de asimilarlo. Luego empezó a canturrear en voz baja.
Lo siguió haciendo mientras leía una segunda circular que avisaba de que la conferencia del profesor Emerson había sido aplazada. Y no dejó su canturreo al ver una tercera nota, en la que se avisaba de que todos los seminarios, citas y reuniones del profesor Emerson quedaban cancelados hasta nuevo aviso.
Finalmente, alargó la mano para alcanzar una nota doblada que estaba al final del casillero. La desdobló y leyó:
Lo siento.
Julia Mitchell
Sin dejar de canturrear, se preguntó por qué el profesor le habría devuelto la nota que le dejó en la puerta del despacho. Pero su canturreo se detuvo en seco, igual que su corazón, al darle la vuelta al papel y ver lo siguiente:
Emerson es un asno.

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Cora Carmack - Finding It (3)


Al fín la continuación, el tercer libro de esta inesperada saga:
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   A veces, hay que perderse para encontrar el lugar   al que
  realmente perteneces...
  La mayoría de chicas matarían por pasar meses    viajando por  Europa después de graduarse de la  Universidad, sin  responsabilidad, sin padres, y  tarjetas de crédito sin  límites. Kelsey Summers no es  una excepción. Vive el  mejor momento de su  vida… o eso es lo que se  sigue repitiendo a sí  misma.
  Tratar de averiguar quién eres es una tarea  solitaria,
 especialmente cuando tienes miedo de que no te  guste lo que descubrirás.
 Ninguna cantidad de bebidas o bailes puede  ahuyentar la soledad de Kelsey, pero quizás  Jackson Hunt sí pueda. Después de
 algunos encuentros casuales, él la convence de optar por un viaje de
 aventura en lugar de por alcohol. Con cada nueva ciudad, y
 experiencia, la mente de Kelsey se vuelve un poco más clara, y su
 corazón un poco menos suyo. Jackson la ayuda a desentrañar sus
 propios sueños y deseos. Pero cuanto más aprende Kelsey acerca de sí
 misma, más se da cuenta de lo poco que sabe sobre Jackson. 

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